Botonera

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31.5.21

y XV. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



NO DEJES ROSAS
Manuel Merino
[Fragmento]



Ibiza, Es Vedrá.  Postal enviada por Walter Benjamin en 1932. Foto: D. Viñets.



[…] der Regen folgt´ ihm […]
([…] la lluvia le seguía […])

Erinnerung an Frankreich (Recuerdo de Francia), 
Paul Celan, 1948.


… ahogados los deseos piadosos en las copas vacías, solo quedaba dejar atrás aquel silencio inagotable de miradas esquivas, pagar lo consumido y salir del local. Imposible saber qué confusa condena se agazapa en el paso siguiente. Una torpe caída con su constelación de efectos, una niebla de años, un espejo agotado que ya nada devuelve, una barca muy vieja con nombre de mujer.

Sacudirse después la ropa polvorienta y no conceder peso al tosco augurio de su sombra borrada por esas mismas nubes, ahora más compactas, que buscaron descargar con aburrida mansedumbre cuando el navío abandonó la rada.

Quedarán en el aire a su partida un par de temas caprichosos, muy obvios para él, pero que conviene resolver aquí aunque solo fuese por situar algo mejor al personaje. De esa forma aquel espacio físico solo podría ser un Mediterráneo inmemorial detenido en el tiempo, y un verano ya vencido también. Era su segundo viaje a esa costa en busca de un lugar barato donde poder vivir. Entre abril y julio del año anterior lo había intentado por primera vez y ahora acaba de saber que tampoco esta vez lo encontrará. 

Por eso mismo quizá resulte innecesario mencionar ese pensamiento que le pesa, cien veces rechazado por doloroso y cierto, de que quizá para él todo ha quedado definitivamente atrás. Que nunca sabrá cuándo sucedió. Que fue algo sin aviso, que ya solo queda esperar. A cambio, eso le salva todavía, mantiene como fe invulnerable la continua tarea de contarlo y el extraño valor de no atreverse a conocer cómo será ese día en que la capa de la fabulación no sirva. Cuando al desprenderse de ella siga siendo un mendigo y su perro le ladre. Pero por hoy le aguanta y ayuda a anotar en su libreta chica otro episodio antiguo, imposible saber qué fue lo cierto ni cuánto deseó lo imaginado, pero escudado en sus palabras vuelve a encontrar en ellas, fundida siempre en ese blanco sucio de memoria importuna, cada vez más cercana, la silueta de piedra donde juran que aún laten las cenizas de Homero. 

Cuando pasé, despacio, lo recuerdo ahora, como si aquel barco vacío pretendiese detener su ruta hacia ningún lugar, el paisaje, casi un espejo mineral, ardía sin árboles ni viñas ni campanas. Solo una ermita blanca como un fósil vacío que ya olvidó a sus dioses flotaba cercada en la calima por un lamento ciego de chicharras, carcomido por el sol insaciable. Era verano. Las olas gemían sus envites fingidos contra el borde afilado de la costa rojiza tan rota como aquel mismo día. Ni una nube ni un ala ni siquiera un vilano en el aire cobalto que cegaba. Pero a cambio hubo algo que atrapó mi mirada y que, hasta ahora, pasados tantos años, nunca supe qué fue. Llámalo voz. Apenas un rumor, una presencia, cierto aviso. Nada. Siempre es igual y atendiendo a esa ley sin cordura todo continuó como debía. El pelo revuelto por la brisa. La piel equivocada cada momento más ardiente. La sal en la saliva y los ojos empezando a olvidar hasta ahora mismo. La camiseta añil, que quizá flote todavía en otro cuerpo manchado de un olor diferente, golpeaba como una bandera de ninguna patria la carcomida barandilla de cubierta, las manos abiertas como redes, salpicadas de espuma, tan vacías. Habrá que volver, recuerdo que pensé, mientras todavía era el momento exacto de no marcharme nunca y atender a ese ruego de no seguir viaje. Y elegir ser una sombra de piedra tan igual a la ermita, tan perfecta en su ausencia, tan simplemente eterna, que alzara como un dios sumergido un brazo lento y el mar se detuviera por temor a quebrar su reflejo, despidiendo a aquel barco donde yo no estaría.

