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3.6.26

II. "PENSAMIENTOS SIMPLES", Gérard Macé, Swann libros, Shangrila, 2026

 

GÉRARD MARCÉ: UNA INTRODUCCIÓN

Joan Flores Constans


Gérard Macé

«Quisiera que los pensamientos se sucedieran en un libro como los astros en el cielo, con orden, con armonía, pero con comodidad y con intervalos, sin tocarse, sin confundirse; y, sin embargo, sin dejar de seguirse, de concordar, de armonizarse […]. Nada de cohesión demasiado estricta; pero tampoco incoherencia».

Pensamientos, Joseph Joubert.


Gérard Macé (París, 1946) es un autor cuya obra rehuye la clasificación en géneros; aunque él se defina, principalmente, como poeta —no hay que desdeñar la declaración del propio autor: «Lo que me distingue [de otros escritores de su generación como Pierre Bergounioux o Pierre Michon] es, seguramente, mi amor, y mi práctica, de la poesía. Pensaba a menudo en Leopardi cuando escribía Pensamientos simples» (1)—, una mirada al conjunto de su producción obliga a una constante redefinición de esa adscripción porque, si bien títulos como Homère au royaume des morts a les yeux ouverts (2015) pueden considerarse estrictamente como poesía, su primera publicación, Le Jardin des langues (1974), pertenecería a ese impreciso género híbrido llamado prosa poética; además, su obra camina también por otros derroteros: el ensayo narrativizado en Le Dernier des Égyptiens (1988), una biografía de Champolion en forma de novela; la crítica literaria, Je suis l’autre, sur Nerval (2007) y Et je vous offre le néant (2019), una propuesta de lectura del marqués de Sade más allá del sadismo; el libro de viajes, a menudo combinados con su obra fotográfica: a China en Leçons de chinois (1981), a Japón en Kyoto: un monde qui ressemble au nôtre (2011), o a África en Le Goût de l’homme (2002); y, finalmente, una obra mestiza entre la anotación, el aforismo no moralista y la epifanía, el destello, en los tres volúmenes de Pensées simples (Pensées simples (2011), La carte de l’empire. Pensées simples II (2014) y Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016)).

1. «Ce qui me distingue, c’est sans doute mon amour, et ma pratique, de la poésie. J’ai souvent pensé à Leopardi en écrivant les Pensées simples». De la correspondencia privada con el autor.

Con tal variedad de registros, hablar del estilo de Macé es poco menos que un atrevimiento, pero tal vez puede considerarse una aproximación a ese dilema el epígrafe de Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III, extraído de Pensées, essais et maximes, de Joseph Joubert: «No me creo capaz para el discurso continuo, como Montaigne» (2); de hecho, esta frase reúne a dos de los autores cuya traza en Macé es más evidente: Joubert, tal vez el último y menos moralista de los moralistas franceses, y Montaigne, el que decía je dis ce que j’en sens, la frase que expresa mejor la incapacidad para ese «discurso continuo» y el rechazo a cualquier modalidad de sistema.

2. «Je me crois impropre au discours continu, comme Montaigne». Des livres mouillés par la mer. Pensées simples III (2016).

Sin embargo, es posible rastrear algunos elementos, tanto en la estructura de los escritos como en su contenido que, si bien no llegarían a definir un estilo que se nos escapa de las manos cuando intentamos aprehenderlo, sí que ayudan a identificar algunos trazos distintivos de una obra tan difícilmente clasificable. 

El mismo caso de indefinición —o de imposibilidad de definición— afecta, como se decía anteriormente, al género literario de cada una de las obras de Macé. Aceptando que la clasificación por géneros es más un argumento editorial que una propiedad distintiva de un texto, el lector se enfrenta a un libro sin puntos de referencia —pero también sin prejuicios—, por lo que debe ser él quien tenga que componerlo; pero no atendiendo a la geografía de la página —con líneas cortas o notas al pie—, sino a algún otro fundamento —por ejemplo, el efecto que le ha producido la lectura—; será poesía, será ensayo —los dos géneros en los que la decisión editorial ha encuadrado la mayor parte de su obra—, ambos o ninguno, a discreción del lector. Por si sirve de ayuda, el propio Macé ha calificado su obra como «divagaciones»; aunque hay que ser precisos con el sentido que confiera a esta palabra: el Dictionnaire de l’Académie Française registra un uso, en el siglo XVI, en sentido figurado, como «acción de apartarse de aquello a lo que uno debería aferrarse», pero la primera acepción contemporánea es «el hecho de vagar a la aventura». Todo parece indicar que es a este sentido al que se refiere Macé, pero no solo en sus libros de viajes citados anteriormente, sino que llama también así al recurso de recorrer sin determinación el espacio —Italia o Japón—, las biografías —Champolion, Hernán Cortés— y el tiempo —relecturas, recuerdos—, libre y desatado:

