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29.11.16

III. "ANTES Y DESPUÉS DE AUSCHWITZ", PABLO FERRANDO GARCÍA Y JAVIER MORAL MARTÍN, Shangrila, 2016.




 Introducción
Pablo Ferrando / Javier Moral


 La cuestión humana, Nicolas Klotz, 2007



[...] llama la atención en este comienzo de siglo la presencia en las pantallas cinematográficas de numerosas películas que se han acercado de nuevo a esa oscuridad impenetrable que simboliza Auschwitz. [...]


La extrema profusión de títulos, pues, continúa alentando el debate: ¿Por qué volvemos de manera insistente a Auschwitz? ¿Por qué nos mostramos incapaces de ignorarlo, de sepultarlo en cuanto acontecimiento ya concluido, ajeno a nuestro presente? Al margen de las lógicas culturales del capitalismo tardío y su voracidad mediática y mediatizadora, la respuesta dista de ser sencilla: la complejidad del desastre impide su agotamiento desde una única perspectiva de análisis, y las motivaciones se hunden en lo más profundo de nuestra concepción social.


II
En primer lugar, el exterminio de seis millones de personas en el corazón de Europa puede ser considerado el acontecimiento que nos constituye como sociedad. Auschwitz simboliza el límite mismo de nuestra decibilidad colectiva, opera como lo impensable desde el que pensarnos. Es el núcleo exterior que nos define y nos nombra, el punto de partida insalvable desde el que establecer cualquier reflexión sobre el occidente moderno, sobre nuestra identidad social.

Acontecimiento absoluto de la historia en palabras de Maurice Blanchot, lo que ocurrió detrás de las alambradas traspasó todos los límites de la humanidad, “quemazón en que se abrasó toda la historia, en que se abismó el movimiento del Sentido, en que se arruinó el don no perdonable ni consentido”. La abyección más extrema trastornó por completo la conciencia de la civilización occidental. Auschwitz desbordó su capacidad para procesar un acontecimiento de tal envergadura, rasgó su membrana protectora y le impidió absorber el brutal impacto de lo real. El conocimiento de la barbarie no pudo ser incorporado a la experiencia social y quedó instalado en las capas más profundas de la conciencia de occidente como un exceso energético imposible de acomodar.
 
Convertido Auschwitz en un hecho histórico traumático, los síntomas de dicha condición no regresaron más que después de un periodo de latencia. No en vano, el genocidio sufrió un “eclipse casi total” en la sociedad occidental -incluyendo a la recién creada Israel-, durante los años 50 y la primera parte de la década posterior. La visibilidad del exterminio judío no comenzó hasta mediados de los 60, emergencia que puso en evidencia el retorno de lo reprimido y los procesos complementarios que lo definen: el regreso compulsivo al momento determinante en que el sistema defensivo social fue desbordado y la necesidad imperiosa de elaboración de los acontecimientos que lo excedieron. El juicio de Adolf Eichmann en Jerusalén en 1961, la Guerra de los Seis Días en 1967, o la intensificación de los discursos de la memoria sobre el genocidio judío en Europa y EEUU a comienzos de los 80, momento decisivo en la visibilidad global del exterminio, pueden ser analizados desde esta perspectiva. La batería de aniversarios que se extendieron durante la década (la rememoración del ascenso de Hitler al poder en 1983, de la Kristallnacht en 1988, la apertura de un museo en la mansión donde tuvo lugar la conferencia de Wannsee en 1992, etc.), y la apremiante actividad cultural desplegada con la aparición de numerosos libros y películas sobre el asunto, se perfilan así como síntomas inequívocos de nuestra necesidad de regresar siempre de nuevo al agujero negro de Auschwitz.


III

A la respuesta psicoanalítica se superpone otra reflexión de corte filosófico que reclama con determinación nuestra responsabilidad social como señalara Jürgen Habermas:

Las catástrofes de nuestro siglo han introducido una nueva mudanza en esta conciencia del tiempo. Ahora nuestra responsabilidad se hace extensiva incluso al pasado. Este no puede aceptarse simplemente como algo fáctico y acabado. Walter Benjamin definió con suma precisión las demandas que los muertos hacen a la fuerza anamnética de las generaciones vivas. Es cierto que no podemos reparar el sufrimiento pasado ni reparar las injusticias que se hicieron a los muertos; pero sí que poseemos la fuerza débil de un recuerdo expiatorio. Solo la sensibilidad frente a los inocentes torturados de cuya herencia vivimos es capaz también de generar una distancia reflexiva respecto a nuestra propia tradición, una sensibilidad frente a la terrorífica ambivalencia de las tradiciones que han configurado nuestra propia identidad. Pero nuestra identidad no es solamente algo con que nos hayamos encontrado ahí, sino algo que es también y a la vez nuestro propio proyecto [HABERMAS, Jürgen, Identidades nacionales y postnacionales]

En esa apelación a una tradición que no es solamente encontrada, sino que es también y a la vez nuestro propio proyecto, Habermas reformula el eje esencial del pensamiento de la Escuela de Franckfurt, sintetizada en el dictum de Theodor Adorno: el hombre debe “orientar su pensamiento y acción de modo que Auschwitz no se repita, que no vuelva a ocurrir nada semejante”.