Renunciar al error es a veces el excesivo coste que exigen las alturas para entregarnos su verdad. Feliz pulso de coraje y locura que entretiene a los ángeles y empuja a la eternidad a las estatuas. Pero ahora que entre otros naufragios aquel ni se menciona, me ha sido concedido descifrar ese aviso superior que entonces no atendí: No habrá regreso. Nunca es tan tarde.


Tokio-Ga (Wim Wenders, 1985)


Como en cualquier manual de instrucciones donde es ley avanzar, antes del estadio siguiente se necesita un hecho, un nombre propio, un deseo aplazado, una certeza simple y tragar su veneno. Era septiembre y a su favor, llovía [...]






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XIV. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



ANCLA
Olvido Marvao
[Fragmento]



Instalación de Fran Lucas




Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña…
                             Justine, Lawrence Durrell, 1957.


Debe haber islas donde vivir le cueste menos al pensamiento, decía Pessoa. Hablaba de islas imaginadas allá en el sur; pero si la isla es interior, acontece la ceguera y el pensamiento arrecia como una tormenta perenne, como las hojas de los helechos o la magnolia del sur. Todo está al sur. 

En mi soledad, la fragilidad del equilibrio se desgarró, los días, los años se hicieron largos y umbríos. Entonces regresé esperanzado a esta isla diminuta donde he vuelto a encontrar los afectos enredados entre higueras y caminos de piedras anaranjadas. Aquí hay voces. 

En esta pequeña parte del mundo la luz y el viento explotan sobre la piel y es fácil notar una presencia valiosa e incesante, como esa pequeña niña que mantiene todo este inacabado lugar en pie.

En las madrugadas el relente deja su humedad sobre todo aquello que tiene superficie, es entonces cuando desayuno en soledad leyendo un libro en el que tampoco los ojos se concentran, descubro las abubillas bajo el olivo, lejano llega el canto de un gallo o el ladrido de algún perro y hacen aparecer la calma, no deja de ser curioso que la calma triunfe con determinados ruidos. Cuando el este empieza a clarear, miles de motas brillantes permanecen a ras de suelo.

Poco a poco ellos van amaneciendo y en un desfile totalmente irregular de desayunos despiertan al día, hasta que la piel suave de esa niña recibe el primer cariño nada más abrir los ojos.

En ese instante, todo cobra un sentido diferente, aún no he desaparecido, los afectos se despiertan al mismo tiempo que ella. Sus manos renuevan las mías que permanecen ensimismadas. Abraza a su madre y desde lejos me dice “buenos días” agitando la mano.

No me canso de mirarla, su pelo rubio ondulado resalta la piel suave dorada por el sol y respondo “buenos días” sabiendo que lo serán porque ella está.

Es ágil y se mueve bien en esa casa destartalada a la que acudo con la ilusión de encontrar el afecto ausente en la otra isla interior donde se acumulan cosas viejas y rotas; aquí también el jardín está salpicado de trastos viejos que ya habían sido recogidos a su vez en otras basuras con la alegría de aprovecharlos, pero han venido a morir en esta casa donde son atrapados por la pasiflora que enraíza por el suelo tragándose todo lo que se ha olvidado.

A menudo los ojos se quedan suspendidos en ese omnipresente mar azul turquesa que tiene la habilidad de transformarse en verdoso según avanzas por sus aguas, justo cuando la posidonia te roza las piernas y los miles de peces te hacen volver a la otra isla interior donde tanta grandeza no cabe si solo la ves con los ojos. Mirar y escuchar la respiración que flota suspendida entre los habitantes que viven en ese incomprensible mundo silencioso.

Tenemos el jardín, mejor diría el campo en común, y aquí vivimos casi como una familia. Creo que les pago bien la caseta en la que vivo; a ellos no les viene mal un poco de dinero extra. No imaginan que les pagaría lo que fuera por estar en su vida y en la de esa niña que tiene nombre de continente, en el que atesora todas las enrevesadas verdades del universo de una forma tan simple que estremece. A menudo, cuando le digo que tenga cuidado por algún propósito que veo peligroso, ella me responde “no tengas miedo”, y con una cadencia lenta en la última palabra termina afirmando: “no pasa nada”.

Estamos juntos mucho tiempo y hacemos complicados puzles y hablamos, cosa que no hago cuando estoy en esa otra isla tortuosa a la que llegué hace ya veinte años [...]