«En este relato que voy a retomar a mi vez, no siempre se sabe quién sueña y quién habla, si Keats, Corinna Bille o yo mismo, tanto se mezclan la vida y la muerte, el día y la noche, el sueño y la imaginación» (3)

 3. Illusions sur mesure (2004).

En todo caso, contra la rígida sistematización, el concepto de mente a la deriva. El género que más se parece a este tipo de literatura es, sin duda, el ensayo, no en su vertiente académica o erudita, sino en la que acuñó este término Michel de Montaigne —otro partidario de las divagaciones—: la transmisión de saberes adquiridos como fruto de la errancia a través de libros, personas, tiempos, identidades y lugares, y cuya originalidad no está en la invención, sino en el descubrimiento que facilitan las combinaciones. Es una escritura en los márgenes que, a fuerza de individualizarse primero y de combinarse encajándose después, se convierte en escritura principal. Un fragmento será importante no por el lugar en que esté posicionado a priori ni por la centralidad del relato, sea este de la naturaleza que se quiera, sino por su mera existencia y por los vínculos que mantenga con aquellos con los que puede relacionarse.

La primera particularidad que llama la atención es la ya citada configuración textual en forma de intervención breve, como si fuera un relato o uno de esos koan de la tradición zen; una intervención que, pese a su brevedad, quiere abarcar la totalidad del discurso propuesto —¿una elipsis?—; no se trata, pues, literalmente, de fragmentos, un concepto que conlleva una totalidad irrevocable que es tomada solo en parte, sino más bien de totalidades eventuales —la expresión es del propio autor— que irán ajustándose a medida que se relacionan entre sí —un hecho que implica una temporalización, es decir, un proceso que comporta un inicio, un núcleo y una conclusión, siempre provisional, del acto de escribir— y conformarán un texto que, aunque siempre sujeto a revisión —de ahí la utilidad de esas grietas, provocadas por la discontinuidad, un concepto clave en la obra de Macé, que el autor deja entre relato y relato—, se puede tomar como texto definitivo. Por otra parte, aunque no siempre son sinónimos, lo breve, por lo general, y si está bien elaborado, tiene más posibilidades de ser preciso que lo prolijo.

De ahí que una de las características —pues Macé no lo considera una restricción ni un posicionamiento estilístico— generales de su obra sea la sobriedad; en distintos grados, claro, porque no es lo mismo en Le dernier des Égyptiens (1989), tal vez su obra más novelística, si es que se acepta ese adjetivo, que en los tres volúmenes de Pensées simples, escritos a base de pequeñas prosas en las que la narración y la descripción —los fundamentos de la obra narrativa clásica— se utilizan solo para contar hechos colaterales a la redacción, del mismo modo que lo hizo Montaigne, para acabar —insisto en la totalidad de ese discurso aparentemente fragmentario— con esa intervención no conclusiva, acompañada de la duda y la indecisión, que cierra el pasaje.

Porque esas intervenciones nunca pueden surgir de la nada: ahí están los conocimientos, los recuerdos — los recuerdos inciertos y sin localizar exactamente; la mezcla de los recuerdos vividos y los recuerdos leídos y la intrascendente importancia relativa de ninguno de los dos sobre el otro—, en definitiva, la memoria, uno de los pilares sobre los que Macé construye su obra. No una memoria aislada, pura, si es que existe, sino contaminada por dos factores inevitables: el paso del tiempo, que la va ajustando a todos los presentes desde de los cuales la convocamos, y el hecho de convertirla en narrable, el proceso que debe seguir para configurar una historia, es decir, la imaginación, que no es exclusiva de los narradores, sino que también tiene un papel primordial  en la poesía, en el ensayo, en las epifanías. 

