Botonera

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26.9.21

SHANGRILA CLUB: "Desespoir Agreable" (Erik Satie), Mal Waldron



         Que la noche sea leve.


https://vimeo.com/614636090

VII. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



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Clitemnestra, después de matar a su esposo Agamenón, le corta las manos y se las coloca bajo sus propias axilas. Luego se pone a serrarle los tobillos. Con ayuda de una cuerda le cuelga del cuello los pies que acaba de amputar. Así el rey muerto no podrá regresar a este mundo.
—¡Agamenón, ya no cogerás nada! ¡Agamenón, ya no correrás de aquí para allá clamando venganza contra mí! ¡Agamenón, no saldrás de la tumba!
La reina se apacigua entonces: ya no tendrá que temer la venganza de su marido muerto durante los siete años que le quedan de vida en Micenas.

*

Lo mismo María una vez muerto su hijo.
Ella no deseaba verlo después de que resucitase.

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Me gustaría hacer alusión al fondo mágico del amor. El fondo más arcaico, el más elemental, el más salvaje, el más pulsional.
Robar al otro, hacerse con el cuerpo de otro para siempre —quizá incluso encerrarlo a resguardo de todas las miradas que no sean la nuestra—, robarle el alma.
Así es como se preparaba un encantamiento en la Antigüedad: se ataba una tablilla de plomo a una figurita de trapo, de cera, de arcilla fresca. Se colocaban una y otra dentro de un jarro. El jarro se metía, de noche, furtivamente, a oscuras, junto al cadáver enterrado de un muerto.

[...]




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25.9.21

VI. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



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Podemos denominar románticos a los libros cuyos escritores son anteriores a la obra que publican. El contenido de lo que escriben contempla el mundo social en el que la aparición heroizará su destino. Los escritores son, por tanto, los narcisos, los genios, los académicos, los creyentes, los poetas, los pares de Francia, etcétera.
Yo no era romántico.
Me gustaban los libros en los que aquellos que los escriben no emergen jamás de su lectura. De Ovidio a Plutarco. De Plutarco a Petrarca. De Petrarca a Montaigne, Rousseau, Littré, Mallarmé, Kawabata, Tanizaki.
Una vida totalmente consagrada a la lectura de libros entraña consecuencias tremendas.
Exilios. Silencios. Retiros. Dimisiones. Divorcios. Suicidios. Aislamientos renovados sin cesar. No solo durante el día, sino también por las noches, todos los sueños, incluso la sexualidad de quien escribe, su muerte misma, están implicadas.

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La identidad de quien penetra en los libros queda transformada para siempre.
Iseo imitó a Lisias, Isócrates pretendió imitar a Iseo, que había imitado a Lisias, pero nadie logró imitar a nadie.
Cuando Heródoto quiso imitar a Homero no imitó a Homero. Cuando Jenofonte quiso imitar a Heródoto no imitó a Heródoto ni a Homero. Cuando Plutarco quiso imitar a Jenofonte no imitó a Jenofonte ni a Heródoto ni a Homero. Cuando Montaigne quiso imitar a Plutarco no imitó a Plutarco ni a Jenofonte ni a Heródoto ni a Homero. Valéry no consiguió imitar a Goethe ni Callois se convirtió en Valéry, que deseaba ser Goethe.

