PRÓLOGO
Miguel Sicart
Escribir sobre el mundo que vendrá es un ejercicio complejo. El futuro ya no es lo que era, y si lo que estamos viviendo mientras escribo este prólogo es también un prólogo de ese mundo que será, quizás nos parezca que no haya mucha esperanza para más que desear la supervivencia. Al mismo tiempo, es fácil caer en un nihilismo simplista que justifique nuestra inacción, como también es fácil enterrar la cabeza en la arena, mirar hacia otro lado o negar directamente verdades porque estamos asustados. Y cuando empezamos a entender la magnitud del futuro, lo más normal es dejar de pensar y de sentir, y simplemente dejarse llevar hacia ese tiempo.
Este libro niega esa deriva. Este es un libro sobre la esperanza. Eso sí, comienzo desde unas premisas muy claras. El uso de combustibles fósiles ha cambiado irrevocablemente el clima del planeta, y entre las últimas décadas del siglo XXI y las primeras del XXII, el mundo estable y predecible capaz de mantener ocho mil millones de personas no existirá. Las catástrofes climáticas, de huracanes a riadas, han ido en aumento desde principios del Siglo XXI. Es probable que a estas les sucedan problemas de abastecimiento de alimentos y de agua. Aunque ninguna parte del mundo está a salvo de estos cambios, el Norte global los sufrirá más tarde (1). Al mismo tiempo, el Norte global probablemente sufra una fiebre totalitaria como consecuencia de las catástrofes humanitarias y migratorias provocadas por la inestabilidad climática. Todos estos fenómenos podrían ser aliviados por la distribución justa de recursos y el desarrollo de tecnología. Lamentablemente, a mediados del Siglo XXI, cuando escribo estas líneas, una confluencia de oligarcas han creado poderosos sistemas para proteger su obscena acumulación de capital, mientras que los avances tecnológicos se centran en pequeños esfuerzos paliativos y en sueños de colonización de un universo que sabemos es hostil a la vida humana. Lamentablemente, los estertores del capitalismo y del imperialismo colonial son planetarios y multiespecies. El futuro que nos aguarda será más inestable, tendrá menos recursos, estará más desolado y la muerte –de personas, de ecosistemas, de animales– estará siempre presente.
1. El escritor y cómico Zack Bornstein resumió con precisión este sentimiento en un tweet: “El cambio climático se manifestará como una serie de desastres vistos a través de un teléfono con imágenes de cada vez más cercanos a donde vives, hasta que tú eres el que está grabando”
(https://x.com/ZackBornstein/status/1877055187241594986?s=20, recogido el 24/11/2025).
Espero que aún quede alguien con ánimo de seguir leyendo después de este párrafo, porque partiendo de estas premisas quiero construir un pequeño argumento para una forma transitoria de esperanza. Mi propuesta es sencilla: a pesar de todo lo que nos viene encima, debemos seguir jugando. Porque si dejamos de jugar, ¿qué nos queda?
Lo último que debemos perder es nuestra humanidad. No sólo la capacidad de empatizar con otros, o de crear cultura. Me refiero a una característica aún más importante: nuestra capacidad para crear mundos, hacerlos existir todos juntos, y aprender de ellos que lo que es no tiene por qué ser como es, y que si lo podemos jugar, también lo podemos hacer posible cuando dejamos de jugar.
Escribo este libro porque el mundo que vendrá será terrible. No soy un investigador climático, pero para preparar este libro he leído y he hablado con científicos que tienen una idea del futuro basada no en doctrinas o miedo, sino en la certeza cruel de los datos. Hablando con ellos he entendido que el mundo que en una o dos generaciones, será más pobre, más desigual, más cruel. El futuro climático me hace reflexionar sobre la importancia del trabajo al que me he dedicado. ¿Es superfluo estudiar cómo, por qué, y con qué jugamos? ¿Es una pérdida de tiempo entender los placeres del juego, cuando hay tanto que intentar salvar?
Escribo este libro porque estoy convencido de que si no entendemos mejor la actividad del juego, y si no situamos el jugar en el contexto del futuro, ese porvenir será aún más cruel e inhumano. Debemos reducir nuestro consumo, utilizar energías renovables, pensar más en el planeta del que formamos parte. Pero también debemos seguir jugando. Quizás no de la misma manera. El futuro requiere una interpretación del juego distinta, que entienda los límites del presente y los desafíos de un mundo cambiante. Este libro es una teoría del juego para un futuro incierto.
La cuestión central de este libro es, por tanto, doble. Por un lado, quiero hacer un argumento convincente acerca de la importancia de jugar como una de las actividades esenciales del ser humano. Lo único que nos queda sin juego es supervivencia y barbarie. Debemos contemplar el juego como una manera de estar en el mundo que nos recuerda que podemos construir y crear e imaginar y vivir en mundos distintos, quizás mejores que los reales. Al mismo tiempo, este libro quiere también preservar cuanto más posible nuestro conocimiento sobre el juego.