Pero esta, la memoria, no es la única fuente que suministra narratividad en la obra de Macé. En un lugar preferente se encuentra la imaginación, cuya recreación, el proceso que convierte lo imaginativo en real, toma prestados los recursos del género narrativo: los hechos, el tiempo y el espacio; pero también utiliza, explorando y rellenando las grietas existentes en los géneros, las ciencias sociales y, en particular, la etnología —las tradiciones orales de África—, las memorias de viajes —los usos y costumbres de Japón— o la biografía —Champolion intentando descifrar la escritura jeroglífica—.

No se trata, en realidad, de una nueva narratividad, sino de explorar los límites de la que empezó en Homero o en las epopeyas clásicas orientales y darle un nuevo aire en el que los tres componentes antes mencionados —hechos, tiempo y espacio— ya no determinan el relato porque los elementos puestos en juego son, precisamente, los que rompen la linealidad de esa narración: la digresión, que en algunos textos llega a constituir la forma preeminente; la elipsis, que es la forma en la que el narrador —si se puede llamar así, aunque sea por convención— interviene, por defecto, en la supuesta línea argumental; y la analogía, de la que se sirve para transportarse de un tema a otro que no tienen por qué concluir ni estar unidos por relaciones causales: no se trata de un relato descompuesto en fragmentos, sino de fragmentos que tomados así, aisladamente, componen un relato. El resultado de estas modificaciones es, a menudo, la imposibilidad de seguir el hilo de la narración y que el lector, que es quien debe descubrir —o, a menudo, construir— los vínculos, parezca perdido en el laberinto que ha planteado el autor y en el que también, él mismo, parece haberse extraviado; la razón es que la tarea que ha emprendido no es la de Teseo, sino la de Dédalo: lo que importa es el planteamiento del enigma, sea en forma de detalle insignificante o de seguimiento de una civilización desaparecida; su resolución —en la que se basa la novela clásica— es irrelevante.

Contra la escritura dirigida, planificada, intencional, que intenta abarcar todo aquello que se le ofrece a la vista y explorar todos los desvíos con los que se encuentra, aunque sin apartarse jamás de su objetivo, la escritura errante, indecisa, alerta también a los caminos laterales, tanto, que la dirección tomada en un principio puede ser abandonada en cualquier momento para virar hacia aquella bifurcación que se presume sugerente. Pero siempre bajo el supuesto de no revelar el secreto que aquella conlleva en su totalidad: ante la necesidad de decirlo todo —o de decirlo todo, como en la autoficción, de no dejar nada en la sombra ni en la duda, de la transparencia total, de la autoconfesión completa—, dejar pequeños núcleos resistentes a la narración, y que sea el lector quien los descubra; si debe haber una última palabra, que sea el lector el que la pronuncie; el texto puede encerrar un secreto contenido en el lenguaje, ese generador de malentendidos, siempre sujeto a interpretación y decodificación, tan preciso a veces, tan ambiguo otras, tan accesible pero tan inasible, que Macé no desvelará y que el lector, a su vez, no tiene por qué descifrar, solamente debe apercibirse de su existencia. No existen en Macé las obras cerradas, aquellas en las que el lector es informado de la totalidad del trayecto; al contrario, el autor puede llevarnos de la mano describiendo el itinerario para, sin dejar de caminar, abrir una digresión relativa a un recuerdo propio o a una costumbre de una tribu perdida de la sabana africana, y que este excurso, que nunca será accidental, modifique definitivamente el destino —si es que lo hubiere; esa búsqueda de un destino predeterminado desde la primera palabra del texto está, casi siempre, más en la cabeza del lector que en la intención del autor— hacia el que se dirigía. 

Macé huye de la concepción del escritor como arquitecto de un edificio ficcional, su papel es el albañil rehabilitador de una construcción que debe ajustarse a un cambio de uso. Para esa tarea, no dispone de flamantes objetos de nuevo cuño, sino que utiliza materiales de deshecho —incluida la memoria— para darles una nueva vida —la referencia a las esculturas de Pierre Bergounioux, colega y amigo, es deliberada—.