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A la estética de la segunda retórica, que apareció en el mundo antiguo cuando Grecia cayó bajo el yugo de Roma, se la denomina «aticista». Su fórmula es la siguiente: «La belleza es salvaje». La emoción es alérgica tanto a las normas como a lo que las desafía (es un salvajismo alérgico tanto a la tradición como a la originalidad). Lo que se busca es el origen. Ni el sujeto (el héroe), ni el sentido (la Historia). Por lo tanto, heredar no es en ningún caso poseer. Goethe escribió en Fausto: «Lo que has heredado de tus padres, adquiérelo de manera que lo poseas». Los humanos no son ojos, son miradas. Goethe es el último aticista, se planta en la frontera del romanticismo. La originalidad nace con el romanticismo. Se guarda mucho de entrar. Goethe sigue siendo griego. Igual que Hölderlin deseará seguir siendo griego. Igual que Nietzsche deseará seguir siendo griego. Igual que Heidegger deseará seguir siendo griego. La doctrina mimética que data de la transmisión de los comportamientos adquiridos de los depredadores duró hasta Grecia, luego de Grecia hasta los renacentistas, hasta los clásicos. La doctrina de la escuela aticista de la antigua Roma era imperativa: toda obra debe heredar lo que la precede como el aluvión del río hereda de la fuente. Toda obra debe abrevar en la fuerza que hay en su origen, renovar su impulso (su rhusis), reconectarse con su contagio previviente (su physis), tomar forma de rostro a partir de la belleza de todos los rostros amados.

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V. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



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La lengua hablada es un rasgo definitorio de la humanidad. La escritura no. Y, sin embargo, la escritura constituye la encrucijada decisiva del destino lingüístico. O esa es la aporía que Émile Benveniste descubrió al cabo de su vida de pensador. Por un lado, la lengua invisible, vocal, que no deriva del grito específico sino que es inconsciente, inasible, ondulación sonora dirigida por el aliento en la queja respiratoria por medio del aire que rodea a la boca de quienes toman la palabra y los oídos de quienes los escuchan.
Por el otro, la lengua objetivada, semiotizada, emancipándose del aliento, del sonido y del aire para caer bajo la mirada de quienes se callan y para ponerse a seguir como un rastro la mano que las inscribe en la materia.
El signo lingüístico invisible deviene, por medio de la operación de la escritura, un objeto visible, taciturno, inteligible, molecular, descomponible.
Un medio autónomo silencioso se «echa delante» de otro medio independiente, ardiente, y se aferra a él con violencia. La escritura a la vez proyecta el sonido bajo la mirada pero lo precipita en silencio. La semiótica (lo dicho, el dictum, el diccionario, la gramática) surge ante el querer decir (el pensamiento, el sentido lingüístico que señala a las almas, la obra que operamos, la semantización buscada).

*

Ver escribirse la voz a lo largo de la línea ortográfica de un libro constituye un misterio extraordinario.
Los niños (los que no hablan, los «niños» hasta los dieciocho meses o los dos años) almacenan la expresión de la voz dentro del grito específico viviente. Almacenan el mensaje del sentimiento que habita el aliento. Igual que los animales comprenden la intimación de la orden que conlleva el grito, por encima de cualquier otra significación de una lengua de la que ignoran los signos sonoros.
En el escrito esta vocalización primaria absurda siempre canta.
Una voz salvaje y silenciosa mora siempre en la imago arcaica, pictográfica, cuneiforme o jeroglífica de las líneas escritas.

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De manera que los libros son olas que se encaraman desde el océano silenciado de la lengua. Saltan como la espuma. Esconden la lengua hablada viviente ya muerta, transformada en espectro, la entierran en el mundo interno, interior, íntimo, intimísimo, del cuerpo que lee en silencio.
Es así como, en la escritura, después de que la mano arranque la lengua, el signo reprime poco a poco la voz a buena profundidad.
Una especie de retención, de secreto, de infierno, de caverna, de cárcel léxica, ha relegado la antigua vociferación animada, animal.
La semiótica aleja lo dialógico. No solo sella la boca viviente, no solo cierra con dos vueltas de llave ambos oídos: se aventura —forpayse, [frecuenta los cotos de caza]— fuera del terreno de la comunicación, la designación o la nominación.
Entonces, sobre la superficie gráfica, el ojo ve algo del sistema sonoro de la lengua que se instala en silencio. Es como un ave carroñera, codiciosa de silencio, que abre sus amplias alas para cubrir a la presa entera, una transustanciación.