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30.5.21

XIII. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



TÚNEL. VOLEMOS
Marisa López Mosquera
[Fragmento]



Penn Station Six Lights, Louis Stettner, 1958



Estación oeste, veintidós paradas de tren, cuarenta minutos (doce en túneles) en cada sentido, cuatrocientas ochenta y cuatro horas al año en sus entrañas, once años haciendo el mismo tramo. El amanecer nos sorprende estos días por la esquina derecha del ventanal de emergencias, un tímido atisbo de calidez en la noche profunda. Las miradas se deslizan, los rostros se blindan, asistimos a la misma decadente rutina diaria, itinerante escenario, escaparate humano que se nutre de la fatiga, el desánimo, apenas dos o tres expresiones esperanzadas alumbran el trayecto matutino, ninguna a la vuelta en la noche. El siseo del motor actúa a veces a modo de nudo cruel que se ciñe al cuello de quien se descuida y baja la guardia. Túnel. Volemos. Si el vagón se detuviese antes de llegar al otro extremo por culpa de un derrumbamiento, un fallo eléctrico debido a un componente fundido, una grieta en el tiempo con pasaporte al futuro, tendríamos que reaccionar como grupo de alguna forma. No pareceríamos tótems como ahora, burbujas individuales, el único habitante de nuestro universo personal, perdidos en la vastedad de la soledad urbana. Fingimos aplomo, salimos a la luz de la glorieta ocultando nuestro desgarro, como si fuésemos figuras de cera transportadas en el metro ligero. Algunos días yo grito en mi interior, como un demente.

No siempre ha sido así, hubo un tiempo en el que el trayecto al trabajo era un mero trámite y me regodeaba en ese espacio intermedio mientras la visualizaba, su cuerpo confiado en la cama antes de irme, abandonado a sí mismo en el sueño, lejos de la férrea disciplina que ella le infligía, la que lo había convertido en lo firme y deseable que era. Al margen del motor marcial de su mente, en algunas posiciones escapaba un ligero gemido gutural a través de sus labios entreabiertos, una ventosidad ocasional, un empeño irracional en ovillarse al límite hasta convertirse en un bulto esférico, la cabeza escondida entre las piernas que ceñía con sus brazos. Cuántas veces dominé mi insomnio natural acoplándome a su perfil, sus nalgas contra mi vientre, mi corazón tranquilo burlando la angustia al fin, latiendo al compás de su respiración pausada. Un sueño profundo que terminaba en cuanto ella me percibía de alguna forma sin despertarse y me separaba con un simple gesto de su brazo. Ademán que me ofendía cuando volvía con amargura al sueño intranquilo y ligero del resto de la noche, tanto como su inmediato florecimiento en cuanto me levantaba y ella se abría, desplegándose, hasta yacer en aspa boca abajo, ocupando todo el espacio, como quien llega a casa y siente que esta le abraza tras un largo viaje.

A las seis cuarenta y tres sube a diario la mujer del paraguas violeta con su perpetuo aspecto de derrota, su desaliño es tan notorio que alguien termina cediéndole su asiento, nunca lo acepta. Su mano nervuda sujeta la barra del techo con decisión, su espalda se arquea como un junco en las curvas pronunciadas. Calibro el tamaño de sus pechos con mis manos, una prueba imaginaria exenta de erotismo, cuesta creer que ella sienta algo tras esa insondable expresión de autómata, pero su cuerpo habla un lenguaje diferente, se adapta con maestría a cada ángulo y parece evadirse obligando a su cabeza a claudicar, laxa, como si se vaciase. Intuyo que no recuerda dónde está y que para ella no somos más que un indefinido gris, un estribo del paisaje que proyecta su mente en el que se descansa antes de recobrar la vertical, con pesar, de nuevo en este mundo. Túnel. Volemos [...]






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XII. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



EJERCICIOS DE CONCENTRACIÓN EN LAS ISLAS
(ACERCA DE DESPACHO DESDE MOMENTOS DE CALMA,
ALEXANDER KLUGE - GERHARD RICHTER, 2013)
Mariel Manrique
[Fragmento]






El cronista que narra los acontecimientos, sin distinción
entre los grandes y los pequeños, tiene en cuenta, al hacerlo, la siguiente verdad: 
de todo lo que sucedió, nada debe considerarse perdido para la Historia…

Walter Benjamin, tesis III, 
Über den Begriff der Geschichte
(Sobre el concepto de historia), 1939-1940. 