Esa labor que Macé deja en manos del lector revela que el autor, a diferencia de los novelistas, no es una divinidad creadora que concibe y armoniza universos mediante la ficción ni el propietario por delegación de un mundo en el que el más mínimo movimiento está bajo su gobierno, sino el detonador que reactiva la memoria que permite acceder a ese recuerdo enterrado por el tiempo —la sombra de Marcel Proust es alargada; el propio Macé confiesa que En busca del tiempo perdido fue su mayor experiencia como lector—, el descubridor de los enlaces ocultos que unen los elementos aparentemente más aislados. El escritor no inventa nada nuevo, sino que enseña a reutilizar aquellos elementos concebidos para otros fines. Sirva como ejemplo la anécdota relatada en Pensées simples

«[…] en el curso de un congreso que reunía a africanos y europeos, cada cual intentaba hacer comprender al otro su método de razonamiento. Un europeo puso como ejemplo un silogismo: “Todo hombre es mortal, yo soy un hombre, por tanto soy mortal”. A lo que un africano replicó, en el mismo tono: “Llueve y hace sol al mismo tiempo: la elefanta va a dar a luz”».

Esa actitud múltiple sobre la narración ha sido identificada por el propio autor con la palabra colporteur —en su origen, el vendedor que recorre pueblos y ciudades con libros, estampas o almanaques bajo el brazo; un intermediario, un mediador, algo parecido a un buhonero; en todo caso, un concepto que implica, siguiendo el rastro del libro que Jean Starobinski dedicó a Michel de Montaige (4), un saber en movimiento—. Gérard Macé convierte esta figura en una metáfora de la literatura misma: el colporteur no solo comercia, sino que transporta relatos, memorias, fragmentos de saber, palabras que pasan de mano en mano; un cometido humilde pero ilustrado que da forma a su escritura.

 4. Montaigne en mouvement (1982). 

Macé apuesta, se diría que humildemente, por el destierro de la arrogancia que suele provocar la erudición, convertida en un saber fósil, en beneficio del detalle insólito, de la alusión marginal, del saber circunstancial, del elemento ínfimo que se limita a ofrecer la referencia exacta: Macé es un escritor humilde que jamás reivindica la autoridad; también por la desconsideración de la vida heroica en beneficio de las vidas minúsculas —la mención a Pierre Michon también es deliberada—; en definitiva, rechazo de la novelización tradicional en beneficio de lo que podría ser su origen o su fuente de inspiración cuya formulación, si acaso, deja, de nuevo, en manos de un lector, al que no se le ofrece la posibilidad de ser pasivo; y rechazo del sistema, cerrado, autófago, autosuficiente, en beneficio del acercamiento desprejuiciado, lateral, inconexo, pero libre y permanentemente inconcluso. 

Tan inútil es buscar el origen —lo mismo de la civilización que de un objeto insustancial— y la primera verdad como intentar pronunciar la última palabra y hallar la verdad de verdades: siempre se puede rastrear un origen anterior a ese que creíamos originario y siempre aparecerá una verdad, tal vez complementaria, detrás de la verdad que tomamos por absoluta. Es el dominio de los puntos suspensivos, incluso de la incertidumbre, en lugar del ámbito del punto final, de la conclusión. Aquel remate continuo mantiene al lector, pendiente del ¿qué pasará después?, la pregunta-trampa de las novelas tolerables, con la vista fijada en el texto: la totalidad de su mundo está representada en la siguiente línea. La suspensión, en cambio, provoca una conducta contraria: el lector se ve obligado a detener la lectura porque debe rellenar el vacío que le impone el autor, y a levantar la cabeza, con lo que el tiempo de la lectura queda suspendido, para, por ejemplo, explorar el significado de aquello que acaba de leer, presagiar lo que leerá a continuación o buscar analogías entre la lectura y su propia experiencia. No hay planteamiento, nudo y desenlace; es una literatura, parafraseando a Blaise Pascal, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna.

En tanto que literatura comprometida estrechamente con la memoria, sus fuentes se localizan, además de en las lecturas —que siempre son relecturas— y en los tiempos transcurridos, en las aportaciones de las ciencias no relacionadas directamente con el presente, principalmente la arqueología y la etnología —incluso la antropología, y no solo como ciencia, sino también como singularidad: la curiosidad antropológica—, de nuevo, no por las aportaciones que presenta la investigación ni a través del despliegue de conocimientos adquiridos mediante el estudio exhaustivo, sino por la puesta en escena de las diferencias observadas entre los individuos y las comunidades entre sí y con respecto a nosotros mismos antes de que todos, ellos y nosotros, hayamos desaparecido. Todas las civilizaciones conocidas han llegado a experimentar, mediante la escritura u oralmente, con la magia del relato; por tanto, ese hecho de contar debe satisfacer unas necesidades que, con independencia de su naturaleza, deben ser comunes a todas ellas; lo que pretende Macé ante ese enigma es poner de manifiesto, con una mirada en la que la exactitud tiene tanto papel como la humildad, aquello que las une, aquello que tienen en común, aquello que, más allá de las diferencias intrínsecas, las unificaría como manifestación universal, y que debe estar más del lado de lo imaginario que de lo real.