*

Es como un fuego, prefiere decir Heráclito.
El lector, al leer, sigue con la mirada este abrazo: sigue con la mirada el significado que avanza en el espacio, que transmuta la materia y la vuelve visual, que descompone la frase en palabras, que descompone las palabras en letras, que descompone los contenidos en etimologías y en un conjunto de juegos criptográficos y mágicos, que disocia los sufijos, que separa los prefijos, que transfiere las imágenes desde el seno de las metáforas.

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24.9.21

IV. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



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Couperin no solo fue un gran maestro del clavicémbalo: fue un virtuoso. Pero él mismo confesó que le habría gustado que a sus dedos acudiera otro sonido que el retumbar del clavecín. Le habría encantado un instrumento distinto al que dominaba. No sabía precisar cuál. No habría sabido decir cuál.
Cuando componía escuchaba otro sonido que el que llenaba el espacio.
No sé si yo puedo decir que mi postura respecto al libro códice es la de François Couperin respecto al clavecín.

*

Sainte Colombe añadió una cuerda grave de más a la viola.
Chopin, Scriabin, según ellos, fueron los «instrumentos de su instrumento» de manera absoluta. Sin piano no existían.
Lo mismo sirve para Gould.
Pero cada vez que se me plantea la pregunta sobre el medio en el que la escritura adquirió su rostro al final de la Antigüedad, me siento tan insatisfecho ante esta cara de dos páginas simétricas, este extraño pájaro de dos alas pálidas, como incapaz de renunciar a él. No estoy seguro de que más allá de las formas que adquiera el escrito, que haya adquirido antaño, que pueda tomar, no haya adquirido, no pueda adquirir, otra forma posible aún más extraordinaria que las precedentes.
Otra ascesis posible se revelaría más radical aún, más impresionante, más vertiginosa, más profunda, más inusitada, más indomesticable, más aislante, más solitaria.
Otro silencio, capaz de hacer callar más intensamente a la lengua hablada, brotará.

*

Silencio de la lectura. El silencio no pertenece a la naturaleza. El silencio no pertenece siquiera al universo negro, inmenso, cósmico que es un inmenso retumbar que implosiona. El silencio es ese extraño depósito del mundo lingüístico. La música escrita íntegramente a partir del siglo XVII es el concentrado de esta ristra de lenguaje hablado que se ha silenciado.

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El corazón de la música europea —de este silencio redoblado de la lengua que constituye el corazón de esta música— es el silencio sublime de la literatura.


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23.9.21

III. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



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«El hombre de tres letras», esta es la perífrasis que los romanos emplean para referirse al ladrón. En latín, ladrón se dice fur. Pero los antiguos romanos, dado que habían vivido internados en los bosques itálicos enfrentándose a jabalíes, como habían conseguido la ayuda de los lobos —y hasta la benevolencia de las lobas para la manutención de sus dos primeros reyes—, como las aves rapaces silenciosas en lo alto del cielo dominaban sus destinos, como formaban una nación extremadamente supersticiosa, no osaban pronunciar directamente los nombres, dado que pretendían protegerse así de los actos a los que se referían. Solo los antiguos Padres decían ritualmente, en tiempos de la monarquía; en tiempos del bosque, se entiende; en tiempos en los que las siete colinas estaban cubiertas de bosques asediados por lobos, jabalíes, sobrevolados por aves proverbialmente rapaces: «El pensamiento, la muerte, la felicidad, el amor, el deseo, el sueño, el éxtasis, surgen repentinamente con el transcurso del tiempo como un ladrón en plena noche».