 La cinta blanca, Michael Haneke, 2009


La distancia respecto al desastre del segundo en comparación con la cercanía del primero confiere aún mayor vigor a la sentencia: debemos responsabilizarnos del pasado para comprendernos mejor en el presente, y poder proyectarnos así con mayor capacidad de éxito hacia el futuro. No se trata por tanto de embalsamar el recuerdo de Auschwitz, sepultarlo bajo el peso de la conmemoración institucionalizada y la ritualización memorial. Antes bien, se trata de comprender y asumir que la barbarie nos interpela directamente, que proyecta su hedionda luz fatua sobre nuestro hoy. Tanto La cinta blanca como La cuestión humana, que sortean las interpretaciones más consoladoras del desastre, hacen suya esta premisa: Auschwitz no debe ser considerado como algo clausurado y por tanto ajeno a nuestra realidad, sino como un espejo o juego de espejos en los que la sociedad debe mirarse de frente con valentía. O en otras palabras, el presente puede (y debe) verse bajo el prisma del exterminio, tal es la tesis que defienden los dos filmes de nuestro estudio.
Es por eso que, pese a la memoria del horror, pese a la experiencia adquirida con el paso de los ciclos de la historia, aún seguimos percibiendo los turbadores reflejos de Auschwitz. De ahí que rechacemos con vehemencia la falaz idea de John Boyne cuando  afirma en las últimas líneas de su novela comercial8 que ya no volverá a suceder el exterminio masivo de seres humanos. La urgencia de los acontecimientos contemporáneos parece contradecirle y confirmar el oscuro diagnóstico: la barbarie no está tan lejos ni tan superada como podríamos suponer, el límite puede ser franqueado de nuevo en cualquier momento.

Por un lado, las desoladoras imágenes televisivas del hacinamiento de miles de refugiados en trenes y autobuses mientras atraviesan Europa y sus alambradas huyendo del horror de sus países. Las escalofriantes escenas de miles de cuerpos amontonados sobre ataúdes flotantes en mitad del mediterráneo, pendientes de las decisiones de unos poderes políticos timoratos y presos de su sumisión al poder económico. El ascenso de movimientos de ultraderecha que vuelven a nutrirse del odio al extranjero, siempre susceptible de segregación y se aprovechan del desánimo social ante la flagrante dejación de los políticos y autoridades económicas y esconden su estrechez mental en la retórica inflamada y vacua de la pureza de la raza. Todos ellos operan como signos que nos avisan de que la amenaza persiste aún hoy, de que ese maravilloso presente sin conflictos no es más que una añagaza de la derecha neoliberal para mantener su status quo y su posición de dominio. Unos signos además, que nos desafían y solicitan nuestra actuación, exigen nuestra “indignación”, el impulso ciudadano que permita reconstruir esa realidad que a veces se asemeja con demasiada claridad a aquella otra que hizo posible la barbarie.

Por otro lado, tanto la crisis económica como las deformaciones producidas en las bases educativas del sujeto contemporáneo han sido temas actuales de enorme preocupación social. En septiembre de 2015 recibimos la noticia de una chica de 13 años que había pegado una brutal paliza a otra de edad similar en un parque público de Gandía (Valencia). La agresora iba acompañada por sus amigos que jaleaban y grababan con sus móviles el acto violento. Algunas asociaciones españolas lamentaron que este tipo de sucesos esté siendo cada vez más frecuente entre jóvenes menores de 15 años. La conclusión a la que se llegaba en dicha noticia es que el sistema educativo estaba fallando, pero sin duda la familia también tendrá algo que ver.

En definitiva, la imposición de una ley patriarcal dogmática a un sujeto que sublima toda la violencia ejercida sobre él bajo la forma de una sumisión rayana en la perversión, es lo que denuncia La cinta blanca. La amoralidad de una contemporaneidad regida por el mandato económico, que transforma al individuo en una pieza instrumental sometido a las necesidades del sistema (incluso en contra del mismo sujeto), es la tesis que defiende La cuestión humana. Pasado, presente y futuro se entrecruzan así en un diálogo abierto, en permanente revisión y siempre en relación de inestabilidad; intrincado juego de espejos que permiten dibujar el siniestro rostro de Auschwitz.
 




28.11.16

II. "ANTES Y DESPUÉS DE AUSCHWITZ", PABLO FERRANDO GARCÍA Y JAVIER MORAL MARTÍN, Shangrila, 2016.




 Prólogo
CUESTIÓN DE VISIBILIDAD
Imanol Zumalde


 La cinta blanca, Michael Haneke, 2009


Entre las señas de identidad del ISIS, acrónimo del Estado Islamico de Irak y el Levante, descuella su notoria fascinación por la imagen. Solo quien concede a lo icónico un estatus trascendente es capaz de compaginar esa iconoclasia de manual que les apremia a destruir las imágenes sagradas que caen en sus manos, con la pulsión por dejar constancia de su feroz e insaciable praxis punitiva a través, precisamente, de un insólito catálogo de imágenes difundidas urbi et orbi. Porque no hablamos de imágenes cualquiera, sino de objetos visuales de impecable factura que surgen de un evidente empeño por mostrar la salvajada en las mejores condiciones de visibilidad. De manera que el snuff yihadista del ISIS violenta nuestra mirada tanto por las ancestrales técnicas de matarife que manejan sus verdugos, a menudo menores de edad inmersos en su bautismo de sangre, cuanto por la refinada elegancia de su puesta en imagen. Horror sin tapujos, empaquetado en primoroso Full HD.