Leer

6.7.21

RESEÑA DE "UN BELLO TENEBROSO", de Julien Gracq (Shangrila 2021) en "Je dis ce que j''en sens"

 



Por Joan Flores Constans


Mi trabajo me obliga a estar al día de los libros que se van publicando a lo largo del año si quiero dar razón, aunque sea de forma sucinta, a las consultas de los lectores ―cada vez menos frecuentes; el mío es un oficio en extinción, y no solo por culpa de los nuevos medios de información y recomendación (¡jajajaaa!), pero esa es otra historia que, tal vez, algún día intente explicar―; esta exigencia conlleva que muchos de los libros que leo regularmente pertenezcan a esas novedades, aunque evito aquellos que, por mucho bombo y platillo que hayan provocado en los medios audiovisuales, en las reseñas o en las comunicaciones editoriales (algunas referencias, como Goodreads, los algoritmos o los youtubers, las descarto por principio; tienen la misma fiabilidad que las fajas que acompañan a los libros), son directamente execrables ―una mirada a las mesas de novedades de cualquier librería es suficiente para inducir a la vergüenza ajena o, directamente, al vómito―. Me he dado cuenta de que esta circunstancia, esa lectura obligada,  conlleva un descenso involuntario de mi nivel de exigencia lectora ―aunque ese descenso no llegue a caer en la tentación de leer la última confesión del chico al que ha abandonado su novio y que, además, fue maltratado en su infancia o los pesares de la chica cuya mayor tragedia en sus años de corta vida fue quedarse sin batería en el móvil cuando era cuestión de vida o muerte enviar un mensaje de texto, por no hablar de la autoficción de manifiestos iletrados o las memorias de personajes que apenas han superado su adolescencia mental―, de manera que acabo valorando, casi sin darme cuenta ―mea culpa―, algunas de esas lecturas muy por encima de su mérito real ―no pretendo disculparme, una simple ojeada a mi blog es la muestra más fehaciente de esa relajación de la exigencia―. Afortunadamente, este proceso queda interrumpido ―podría hablar de poner el contador a cero― cuando, cansado de estar al día ―o, en otras palabras, de tragar porquería― busco o llega a mis manos alguna novela mayor, esos libros que tal vez no se valoraron en su justa medida cuando se publicaron por primera vez, con frecuencia porque el mismo autor había escrito novelas manifiestamente mejores ―sin darnos cuenta de que la peor novela de Stendhal, o de Dickens, o de Faulkner, está a años luz en calidad de la mejor novela, a menudo la primera, que por merecimientos debería ser la última, del recién descubierto fenómeno editorial―, o porque el nivel de exigencia lectora de la época era bastante más alto que el actual ―aunque el número de lectores fuera sensiblemente menor―; algunas editoriales ―pocas, muy pocas― insisten en publicar grandísimas novelas agotadas, descatalogadas o desconocidas de autores dignos de figurar en las nóminas de clásicos, y el agradecimiento que les debemos los lectores debería ser eterno por permitirnos sacar por un momento la nariz de la cloaca y respirar Literatura. Toda esta exposición viene al caso porque Shangrila, una editorial dedicada, en principio, a textos relacionados con el cine, ha puesto a nuestro alcance ―no es la primera vez que cometen la osadía de publicar a Gracq, un autor fundamental de la literatura europea del siglo XX― Un bello tenebroso (Un beau ténébreux, 1938), segunda novela del francés, después de En el castillo de Argol (Au château d'Argol, 1938), una excepcional parodia, sin sentido peyorativo, de la novela gótica del Romanticismo, pasada por el filtro de un incipiente surrealismo.

El protagonista del texto, ese bello tenebroso, es un personaje que, onomásticamente, podría remontarse fácilmente al Beltenebros cervantino; un tipo con un alto componente de misterio y tragedia, pernicioso para su entorno y letal para sí mismo, que encarna, a la vez, la fragilidad del hombre moderno y una rígida naturaleza del espíritu. El carácter arquetípico del personaje principal remite al Fausto de Goethe por su carácter, valga la redundancia, fáustico, pero también en su vertiente diabólica, situada por encima del bien y del mal por su carácter generador; es decir, desde el punto de vista romántico, el poeta.