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22.9.21

II. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021



Me gustan los libros. Me gusta su mundo. Me gusta estar en la nube que forma cada uno de ellos, que se eleva, que se alarga. Me gusta proseguir la lectura. Me entusiasmo al recuperar ese peso ligero y el volumen en el hueco de la mano. Me gusta envejecer en su silencio, en la larga frase que pasa bajo los ojos. Es un río abrumador, al margen del mundo, que desemboca en el mundo pero que no interviene en él de ninguna manera. Es un canto solitario que solo oye quien lo lee. La ausencia de sonido externo, la ausencia total de alboroto, de quejumbre, de abucheos, el alejamiento máximo de la vocalización y de la turba humana que permiten los libros, traen una música profundísima que comenzó antes de que apareciese el mundo. Quizá la música verdadera también la reemplaza en el momento en que es escrita. Amo litteras. Amo las letras. Música silenciosa de los estilos de los escritores preferidos: son —como tantas desnudeces— devastadores, particulares, íntimos, conmovedores, incomparables. El agua de Nerval en los bosques llenos de estanques y de fuentes que rodean Chantilly y su vasta luz transparente. La bahía de Chateaubriand y su ruido incesante, salpicando, violento, el oleaje entre las rocas de granito negro hasta la península de Saint-Malo, hasta la embocadura del Rance y sus algas infinitas. Los viajes a caballo de Montaigne por los caminos de Suiza e Italia, secos, sinuosos, polvorientos, urinosos; súbitamente descabalga junto a su torre en el apogeo de las guerras perpetuas, civiles, religiosas. El eco violento de los disparos de mosquete de la Fronda, que retumba por encima de los muros de las calles estrechas de París; las barricadas que levantan con barricas, con toneles, con barriles que han llenado de piedras, con gritos roncos y bruscos, gritos terribles, gritos de degollados en La Rochefocauld. Las cercas y las zanjas, los robles, los animales, los héroes, los pájaros de La Fontaine en el bosque y las colinas que rodean Soissons, Villers-Cotterêts, La Ferté-Millon. Los Alpes sublimes de Rousseau con cimas cubiertas de nieve.

*

Colmillo Blanco, al principio de la maravillosa novela de Jack London, es un cachorrillo monísimo y empapado. Acaba de nacer. No se puede decir que haya «visto la luz», porque la loba ha parido en el fondo de una gruta. Poco a poco, cuando no está la madre, explora el espacio que lo rodea en el interior de la oscurísima cavidad. El lobato ve de repente, al final de la cueva, una especie de rectángulo blanco en medio de la penumbra. Se dirige hacia esta «pared de luz». No sabe que esa «pared de luz» se abre. Que esta página de luz permite salir a la belleza del mundo. Descubre emocionado que esa pared de luz es un espacio libre, que se atraviesa, que da acceso a un territorio completamente distinto de aquel zulo estrecho y oscuro donde hasta entonces vivía encerrado y hambriento. Asoma con cautela una pata por el rectángulo de luz.
La pared luminosa se abre.

*

El libro se abre.
Leer reabre de par en par el pasaje hacia la vida, el pasaje por donde pasa la vida, la luz repentina que nace con el nacimiento.
Leer descubre la naturaleza, explora, hace surgir la experiencia en la palidez del aire, como si naciésemos.

[...]





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20.9.21

NOVEDAD: I. "EL HOMBRE DE TRES LETRAS", de Pascal Quignard, Valencia: Shangrila 2021




172 páginas - 14x20cm - ISBN: 978-84-123523-5-1

 

Los lectores, esos depredadores invisibles, esa sociedad secreta de solitarios. Con su furtividad felina, su ascesis, su modestia. No les pasa el tiempo, dice Quignard, son nadadores de Paestum, pintados en el reverso de un sarcófago para los ojos de un muerto; son habitantes del tiempo encantado del juego, retirados del mundo al pie del Monte Calvario. Los escritores, esos que deben cortarse la lengua y coserse la boca para ser tales, para rasgar el velo que nadie veía y acallar el sonido que escuchábamos; para manifestar, vueltos candiles, lo invisible de la lengua hablada. La escritura, esa llave que abre nuestra morada al ladrón (designado, en latín, con una palabra de tres letras): el contenido se aleja, el sujeto se deshace, la dirección se descompone, desaparece el destinatario. El signo escrito nos toma por asalto, a nosotros, que lo hemos robado todo; no remite al signo lingüístico sino a una imagen arcaica, como los viejos espejos con marco de bronce que alguna vez se alzaron sobre tumbas. El texto se teje, como tejió en un tapiz su historia secreta y ultrajante Filomela, a quien Tereo de Tracia no dudó en arrancarle la lengua de cuajo. Con su muñón fónico ennegrecido e inhábil, Filomela escribía imágenes. 