Esta fe (o confianza ciega) en la imagen y sus catárticos poderes también es apreciable en el modus operandi de Al-Quaeda, su contrincante táctico en el seno de la Yihad islámica. Así lo puso de manifiesto al menos su performance suprema del 11-S, atentado colosal gestado concienzudamente con la vista puesta en infringir el mayor destrozo posible así como en provocar, sobre todo, el mayor impacto mediático, lo que en este mundo nuestro donde la realidad se nos manifiesta en imágenes significa su visualización más rentable. El despliegue coreográfico de la acción (cuatro aviones de diferentes trayectorias que impactan sucesivamente en distintos objetivos), los escenarios (amén de concurridos, todos ellos polos de irradiación simbólica de la americanidad y, por ende, lugares permanentemente vigilados), el timing (el primer avión impactó a las 8.45 hora local de Nueva York, en plena emisión de los noticiarios matutinos de la costa este de los EE.UU.), toda la dramaturgia del atentado, en suma, fue proyectada al milímetro con objeto de colocar al espectador mundial en la tesitura de No Poder No Ver, casi en tiempo real, aquel despiadado Auto de Fe a la altura de nuestros tiempos.

El hecho de que los historiadores, como hicieron con el pistoletazo de salida de la Gran Guerra para la pasada centuria, consideren al 11-S el momento inaugural del siglo XXI revela no solo la dimensión impar de ese suceso, sino un estado de la cultura (cierto malestar) en el que todo se fía a la imagen. Vivimos, como ha señalado con pertinencia Gérard Wajcman, en el reino de “el ojo absoluto”, donde conviven inextricablemente mezcladas dos pulsiones complementarias: Querer verlo todo y querer ser visto a toda costa. Aunque desconocemos qué suceso histórico definirá en el futuro la centuria en curso que nació de ese traumático alumbramiento, no es descabellado conjeturar que su trascendencia se medirá con un rasero bien diferente al que permite sostener que es su invisibilidad constitutiva la que ha definido el holocausto nazi, ese cataclismo del que apenas se conservan un puñado de confusas instantáneas y, que al decir de algunos, constituye el hecho nuclear (el Acontecimiento con mayúsculas y en singular) del pasado siglo.

Algo querrá decir que las performances punitivas del ISIS sean, en su puesta en escena, la inversión perfecta de la Shoah, dado que a la compleja logística técnico-administrativa de la industria de la muerte inmediata de la Aktion Reinhard los muyahidines del Dáesh contraponen sus artesanales degollaciones manufacturadas  incluso por novicios de sangre, en tanto que su fetichismo icónico e irrefrenable pulsión exhibicionista reproducen a contrario el férreo mutismo visual que caracterizó al exterminio de los judíos durante el Tercer Reich. Porque si algo califica a la solución final no es que fuera desconocida o llevada a la práctica sotto voce (los prebostes nazis, con el Führer a la cabeza, lo advirtieron a voz en grito, por activa y por pasiva), sino que fue gestionada visualmente bajo el régimen retórico del secreto; es decir, bajo la consigna de no dejar rastro o huella fotoquímica a su paso.



 La cuestión humana, Nicolas Klotz, 2007

 
Sobrevivieron testigos, algunos de los cuales nos han legado su elocuente testimonio de la masacre, pero de los Lager de la muerte solo han perdurado cuatro imágenes, de iconicidad a cada cual más precaria, cuyo valor o utilidad explicativa, para más inri, ha sido puesta en cuestión por voces como la de Claude Lanzmann o el citado Wajcman, que estiman que lejos de ayudar, la imagen oblitera(ría) el discernimiento y la comprensión de un acontecimiento categóricamente singular como el Holocausto. Esta manera de ver las cosas (negarse a admitir que todo lo real se subsume en imágenes; postular que es necesario “mirar más allá de la imagen”), que dista de ser la dominante (recuérdese la polémica que enzarzó a George Didi-Huberman con los dos anteriores), no debe confundirse con la tesis de la inefabilidad de la Shoah, con la idea de que este acontecimiento único escapa a la simbolización, de que no es concebible un enunciado capaz de agotar (aqu)el horror absoluto. Como se apreciará, estamos fuera de la órbita del aserto de Adorno quien dijo en 1952 (Crítica, cultura y sociedad) que tras el fuego inextinguible de Birkenau la creación poética es un acto de barbarie. Aunque poco antes (Todesfuge/Fuga de la muerte, 1948), y sobre todo después (Sprachgitter/Rejas del lenguaje, 1959; Die Niemandsrose/La rosa de Nadie, 1963), Paul Celan lo desmintiera en la práctica con rotundidad.

El caso es que, por unas razones y otras, el exterminio nazi de los judíos de Europa se erige en el gran agujero negro del siglo XX (consideración que algunos hacen extensiva a la Historia de la humanidad en su conjunto, y otros relativizan, incluso de forma sensata como Norman Finkelstein), también en lo que hace a su visibilidad. Es así que entre los retos que aun plantea el acontecimiento-enigma del genocidio nazi se cuenta el no menor de su confrontación (definitiva) con las imágenes, preferentemente con las del arte coetáneo de las imágenes en movimiento. Como no podía ser de otra manera, el cine ha tratado el tema del Holocausto, incluso con una insistencia digna de su significación histórica, pero la heterogeneidad de aproximaciones y abordajes ensayados delata que aun no ha dado con la cifra que le haga justicia.