La acción se ubica en un hotel de la sombría, salvaje y primordial Bretaña, en el que se hallan hospedados los protagonistas, personajes pertenecientes a la sociedad bienestante; entre ellos, Gérard, cuyo Diario es la primera de las fuentes narrativas, y Christel, una enigmática joven hospedada en el mismo hotel, que atrae todas las miradas de los huéspedes; se trata de un personaje dominado por el tedio vital desde la infancia, apasionada y voluble, sometida al influjo de un fatum trágico y dramático, y con una insoslayable tendencia a transitar por el filo del abismo, arrastrando con ella a todo el que la sigue. Solitaria y misántropa, parece fatalmente destinada a las relaciones tempestuosas e inviables, y solo puede ser salvada por un amor incondicional que renuncie a su propio ser para fundirse, en una improbable aleación de opuestos, en una total unión de espíritus. En su Diario, Gérard registra, mediante la narración indirecta, pero de forma literal, las conversaciones mantenidas con Christel; todo ello, mezclado con las percepciones del propio Gérard, que van cambiando de signo y de intensidad a medida que progresa en el conocimiento de Christel; es decir, a medida que va cayendo bajo su embrujo. 

«"Tal vez me equivoque [declara Christel] al decir esto, pues dar voz a los pensamientos es casi como pronunciar un voto, pero estoy destinada, creo, a arruinar mi vida. Me preocupa muy poco lo que no es importante. Es como si, dominada por una especie de rabia, devolviera la nada al vacío. "¡Que al menos el tiempo perdido permanezca perdido! ¡Que no se pueda sacar provecho de lo que estuvo vacío!" Esa es la nobleza que me gusta. Qué no daría por flotar dormida sobre esos espacios de tedio vital, todos esos momentos en los que no es imposible escapar a la idea de que podríamos estar en otro sitio"».

La aparición de Allan, el bello tenebroso, en el hotel, acompañado de Dolorès, de relación y filiación desconocida, justo cuando Gérard pensaba marcharse, embargado por el tedio ―una marcha que se suspende, en principio, por simple curiosidad―, altera el equilibrio precario del lugar. Al poco tiempo, la curiosidad se troca en fascinación y todo el mundo se apercibe de que esa llegada supondrá cambios fascinantes.

«Comprendí que Christel era tan sensible como yo al encanto de esta extraña pareja, al menos al de Allan. Anoche, por ejemplo, cuando la conversación giró en torno a ellos al salir del casino, su indiferente silencio fue revelador. Sus breves y casi duras palabras también me dieron la impresión de que lamentaba las confidencias que me había hecho la otra noche, y creo que comprendí que este arrepentimiento principalmente se debía a que ahora tenía algo menos que dar a otra persona. ¿Acaso ella lo ama? Me refiero a si lo ama ya con ese deseo irresistible de dar, de reunirlo todo, de postrarnos a los pies de la persona a la que amamos, ese deseo que de súbito hace que incluso los viejos regalos se nos antojen una mezquindad».

Su sed de información acerca de Allan queda, en principio, colmada por el escrito que le deja un amigo de la infancia, que Gérard reproduce también en su Diario, y en el que queda clara la capacidad de fascinación del individuo desde su época escolar y su poder desestabilizador para todo y todos cuantos le rodean. Posteriormente, en un encuentro personal, Gérard no hace sino confirmar sus sospechas.

«"Soy una persona [declara Allan] para la que el mito carece de sentido. No puedo concebir cómo la gente puede sustentarse con semejante engaño, cómo esa necesidad de revelación que atormenta al hombre podría satisfacerse a menos que vea, a menos que toque. No podemos aplacar nuestra sed en los lugares donde en tiempos vivió un héroe legendario. Tomás tocó las heridas de Jesús, y el cristianismo, ridículo cuando menos, nunca habría tomado forma en esta tierra si Cristo no se hubiera encarnado, pues para que el cristianismo existiera, Cristo tuvo que existir, nacer en ese pueblo, en esa fecha, mostrar esas manos perforadas a los incrédulos y desaparecer de su tumba de un modo que nada tenía de metafórico. ¿Cómo podría haber resultado convincente sin esa inimitable presencia? La búsqueda del Grial fue una aventura terrenal. El cáliz existía, la sangre fluía y, al verla, los caballeros sintieron hambre y sed. Todo eso se podía ver. ¿Con qué ojos, aparte de estos ojos de carne, podría aprehender yo la maravilla? La maravilla, la gran maravilla es para mí que la gente pueda vivir nutriéndose de tales personajes dudosos, unos fantasmas abominablemente descoloridos con los que nos engaña la mente, el espíritu de renuncia de este siglo, verdaderamente el más humilde que haya existido jamás, ese que convierte a la divinidad en un personaje nacido de su propia mente. No puedo contentarme a menos que estas dos mitades de mí se unan y, ya que a usted le gusta Rimbaud, a menos que posea la verdad en un alma y en un cuerpo"».