Una de las posibles tragedias que acechan a nuestra civilización del derroche es la pérdida de siglos de conocimiento. Cuando empiece a declinar nuestra capacidad de producir energía barata, y el clima convierta nuestro día a día en una cuestión de supervivencia, una de las primeras cosas que se perderán serán los conocimientos del pasado. El mundo digital, en el que hemos depositado nuestra esperanza para sobrevivir, difícilmente puede sostenerse en un mundo de producción energética irregular. El papel será de nuevo nuestro aliado, manteniendo estable el conocimiento y ayudándonos a establecer poco a poco una nueva civilización con una relación distinta con nuestro mundo y las especies que lo habitamos.
Este libro es mi modesta contribución a un proyecto de conservación del conocimiento. En el futuro necesitaremos recordar por qué jugamos, qué efectos tiene dejarse llevar por lo lúdico, y qué riesgos culturales hay alrededor de la utilización del juego como ideología. Ese es el conocimiento que quiero salvar con este libro. Espero que este trabajo sea un complemento al trabajo enorme de investigadores y educadores que recopilan y mantienen vivas formas populares de jugar, desde juegos tradicionales hasta formas de poesía y de juego de rol que nos entretienen más allá de las pantallas. Aquí propongo una lente a través de la cual el trabajo de tantos otros pueda ser usado no para reproducir el pasado con nostalgia dañina, sino para imaginar y actuar un futuro distinto al que nos ha llevado aquí.
Hay espacio en este libro para juegos y videojuegos, y de hecho dos de los ejemplos con los que ilustraré mi idea del juego al final de este mundo son las experiencias digitales creadas por Everest Pipkin, y el juego de creación de mapas The Quiet Year, de Avery Adler. Hay muchos otros ejemplos que podría haber utilizado en este libro, pero creo que los trabajos de Pipkin y Adler son paradigmáticos por dos motivos: Pipkin nos enseña cómo un videojuego puede ser creativo, evocativo, divertido y poético, sin recurrir a computaciones insostenibles. Los juegos que destaco en este libro son juegos que se distribuyen en navegadores, escritos sin dependencias de motores de juego y, por tanto, fácilmente actualizables.
El juego de Adler me permite hablar de dos temas distintos relacionados con este aspecto de la pervivencia del conocimiento tras el fin de un mundo. Por un lado, el mundo ficcional de A Quiet Year permite crear un espacio en el que grupos de jugadores pueden reunirse y discutir sobre cuestiones tan complejas como qué recursos tienen valor para nuestra comunidad. Por otro lado, el resultado del juego de A Quiet Year es un mapa, un memento que no desaparece cuando el juego termina y que se puede dar a otros. Esa idea de permanencia después del juego, de crear algo que sobrevive y se mantiene después de jugar y que puede ser un testigo del mundo que creamos, es la contribución esencial de A Quiet Year. Y quiero analizarla desde la perspectiva del juego al final del mundo, de cómo jugar nos permite crear esos mundos temporales en los que podemos trascender las limitaciones del mundo que habitamos.
Este es quizás mi libro más ambicioso no por las ideas que contiene, sino por el proyecto en sí mismo. Quiero hacer que una idea de juego sobreviva. Una idea que nos permita desarrollar, imaginar, y crear formas lúdicas cuando nuestro mundo de energía barata y clima predecible no exista ya. Más allá de que mis argumentos sean convincentes o no, el destino de estas palabras depende de las turbulencias y desastres que vendrán. Es posible que este libro no sobreviva el fin de un mundo, que las copias impresas se quemen para generar calor o desaparezcan en un desastre natural, y que los archivos digitales sobrevivan un par de décadas en un ordenador apagado en un vertedero, antes de que la entropía venza y no quede nada.
Incluso en esos escenarios, creo en este proyecto. Si las ideas que presento aquí os resultan convincentes, hablad de ellas, ponedlas en práctica. Cuando enseñéis un juego a alguien, recordad que jugar nos permite imaginar mundos posibles y vivir en ellos, aunque sea de manera temporal. Recordad que cuando jugamos podemos decidir nuestro destino, podemos disfrutar, tenemos un control sobre el riesgo y el placer que de otro modo nunca tenemos. Recordad que el juego nos puede oprimir, y que tiene más valor crear algo juntos que derrotar a los otros. Si logramos mantener estas ideas sobre el juego vivas, si son parte de las tradiciones que pasamos a través de generaciones y culturas, no evitaremos el final de un mundo, pero sí tendremos una herramienta poderosa para imaginar y crear futuros que no nos condenen a sobrevivir. Mantener viva esta idea de juego es mantener viva la idea misma de vivir más allá de la supervivencia; de hacerlo juntos, como seres humanos, en un mundo rico del que somos parte pero del que no somos final. Porque jugar es, al fin y al cabo, vivir más.