Este volumen centra el foco en dos películas de ese corpus que hacen suya la tesis de la inefabilidad de la Shoah. La cuestión humana (Nikolas Klotz, 2007) y La cinta blanca (Michael Haneke, 2009), en efecto, son relatos de perfil que encaran el escollo de la representación de ese vacío (de imágenes, de sentido) dejado tras de sí por el genocidio nazi mediante fórmulas de cariz iconoclasta por cuanto eluden la mostración directa de aquella barbarie. Retratos de soslayo no solo porque ambas películas sitúan su respectivas acciones en momentos anacrónicos respecto a esa suerte de escena originaria sumida en Zyklon B (la de Haneke en la Alemania de los Junker que precedió al estallido de la Gran Guerra, la de Klotz en la Europa contemporánea de las grandes corporaciones del capitalismo postindustrial), sino porque, cada cual a su manera, afrontan ese abismo de lo irrepresentable con una serie de soluciones (las fecundas figuras de la omisión) en las que salen a relucir algunas de las prestaciones menos convencionales del dispositivo cinematográfico. Entre otros prolijos avatares, el trabajo de Pablo Ferrando García y Javier Moral Martín desvela que estas tácticas de representación en las que prima lo elíptico y lo sugerido (a saber: las formas de lo no visto) construyen pacientemente un espectador “que piensa en las imágenes que le deniegan”. Hacer pensar en lugar de Hacer ver; cuestión de visibilidad.






27.11.16

I. "ANTES Y DESPUÉS DE AUSCHWITZ", PABLO FERRANDO GARCÍA Y JAVIER MORAL MARTÍN, Shangrila, 2016.







Ha pasado más de medio siglo desde el final de la barbarie nazi, 70 años desde que los primeros tanques rusos atravesaron las alambradas de los campos de concentración y el mundo accedió al horror que había gobernado allí dentro, oculto pero no invisible a la mirada occidental. Desde entonces, y a pesar de que otras atrocidades han ido hilvanando el relato histórico sin tregua (Vietnam, Camboya y los Jémeres Rojos, Bosnia, Las torres gemelas, El Estado Islámico...), la industria cultural sigue mostrándose igual de receptiva a ese Objeto del siglo XX como lo denominara Wajcman. Innumerables productos vuelven una y otra vez al momento aciago en que el mundo dejó de girar. Las novelas, los ensayos, los cómics, las películas sobre la Shoah aparecen en circulación de manera regular como si todavía no estuviera todo dicho, como si la sola mención de la barbarie más cruenta de nuestra historia provocara la imperiosa necesidad de retornar compulsivamente al agujero negro de la boca de un horno crematorio, como si fuéramos incapaces de pasar página y nos viéramos obligados a mirar de frente al horror, una y otra vez, cual Sísifo ante la historia.

Es el caso de dos películas contemporáneas excepcionales que examinan a contrapelo la herencia de Auschwitz, que escrutan las motivaciones más oscuras y complejas de ese agujero negro en que el tiempo dejó de girar. La cuestión humana (Nicolas Klotz, 2007) y La cinta blanca (Michael Haneke, 2009) se enfrentan de lleno a lo inevitable, se proponen abordar el horror a partir de la comprensión del antes y el después de la catástrofe, cuestionando qué la hizo posible y qué perdura aún hoy. Es por ello que las dos tejen una tupida red de elementos referenciales cuyas puntadas y costuras, trazados y simetrías, les permiten afianzar la tesis que levantan contra toda pereza intelectual, contra toda explicación consoladora del desastre. El pasado actuó en el presente de la barbarie, argumenta el filme de Haneke: la rigidez de las estructuras feudales de la Alemania decimonónica se convirtió en el caldo de cultivo de las futuras generaciones nazis. Pero el presente de la barbarie también opera en el futuro de nuestra realidad contemporánea, expone el filme de Klotz: la burocratización de lo humano que hizo posible la fábrica de Auschwitz también rige los principios de la empresa actual.

Pablo Ferrando García. 
Crítico e historiador de cine, es licenciado en la Universidad Complutense de Madrid y Doctor en Comunicación Audiovisual por la Universitat de València. Ha sido docente en los Ciclos Formativos de Grado Superior de Formación Profesional de la familia de Comunicación, Imagen y Sonido en el Centro Juan Comenius (Valencia). También ha colaborado en Televisión Valenciana durante la temporada 91-92 como ayudante de realización en el programa cultural Enquadres. Actualmente ejerce de profesor en la Universitat Jaume I de Castelló donde imparte Narrativa Audiovisual y Tecnología de la Comunicación. Es autor del monográfico Roma, ciudad abierta para las editoriales Nau Llibres-Octaedro. También ha participado en el diversos libros colectivos como Teoría y Técnica de la producción audiovisual, Diccionario de conceptos y términos Audiovisuales, El universo de 2001 una odisea en el espacio, Espejismos de sueños olvidados. Asimismo ha colaborado en revistas culturales y científicas (Ámbitos, Banda Aparte, Shangrila, Archivos de la filmoteca, L’Atalante, El viejo topo, etc.). Es miembro de la Asociación Española de Historiadores de Cine (AEHC) y de la Asociación Española de Investigación de la Comunicación (AE-ICE).

