Botonera

--------------------------------------------------------------

19.11.14

XIII. "LAS DISTANCIAS DEL CINE (INTERSECCIONES)", REVISTA SHANGRILA Nº 22, SANTANDER: SHANGRILA TEXTOS APARTE, 2014



AMAR ES DAR LO QUE NO SE TIENE (A UN FANTASMA).
EN TORNO A EL GRAN GATSBY (BAZ LUHRMANN, 2013)
Aarón Rodríguez Serrano











Moulin Rouge, Baz Luhrmann, 2013







Dos de las mejores películas que he visto en la última década estaban firmadas por el mismo director y comenzaban con la misma fórmula: una cámara que se abisma hacia el interior del encuadre, que se desliza –se desploma– en lo que parece un reencuadre que remite a un escenario.


Del mismo modo, ambas películas localizaban en su inicio a un hombre situado a un paso de la locura que se obliga a sí mismo a escribir para dar cuenta de la experiencia del duelo.

Y es que habría que comenzar preguntándose por las relaciones que se establecen entre dolor y escritura. No hay otra cosa en las películas que elige el analista, ni en su metodología, ni en su experiencia de lo fílmico que la propia configuración neurótica y el propio fantasma.

Escribir –si el texto, al menos, aspira a tener un sentido– es salir al encuentro de los fantasmas, conjurarlos desde lo íntimo y realizar el consiguiente ejercicio de fingimiento de cara a la galería (crítica, académica), tras el que cada uno parapeta como puede las aristas de su verdad.

De ahí, El gran Gatsby. De ahí la configuración que Luhrmann repite sistemáticamente en las dos películas con las que abríamos el artículo: una relación de amor imposible (Satine/Daisy vs. Gatsby/Christian) desgarrada por una figura masculina (el conde Zidler/Tom Buchanan) y sostenida, además, por la mirada de un tercero (Nick Carraway/Toulouse-Lautrec). Dos historias que quedan, a su vez, herméticamente cerradas por una muerte inevitable que arroja a sus narradores a la desesperación más profunda. Parece evidente, por lo tanto, que la cristalización fantasmática de Luhrmann –primorosamente escondida tras esos maravillosos juegos artificiales posmodernos y excesivos que tanto molestan a los apóstoles de la modernidad y los sacrosantos sacerdotes del Buen Cine– se manifiesta como una suerte de compulsión de repetición que, como ya sabemos, es el primer paso para hablar claramente de la pulsión de muerte. (“El principio del placer parece hallarse al servicio de los instintos de muerte”) (...)