Y es que, por lo que parece, la presencia de Allan ha afectado a Christel con mayor intensidad, si cabe, que la propio Gérard.

«No hay nada, como le dije a Jacques, contra lo que el hombre se rebele más que contra confesar el secreto e inmediato poder que sobre él tiene su prójimo. Tal vez no haya nada más frecuente, más cotidiano. Un poder brutal, irreverente como el rayo, en el que la inteligencia, el valor, la belleza y el lenguaje no son sino una mera electricidad animal, una polarización que se desarrolla súbitamente. Estar hechizado. Y sin retorno. Nunca se habla de ello: es un tabú, pero al cabo de muchos años, durante una conversación, los iniciados de pronto reconocerán, por una mera inflexión de la voz, por una mirada que de pronto se aparta, el paso del ángel, una repentina revelación compartida, el amor a primera vista: "Dios reconocerá a sus ángeles por la inflexión de sus voces y sus misteriosos pesares"».

La indudable y manifiesta superioridad espiritual de Allan sobre sus semejantes conlleva, como si fuera una compensación negativa de su ventaja, una extraña tendencia a la autodestrucción, pero no a la muerte directamente, sino a la perpetuación del sufrimiento. Esta característica, innata en ese tipo de individuo, es capaz de provocar una especie de admiración que, a menudo, deviene en pura envidia, por parte de aquellos individuos que no disfrutan de la suficiente fortaleza de espíritu para soportar la tensión pero no pueden dejar de admirar el efecto que ese carácter posee con respecto a los demás.

Es en ese afán de emulación y en la imposibilidad de materializarlo, donde se ubica la circunstancia que convierte al sujeto en una naturaleza sobrehumana, localizada más allá del tiempo y con una existencia ancestral no sujeta a las mismas vicisitudes que el resto de los mortales, capaz de adueñarse no solo de la voluntad de sus acólitos, sino también de sus oponentes; es, en definitiva, la personalización del mismo Diablo.

«¿Me equivoco cuando, ante todo, veo en Allan (acostumbrado como estoy, de un modo seguramente arbitrario, a personalizar ideas y a idealizar personajes) una tentación, una prueba, el signo aglutinador de nuestro grupo para todo aquel que tienda a aniquilarse, a destruirse a sí mismo, a abrirse paso, en un arrebato tan breve y violento como un acceso de ira, a través de la red de posibilidades escasas y razonables que la vida nos concede?»

Tanto el hotel, incluidos sus huéspedes, como sus alrededores, van adquiriendo, para Gérard, un carácter onírico, irreal, en el que el transcurso del tiempo no es sucesivo y los hechos parecen acaecer simultáneamente, y donde se han extraviado las nociones de precedente y consecuente  en un remolino inestable e incalculable de ausencias y presencias concurrentes que obstaculizan la fijación de un patrón. La realidad se retira de forma progresiva e impredecible, y la sensación ocupa el campo desatendido dejando a los protagonistas huérfanos de referencias. En tales circunstancias, es la imaginación la que toma el control, y con esos cimientos tan poco firmes, la razonabilidad queda excluida de la ecuación, sustituida por la obsesión.

El mismo hechizo irracional bajo el que cae Gérard afecta también, con parecida intensidad pero con diferente carácter, a Christel; pero lo que en él es melodrama, en ella amenaza con convertirse en tragedia.

El clímax de la primera parte de la narración se alcanza en la entrevista entre Gérard y Allan, en la que aquel le exige una confesión de sus intenciones, poniendo a Christel como excusa, y por qué su aparente apatía parece disimular su tendencia al mal, una especulación que el propio Gérard reconoce infundada, pero que Allan intenta hacer pasar como plausible. Esta entrevista finaliza el Diario de Gérard, y un narrador anónimo, el mismo que presentó a Gérard al inicio, toma el relevo; este cambio supone un traspaso importante del punto de vista: el nuevo narrador no está implicado en la historia y su versión sobre Allan no está mediatizada por la fascinación ni por el repudio.