Javier Moral Martín. Crítico e historiador de la imagen, es licenciado en BBAA y Doctor en Comunicación Audiovisual por la Universidad Politécnica de Valencia. Ha sido profesor de diversas Universidades españolas y ha impartido numerosos cursos, talleres, ciclos y conferencias sobre cine y arte en distintas Instituciones de la geografía española (IVAM, MuVIM, IVAC, Centro Párraga, etc.). Autor de los libros Guía para analizar y ver Lola Montes (2015) y La representación doble (2013), ha editado diversos volúmenes y participado en una docena de libros colectivos nacionales e internacionales. Asimismo, ha publicado diversos artículos en revistas de investigación y difusión cultural (Archivos de la filmoteca, L’Atalante, Zer, El viejo topo, etc.).




   



24.2.16

VI. "JAVIER MAQUA: MÁS QUE UN CINEASTA" - 1: ANÁLISIS DE SUS OBRAS Y 2: ANTOLOGÍA DE SUS ESCRITOS SOBRE CINE Y TELEVISIÓN




Richard Ramiro y Javier Maqua montando Apuntarse a un bombardeo



La vida es un anélido con muchas quetas*
Javier Maqua


(...) El presente libro pretende comprobar, matizar y desarrollar –quizás debatir [las aquí] esbozadas proposiciones. Digamoslo alto y claro. Queremos...  ¡Más Maqua! En los teatros, en las librerías, en los cines, en la televisión, en los mítines y en las asambleas: “¡Más Maqua!” O, por mejor decir, “¡Más Maqua(s)!”

Porque leyendo las siguientes páginas acabaremos por desear preguntarle: “Pero, Javier, ¿cuántos eres?”.


* “Los anélidos (annelida, del latín annellum, 'anillo' y del griego ίδες ides, 'miembro de un grupo') son un gran filo de animales invertebrados protóstomos de aspecto vermiforme y cuerpo segmentado en anillos. Queta: Cada una de las cerdas quitinosas finas y rígidas, con una función táctil y locomotriz, que tienen algunos gusanos anélidos en los lóbulos de los segmentos corporales”, según se lee en Wikipedia.




"Introducción. Masculino, plural"
Alejandro Montiel, Javier Moral y Francisco Canet
en Javier Maqua: más que un cineasta 1.







23.2.16

V. "JAVIER MAQUA: MÁS QUE UN CINEASTA" - 1: ANÁLISIS DE SUS OBRAS Y 2: ANTOLOGÍA DE SUS ESCRITOS SOBRE CINE Y TELEVISIÓN




Javier Maqua y Joaquim Jordà




(...)

Javier Maqua, además de director de cine y televisión, novelista y dramaturgo, ha sido siempre el guionista (o co-guionista) de sus propias películas, pero también del las de otros: verbigracia, de Monos como Becky (Joaquím Jordà, 1999), de la que fue co-guionista y asesor científico, según acredita el guión depositado en la Filmoteca Española, hecho reconocido públicamente por el fallecido Joaquím Jordà (Universitat Pompeu Fabra, UPF, 2005, aunque no acreditado en los títulos que anteceden o suceden al filme. O Condenado a vivir (Roberto Bodegas, 2001), guión vampirizado, luego, en Mar adentro (2004), que firman Alejandro Amenábar y Mateo Gil, también sin reconocimiento ninguno en los títulos de crédito al autor original. Nos consta, como se verá, que hay bastantes más guiones, olvidados o inéditos, enterrados en los archivos del autor, agazapados en un sótano, mohínos, a la espera de que intrépidos investigadores como Luis E. Parés, que colabora en estas páginas, o Asier Aranzubia Cob, que prepara una antología de textos teóricos de Javier Maqua en los fecundos setenta, así como productores/editores de toda laya, se los ofrezcan a un público futuro.

Item más. Javier Maqua ha obtenido premios en reconocimiento a su trabajo durante alrededor de quince años en la radio de los años sesenta y setenta: se le otorgó el Premio Nacional de Radiodifusión por su magacine Encuentros, recibido de manos de León Herrera, todavía con Franco vivo; fue luego director del programa Para vosotros jóvenes en Radio Nacional España, tras Eduardo Sotillos y Carlos Tena; pasó a Radio 3 “con UCD, la mejor etapa, la más libre y divertida”; hacia 1980 dirigió el programa estrella Testimonios; y allí, en la radio, le pilló el 23-F. Para este medio dirigió Javier Maqua la pieza de radioteatro En la colonia penitenciaria (1984), adaptación del célebre cuento de Franz Kafka, con Rafael Taibo, José María del Río, Gloria Berrocal y, en el montaje musical, Ramón Trecet, que nadie ha escuchado desde hace más de treinta años y cuyo libreto queremos exhumar, en parte, en estas páginas.

Y más madera: este libro pretende, muy especialmente, dar fe de la relevancia de los antedichos diez docudramas de Javier Maqua, un género que el propio autor teorizó en su descatalogado libro El docudrama. Fronteras de la ficción (Cátedra, 1992), volumen que, obviamente, exige —¡ya!— una reedición. Docudramas que, durante la década de los ochenta, dirigió para el programa de RTVE “Vivir cada día”, Segunda Parte (1983-1989), producido por José Luis Rodriguez Puértolas, hoy por hoy de difícil audiovisión (por lo que merecería la pena —empezamos a ponernos pesados— su redifusión digitalizada o, al menos, que se colgasen en la sección Archivos de la página web de RTVE), y que (con gran mérito) Antonio Fernández Oliva, investigador de la Asociación Española de Historiadores del Cine (AEHC), ha logrado reunir de nuevo, en su precario estado actual (fueron filmados en 16mm.), para ponerlos bajo el foco de atención de los estudiosos.