Para su edición del 5 de octubre de 2012, el diario alemán Die Welt cedió el control de sus treinta páginas al artista Gerhard Richter. Ese día, el diario se convirtió en un artefacto de arte masivo, poblado en su totalidad por fotografías tomadas por Richter en “momentos de calma”. Richter capturó intervalos y remansos en medio del infierno de la vida contemporánea: silenciosas situaciones de no-infierno. Islas. Fotografías sin título ni fecha, puras imágenes sin indicación de tiempo ni lugar. Un perro dormido al sol, techos nevados, niños que corren y ríen, líneas del horizonte, fragmentos de construcciones en ruinas, un bebé prendido al pecho de su madre, la silueta cetácea de un submarino gigantesco en la superficie del agua, troncos cortados y dispersos en un bosque, anónimos clientes en un bar, un grupo familiar sentado a una mesa (en una imagen fuera de foco), texturas de cortezas, sapos en estanques floridos. Ese día, el diario fue un respiro y una pista hacia la posibilidad de nuevos modos de respiración.

La edición plácida e iluminada de Die Welt aloja, sin embargo, una carga radioactiva. Es posible que esa carga haya pasado inadvertida para muchísimos lectores, y es posible, también, que las fotografías de Richter hayan terminado envolviendo huevos o patatas. Que muchos hayan olvidado esa edición del diario en un bar, y se hayan olvidado de ella. Que pilas y pilas de esa edición hayan sido leídas, descartadas y finalmente trituradas en camiones de basura. Que hayan producido un efecto menor y pasajero, o no hayan producido efecto alguno. No fue así para Alexander Kluge, que sintió la necesidad de comenzar a escribir textos cuando vio esas imágenes. Textos que, en apariencia, no tenían absolutamente nada que ver con ellas. El tándem Kluge-Richter ya había dado a luz un libro llamado Diciembre (Dezember, Berlín: Suhrkamp Verlag, 2010), un volumen experimental de 39 textos y 39 fotografías, concebido bajo la forma de los antiguos calendarios, en el que se mezclaban distintos diciembres y la noción de “calendario”, finalmente, se desmantelaba. (1)

1. Acerca de Diciembre, puede leerse el texto “Stalingrado en las patas de un mamut” (revista Shangrila nº 36, Nieve, octubre de 2020, pp.120-129). 

En ese libro, una serie de fotografías de los bosque nevados de Sils Maria tomadas por Richter, con mínimas y casi imperceptibles variaciones, se alternaban con breves textos “heterodoxos” de Kluge sobre los temas más dispares, que sin embargo acababan convergiendo en ese puñado de temas que lo han asediado desde siempre: los mecanismos de la memoria y el azar, los distintos niveles de la historia, las maneras de experimentarla y la formación de su concepto, la posibilidad de una “conciencia histórica alternativa”, la naturaleza y los efectos duraderos de la destrucción, y el olvido. 

La intención de Die Welt puede haber sido ofrecer un oasis provisorio a sus lectores, para continuar después su línea editorial y volver a ser lo que se conoce estrictamente como un “diario”: una exposición más o menos detallada de los hechos recientes que se consideran relevantes. Relevantes porque son novedosos y porque, al ser novedosos, son “noticia”. Una “noticia”, por definición, es algo nuevo (de new a news, en inglés, la distancia es solo de una letra). La noticia no es algo que se repite. Recordemos el trillado dicho de que no es noticia el avión que llega a su aeropuerto de destino sino el que se estrella, aun cuando el accidente aéreo sea la excepción a la regla y precisamente porque lo es: lo que atrae, y lo que vende, suele ser la desgracia. La intención de Die Welt puede haber sido, entonces, abstraerse por un día de las desdichas y regalar la dicha temporaria, por un día, de las imágenes sosegadas de Richter. 