La despedida oficial de la temporada de verano se celebra mediante un baile de disfraces de personajes literarios. Allan y Dolorès van caracterizados de amantes de Montmorency, los protagonistas del poema de Alfred de Vigny que se suicidan después de pasar un último fin de semana juntos. La muerte y el deseo son las dos caras de una misma moneda, y ningún cambio será perceptible si, al lanzarla, cae de la una o de la otra porque ambas son letales. La fiesta es la última oportunidad para que cada uno muestre sus cartas, gestione sus asuntos pendientes y lleve a término las espectativas propias y ajenas; es bajo el anonimato que procura el disfraz paradójicamente, como cada uno debe mostrarse y comportarse con más fidelidad a su propio espíritu.

Sin embargo, una vez desveladas todas las estrategias, la tragedia no se desata de forma inmediata e irremediable, como sería de esperar, sino que se materializa mediante la renuncia a la grandeza y a la heroicidad para proceder paso a paso, de forma casi imperceptible, como la carcoma, para destruir desde dentro, sin asomo de piedad y sin ninguna razón ―si tuvo alguna en algún momento, lleva tiempo desaparecida por inanición―, la destrucción por la destrucción, más por puro deleite que por dejadez.

«Se sentó al borde del acantilado y, con las piernas colgando, se puso a mirar vagamente hacia el mar. Desde asquel abismo se elevaba un letargo que le fascinaba. Con las manos heladas aferradas a la roca, las piernas temblándole, sintió que en su cabeza se agolpaban unos remolinos de tinieblas, de frías ráfagas de viento. Su corazón latía de forma irregular. Cerró los ojos. Pasó largos minutos presa del vértigo, un delirio al que se abandonó, al que invitó. Era ya noche cerrada cuando volvió a abrir los ojos a la luz de la luna. Una misteriosa paz se extendía sobre el mar casi inmóvil. En tierra firme, un perro ladraba a lo lejos, tan tranquilizador, tan tranquilo. Empezaba a soplar una gélida brisa terrestre. Se sacudió con brío y volvió a poner en marcha el coche».

¿Pueden la valentía y la arrogancia intercambiar sus papeles? ¿Hasta qué punto son complementarias u opuestas? Se puede ser arrogante sin ser valiente, pero ¿es posible ser valiente sin ser arrogante? ¿Se puede aislar una de la otra? ¿Hasta cuándo puede mantenerse, si cabe, esa separación? ¿En qué medida puede sacrificarse la una a la otra?

«―Y ya ve, Christel, ahora conozco un secreto. Un secreto terrible. Sí, sabía que alrededor de un hombre en el momento de su muerte, cuando no lo decapitan de improviso y de inmediato, cuando no se trata de una muerte violenta, cuando esta le permite verla venir, siempre hay una multitud. Solo hay que ver los teatros y las ejecuciones. Pero lo que no sabía es que no es bueno dejar que la muerte se pasee mucho tiempo por la tierra con la cara descubierta. No me había dado cuenta... de que perturba, despierta la muerte aún dormida en lo más profundo de los demás, como un niño en el vientre de una mujer. Igual que cuando una mujer se encuentra con una embarazada, aunque gire la cabeza hacia otro lado, sí, en el fondo, si las miráramos bien, sentiríamos que son cómplices. ―La miró y asintió con la cabeza con una convicción infantil―. Sí, es su propia muerte la que repentinamente se revuelve dentro de ellos. Y no es fácil estar en contra de ella».

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3.9.20

NOTAS DE LECTURA / RESEÑA DE "LA FORMA DE UNA CIUDAD", JULIEN GRACQ, SHANGRILA 2020





Notas de lectura / Reseña del libro
La forma de una ciudad
Julien Gracq, Shangrila 2020,
en el blog Je dis ce que j'en sens

Por Joan Flores Constans

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NOTAS DE LECTURA / RESEÑA DE "LA RESPUESTA A LORD CHANDOS", PASCAL QUIGNARD, SHANGRILA 2020






Notas de lectura / Reseña del libro
La respuesta a Lord Chandos
Pascal Quignard, Shangrila 2020,
en el blog Je dis ce que j'en sens

Por Joan Flores Constans

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