De su paso por RTVE, no puede olvidarse tampoco, como ya se ha dicho, que dirigió los cuatro capítulos de la miniserie Muerte a destiempo (1990), guión propio a partir de la novela Lord Paco (Javier Reverte, 1984, reedición en Plaza y Janés, 2009; miniserie producida también por José Luis Rodríguez Puértolas y airadamente impugnada por el novelista) con participación de actores consagrados como Miguel Rellán, jóvenes emergentes como Carmelo Gómez y Clara Sanchis Mira, y una brevísima y juguetona aparición —como en casi todas las películas de Javier Maqua— de la excelente actriz y realizadora de programas de radio y televisión Gloria Berrocal.

Homo universalis, formado o/y atrapado en las redes del (nacional)catolicismo de la Dictadura del general Franco, ha venido combatiendo desde antiguo esta tradición ideológica, mediante una intervención cultural propia de un francotirador (un “desperteneciente”, diría él) que apuesta, desde temprana edad, por militar en la vanguardia artística y política (como lo prueba su precoz lectura de Sammuel Beckett o el artículo, en torno al hecho cinematográfico, “Elogio del pedazo”, publicado en 1979 en La mirada, revista que fundó y dirigió Domènec Font). Una actividad política (en el sentido más noble del término: de responsabilidad en relación a la polis) de resistencia y compromiso laico y republicano, y que siempre, en su caso, ha ido acompañada de una polémica actividad teórica y crítica, plasmada en ensayos, pero ocasionalmente también orientada a la docencia, en cursos y conferencias impartidos en numerosas instituciones públicas y universidades, como por poner solo dos ejemplo, la Univeristat Pompeu Fabra de Barcelona (2005-2006) o el Institut del Teatre de Barcelona (2009).

La polimatía (del griego πολυμαθία, el aprender mucho −de μανθάνω, aprender y πολύ mucho−) de Javier Maqua es, por lo tanto, la sabiduría que abarca conocimientos sobre campos diversos de la ciencia o las artes, la propia del hombre del Renacimiento, y se opone frontalmente a lo que Ortega y Gasset llamaba “la barbarie del especialismo”, a la que, por cierto, se ha entregado en cuerpo y alma la Universidad actual, por lo que, para tratar de orientarnos en el dédalo de una obra tan (a posta) interdisciplinar y plural, los coordinadores del presente volumen hemos echado mano no solo de analistas especializados en el campo cinematográfico, sino de expertos en distintas materias, comenzando, para abrir boca, por una entrevista realizada por la novelista Marta Sanz, galardonada con el Premio NH por su relato “Regalos”(2007) y el Premio Herralde por Farándula (2015), quien interroga a Javier Maqua sobre sus diversas facetas y su traviesa biografía, tan poco comunes.
 


(...)


"Introducción. Masculino, plural"
Alejandro Montiel, Javier Moral y Francisco Canet
en Javier Maqua: más que un cineasta 1.







IV. "JAVIER MAQUA: MÁS QUE UN CINEASTA" - 1: ANÁLISIS DE SUS OBRAS Y 2: ANTOLOGÍA DE SUS ESCRITOS SOBRE CINE Y TELEVISIÓN




Javier Maqua y Ramón Trecet en Radio3


Wikipedia define al polímata (en griego: πολυμαθής) como a aquél “que conoce, comprende o sabe de muchos campos”, un individuo que destaca en diversas ramas del saber. El término, que se refiere a personas cuyos conocimientos no están restringidos a un área concreta, sino que dominan diferentes disciplinas, generalmente de las artes y las ciencias, le viene pintiparado, hecho a medida, al científico y escritor Javier Maqua Lara (nacido en Chamberí, Madrid, el 26 de marzo de 1945, aunque de linaje asturiano y con profundas raíces en Avilés), quien, tras desertar de Ingeniería, se licenció como Biólogo y que también cursó breves estudios en la Escuela Oficial de Cinematografía (EOC). Los galardones acumulados a lo largo de las posteriores décadas —entre otros el Premio Café Gijón al que se hizo acreedor por Invierno sin pretexto (Alfaguara, 1992)—, acreditan que Javier Maqua destacó, y destaca, como novelista desde Aventuras de Percy en Oceanía, novela firmada al alimón con José Luis Téllez (1978), hasta —por ahora, y a la espera de inminentes entregas o reediciones que ya tardan, puesto que casi todas sus novelas están descatalogadas a fecha de hoy— la publicada en mayo 2015 por la editorial Piel de Zapa La sombra.

Fue también, y es, un narrador-orfebre, autor de piezas cortas, desde
Epístola primera (Papeles de San Armadans, 1976) hasta Censura previa de guión: negociaciones. Otro final para Viridiana (2009), sobre el affaire que rodeó el regreso a España de Luis Buñuel en 1961. Y en este apartado debe necesariamente incluirse asimismo algunos títulos de los que se hablará aquí, como Los últimos balleneros de tierra adentro, Premio NH, 1998, o el inédito, Mirar a cámara (2015), y que enlaza con un capítulo de “Vivir cada día” dirigido por Javier Maqua: La nueva vida de Cándida Galán (emitido por RTVE el 26 de marzo de 1983; premio Ondas de ese año).