Quignard se pregunta, en este libro, qué es la literatura, desde ese triángulo que forman el lector, el escritor y el signo. Para responderse, compone escenas como quien talla miniaturas, o excava pinturas rupestres. Hunde el cincel en la materia, pasa su mano por el polvo. Y exhuma imágenes venidas de otro tiempo, se las roba y las sienta a jugar. El corazón de la vida, dice Quignard, está entre los ojos y los dedos. 
  

Pascal Quignard. (Verneuil-sur-Avre, 1948). Filósofo, musicólogo, novelista y ensayista. En 1990, fundó el Festival de Ópera y Teatro Barroco de Versailles. Integró la editorial Gallimard desde 1966 hasta 1994. En 2000, recibió el Gran Premio de Novela de la Academia Francesa por Terraza en Roma; en 2002, el premio Goncourt por Las sombras errantes; y en 2017, el premio de literatura André Gide por Las lágrimas. Su nouvelle Todas las mañanas del mundo fue llevada al cine en 1991 por Alain Corneau, con quien colaboró como guionista. Ha publicado, entre otros títulos, El Salón de Wurtemberg, Georges de La Tour, El sexo y el espanto, Las solidaridades misteriosas y los once volúmenes de la serie Último reino

Transitó el autismo y eligió el silencio de la literatura como forma de expresión. Tras haber desertado de la lengua oral, desertó voluntariamente de los cargos públicos, y eligió el retiro como forma de estar en el mundo. 

Con la publicación del undécimo, y último volumen hasta hoy, de la serie Último reino, Shangrila continúa el proyecto de publicación en español de su obra, iniciado en 2020 con la presentación de La vida no es una biografía y La respuesta a Lord Chandos
    

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18.9.21

EL BOTÍN DE SHANGRILA

 



Antes del pasado mes de agosto superamos las 200 publicaciones, en concreto 203. Nada de otro mundo, pensaran algunos. Y es cierto, tampoco debemos engañarnos. No va más allá de rebasar una mera cifra redonda que poco o nada indica en sí misma. Tampoco se trata de una carrera por la cantidad. Pero, para un modesto espacio de edición como el de Shangrila, construido desde la nada golpe a golpe y al margen de muchas cosas, la leemos como una pequeña conquista. Alcanzar ese número de publicaciones, cada una de ellas con mejor o peor fortuna, y, sobre todo, con una línea editorial como la nuestra no es una tarea fácil. Hay que superar temporales a los que se les ve venir o súbitas y traicioneras galernas. Lo que nos quede por delante, sea poco o un poco más, tampoco tiene pinta de ser sencillo.

Bregados como estamos con la navegación fuera de cuadro todo es posible.
De momento la nueva temporada que comienza el próximo lunes aumentará de forma creemos que notable, no solo por la cantidad, el botín de Shangrila.




12.9.21

SHANGRILA CLUB: "O Mary Dont You Weep", Bruce Springsteen & The Sessions Band



"O Mary Dont You Weep" es un espiritual que cantaban los esclavos negros antes de le Guerra civil americana. Un tema de resistencia y, por lo tanto, de lucha. Desde que en 1915 Fisk Jubilee Singers hicieran una primera grabación de dicho espiritual, se han ido sucediendo en el tiempo infinidad de versiones: The Swan Silvertones, The Staple Singers, John Hurt, Pete Seeger, Nat King Cole, Aretha Franklin, Prince (soberbia la del álbum Piano & A Microphone 1983), Mike Farris y tantos otros.

Hoy traemos la versión de Bruce Springsteen y The Sessions Band  en el Festival de New Orleans de 2006. Una actuación plena de fuerza y vitalidad que sirve de elocuente preámbulo a la temporada 2021-2022 de Shangrila. Ahí vamos.




https://vimeo.com/594313441