Pero además de como escritor y periodista, muy activo en los años noventa en el diario
El Mundo (véase Y un par de huevos fritos, Compañía Literaria, 1995), Javier Maqua ha sido, por lo que a este volumen importa, el director cinematográfico de Tú estas loco, Briones (1981), Chevrolet (1997), Carne de Gallina (2002) y Apuntarse a un bombardeo (2003), el realizador de memorables capítulos de “Vivir cada día” entre 1983 y 1988, el director de la miniserie Muerte a destiempo (1990), sin olvidarnos de su inicial colaboración con Juan García Atienza (Los paladines, RTVE, 1972), de la ayudantía de dirección (y/o producción, según rezan los títulos de crédito) en Ditirambo vela por nosotros (Gonzalo Suárez, 1967) o del inacabado Proyecto de Fin de Carrera para la EOC (Berta, 1969).

En realidad, pese a sus heteróclitos capítulos, y aun hablando de otros géneros y actividades, este libro siempre
va de cine, en tanto en cuanto en la obra de Maqua los géneros poseen una inusitada permeabilidad. Postulamos, con independencia de ello, que Javier Maqua ha sido y es, quizás también y/o sobre todo, narrador y dramaturgo, incluso desde antes de ganar un accesit del Premio Lope de Vega (de teatro) con Triste animal (1985), y, desde luego, un autor indispensable hoy mismo en el inmediato futuro de nuestro teatro, en tanto en cuanto es creador de textos de radical vigencia que quisiéramos ver recalar lo más pronto posible en las tablas, siguiendo la estela del reciente estreno en 2014 de su obra Carne de gallina (película remontada ahora como obra teatral, dirigida por el actor, director y dramaturgo asturiano Maxi Rodríguez) y la publicación de La función del orgasmo (ADE Teatro, nº 155, abril-junio, 2015), con prólogo de Marta Sanz, novelista colaboradora de este volumen. Porque todo está por terminar, y así lo confirma Javier Maqua:


Como [Paul] Valéry, pienso que un texto nunca se termina, sólo se abandona. Y da lo mismo que se haya publicado ya; si se reedita será forzosamente distinto, incluso cambiará su título. Pero hay algunos que, aun sin publicarse, siguen para mí vivos, siguen llamándome de cuando en cuando, y sigo retocándolos; es el caso de Off Hamlet, Eulogio, mártir (Los mártires jactanciosos) y Franco (Papá quiere dormir en casa). Nunca los di por concluidos aunque, valga la paradoja, los concluyera varias veces.

Y es que, como de Monsieur Teste, podría predicarse de Javier Maqua:


Estás lleno de secretos que llamas Yo.
Tú eres la voz de tu desconocido.

(...)
"Introducción. Masculino, plural"
Alejandro Montiel, Javier Moral y Fernando Canet
en Javier Maqua: más que un cineasta 1.







III. "JAVIER MAQUA: MÁS QUE UN CINEASTA" - 1: ANÁLISIS DE SUS OBRAS Y 2: ANTOLOGÍA DE SUS ESCRITOS SOBRE CINE Y TELEVISIÓN




Javier Maqua el Festival de Benalmádena, con Florentino Soria y,
de espaldas, José María Prado, Julio Diamante y Andrés Linares



En sus películas, como en sus novelas y obras dramáticas, Javier Maqua parece proceder a la manera de [Erich von] Stroheim (según [André] Bazin), es decir: con una sola norma: mirar de frente y muy de cerca lo real, mirar insistentemente, con detenimiento, sin apartar nunca la mirada, hasta que lo real se desnuda y ofrece su entera fealdad y crueldad. El estilo-Maqua, que transita el melodrama o la comedia negra para rebasar sus linderos, es stroheimniano; pero, además, posee el instintivo toque de humor que Buñuel exhibió, pongamos por caso, en la secuencia de la cena de los mendigos de Viridiana (1961). Es el suyo un humor que propende inexorablemente al sarcasmo, y que fomenta una teratología que sería intolerable si no fuera acompañado de cierta caridad, de cierta compasión del mencionado punto de vista, de una caricia explícita, consoladora, para con sus personajes.

Maqua, experto en ruinas, emplea procedimientos arqueológicos para desvelar lo real: cava y cava hasta dar con el yacimiento, el primer rastro curvo de una calavera o de un fémur alongado, una vasija rota o una fíbula herrumbrosa. Después, con pinceles cada vez más finos, más sutiles, deja entrever los volúmenes, las figuras soterradas; y las exhibe al final en toda su esplendente palidez. Y suele ser ese descubrimiento, como el de las ruinas de Pompeya que se escenifica en Viaggio in talia (Te querré siempre, Roberto Rossellini, 1953), algo así como el de los dos amantes calcificados bajo la lava, vestigios de una ternura fósil: una reverberación atroz, una anagnórisis pasmosa. (Sarcasmo: una forma de hincar el diente en la carne cruda).

Podría, pues, discriminarse, a bote pronto, media docena de estilemas recurrentes en la obra creativa de Javier Maqua en cualquiera de sus variantes: 1. Atraviesa lo atroz (y lo escatológico, en el doble sentido del término) aminorándolo mediante el humorismo y la compasión. 2. No oculta las meadas, las toses, el sexo en carne viva. 3. Rehúye lo fácil, lo bonito, lo kitsch; pero no lo melodramático, lo sentimental, lo popular. 4. Actualiza el arte del pasado (desde Dziga Vertov a Rossellini) para hablar del presente, a menudo pavoroso. 5. Su máxima: contar pensando; pensar contando. 6. Se arriesga a crear “nuevos verosímiles” aun a costa de parecer inelegante o poco poético (en el sentido más banal del término; el que está asociado al decoro burgués) y cosechar con ello una notable incomprensión.

MONTIEL, Alejandro, “Algo, y solo algo, del cine de Javier Maqua”, El Viejo Topo, nº 255, recogido en Javier Maqua: más que un cineasta 1.









22.2.16

II. "JAVIER MAQUA: MÁS QUE UN CINEASTA" - 1: ANÁLISIS DE SUS OBRAS Y 2: ANTOLOGÍA DE SUS ESCRITOS SOBRE CINE Y TELEVISIÓN - HISPANOSCOPE LIBROS 9 Y 10 - SANTANDER: SHANGRILATEXTOS APARTE, 2016




Hispanoscope libros 9 y 10
16x23cm.
356 páginas / 392 páginas





El director de los largometrajes Tú estás loco Briones (1981), Chevrolet (1997), Carne de gallina (2002), Apuntarse a un bombardeo (2003), Javier Maqua Lara (Madrid, 1945) es más, mucho más que solo un cineasta. De formación científica, licenciado en Biología, periodista, renovador de la crítica y la teoría cinematográficas en los setenta y partícipe del cine militante e independiente de la década, guionista, novelista, dramaturgo (amén de ocasional actor y director teatral), creador de programas de radio y muy activo en RTVE en los ochenta (donde dirigió memorables y polémicos capítulos de “Vivir cada día”, entre 1982 y 1988, y Muerte a destiempo, miniserie de 1990), no ha dejado, hasta el presente (verbigracia, La sombra, novela de 2015) de escribir –guiones, novelas, teatro, artículos– y de recabar numerosos galardones en todos y cada uno de estos ámbitos.

El presente libro contiene una entrevista concedida por el autor a la novelista Marta Sanz, quien también se acerca a una de las narraciones de Javier Maqua en la que se establece un diálogo muy productivo con el cine (Fusilamiento. Instrucciones de uso, VIII Premio de novela Ciudad de Badajoz, 2005) y a la más reciente de sus piezas drámaticas publicadas (La función del orgasmo, 2015). A escarbar en la polifacética actividad del escritor-cineasta antes de su primer largometraje (hasta 1980), se han dedicado el crítico cinematográfico Luis E. Parés y uno de los coordinadores del presente volumen, Alejandro Montiel. A sus largometrajes consagran minuciosos estudios el catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela José Luis Castro de Paz (que también estudia el guión de Javier Maqua Condenado a vivir, dirigido por Roberto Bodegas, 2001) y los profesores Manuel Vidal Estévez, José Pavía Cogollos y Fernando Canet Centellas. De sus trabajos para televisión se han ocupado Javier Moral Martín, Carmen Arocena, Nekane E. Zubiaur, Rosa María Montiel, Susana Díaz y Carlos Gómez. La dramaturga Beth Escudé i Gallès, profesora del Institut del Teatre de Barcelona, explora la dilatada obra teatral de Javier Maqua. El volumen se completa con una aproximación a su –hasta hoy inédita– cronofilmografía donde se consignan sorprendentes títulos.







Lo compiladores de este libro han reunido por orden cronológico una miscelánea de escritos especializados sobre cine y televisión del cineasta, novelista y dramaturgo Javier Maqua que abarcan casi medio siglo de asidua reflexión y cuidada literatura sobre el tema (1969-2015). Temprano crítico cinematográfico en el Film Ideal de los sesenta, donde incorpora, en pleno franquismo, sospechosas teorías marxistas y nuevas metodologías y lecturas de autores estructuralistas, Javier Maqua forma parte en los setenta del luego bautizado como “Nuevo Frente Crítico” que, en artículos y libros firmados con su nombre o dentro del colectivo Marta Hernández (El aparato cinematográfico español, 1976), impugna y renueva radicalmente el repertorio de clichés y el estilo “gacetillero” propio de la época. En 1978, colabora activamente en la efímera revista La mirada, donde publica una memorable declaración de principios a favor de la modernidad: “Elogio del pedazo”. Allí escribe: “el arte no se resume”. Desde los ochenta, debe ser considerado como una de nuestras máximas autoridades en los estudios teóricos e históricos sobre la televisión en España, con la que colaboró intensamente como realizador (El docudrama. Fronteras de la Ficción, 1992). En los últimos veinticinco años, aunque dispersos en libros de edición o publicaciones periódicas (Archivos de la Filmoteca, La Madriguera, etc.), ha dado a la imprenta un buen número de artículos y ensayos que acreditan la tenacidad y libertad intelectual, la originalidad estilística, el refinamiento analítico y la combatividad política. Un florilegio de esta Antología debería contener, entre otros muchos, estimulantes epigramas de Javier Maqua como: “A la mala fe del relato clásico, sucede la mala conciencia del relato moderno” (1992) o “El espíritu de la colmena era una película susurrada, la primera película susurrada en un cine español donde todo el mundo hablaba a gritos” (2005). En una reflexión sobre los papeles jugados en el cine español por el actor Juan Diego (Premio de la AEHC al mejor artículo del año) exclama: “Viva el malo. Sin él no habría historia” (2006).