Sin embargo, esas fotos sin explicación son inquietantes, justamente porque no se explican. Están abiertas a cualquier interpretación, que es lo más peligroso que puede ocurrir con una imagen (por eso los fascismos se sienten tan cómodos con el realismo y le temen al arte “abstracto”). Una fotografía que no se puede “leer” en el sentido convencional en el que solemos leer fotografías (incluidas en un álbum familiar o en un libro de “arte” que las contextualiza; como recuerdo de experiencias pasadas, a modo de souvenir; en afiches, avisos o campañas publicitarias, unidas al producto pertinente; o como ilustración de una “noticia”) es una fotografía “suelta”, desencadenada, lista para liberar preguntas, asociaciones y correspondencias. No está encajonada ni enmarcada; no tiene límites.

Las fotos de Richter publicadas en esa edición singularísima de Die Welt pueden descubrirnos cosas que nunca nos detenemos a mirar, porque son esas fotos en las que parece que no pasa nada, y el tiempo es un puro presente detenido sin “la novedad” de un gesto subrayado o un rostro “especial”. Y pueden, también, generarnos las ganas de ver fotos semejantes más seguido, no solo por la “calma” que destilan sino porque toda calma encierra su misterio [...]






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29.5.21

XI. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



NINGÚN HOMBRE ES UNA ISLA
UNA LECTURA DE LAS DEVOCIONES DE JOHN DONNE (Notas) 
Manuel Arranz
[Fragmento]



No Man is an Island, recitado por Peter Baker. Música: Slow Meadow





Ha habido en mi vida tres nacimientos; el uno y el natural,
cuando llegué a este mundo; el otro, de carácter sobrenatural, cuando
ingresé en el ministerio; y ahora un nacimiento
preternatural, al volver a la vida luego de esta enfermedad.

John Donne


¡Cuánto habré de cambiar
antes de que haya cambiado!


Año 1623. Londres.

Noviembre. Hace tres días que nieva sin interrupción sobre Londres. Tres días también que un hombre yace enfermo en su lecho. Tiene fiebre. De cuando en cuando tiene convulsiones, como si temblara de frío, a pesar de que en la habitación hace un calor sofocante. Cuatro braseros, uno en cada esquina de la estancia, alimentados día y noche, mantienen la temperatura. Junto al brasero un saquito de cisco y algunas ramas secas de enebro. De cuando en cuando, una mujer anciana aplica al enfermo paños con nieve que le trae un niño. En la frente, en las axilas, en las ingles. La nieve se derrite rápidamente dejando a los pies de la inmensa cama un charquito de agua que la anciana seca a continuación. Luego atiza las brasas de los braseros con la badila y echa unas ramitas de enebro en cada uno. El enebro perfuma el ambiente, según dicen, además de sus propiedades curativas. Pero, ¿de qué está enfermo el enfermo? Fiebres recurrentes, ha dicho el médico. Al parecer eran frecuentes en la época. Nadie pregunta nada más. Nadie necesita saber nada más. El enfermo conoce la enfermedad tanto como los médicos. Hace cuatro años estuvo a punto de morir. Los mismos síntomas. Los mismos temblores. La misma fiebre recurrente. Y los mismos remedios. Pero la fiebre no es una enfermedad, la fiebre es un síntoma. Aunque esto quizá no se sabía todavía en 1623. El hombre tiene miedo. Pero lo oculta. Es un hombre con fama de valiente. Ha combatido en España. Claro que entonces tenía veinticuatro años y seguramente de aquel dudoso episodio, que terminó con el saqueo de la ciudad de Cádiz, no pueda decirse que fuera precisamente heroico. Ahora tiene cincuenta y dos años. Se incorpora en el lecho. Hace un gesto con la mano y le acercan pluma y papel. Escribe. O quizá solo esté tomando notas. No confía ya en su memoria. No le importa que las fuerzas físicas le hayan abandonado, seguramente las recuperará, ya le ha pasado otras veces, pero no se resigna a perder también la memoria, y anota todo lo que teme olvidar. Escribe con una letra pequeña, prácticamente indescifrable, escorada ligeramente a la derecha. Si no fuera por su tamaño se diría la letra de un escolar aplicado. Escribe: “El hombre es su propio y solo mundo, se basta a sí mismo, no sólo para destruirse y matarse, sino para presagiar su propia ejecución; para asistir a la enfermedad, anticiparla, hacer la enfermedad más irremediable con sus tristes aprensiones…”. No man is an island, entire of itself. Each is a piece of the continent, a part of the main.


El hombre es una isla.

“Hay tantas versiones como efectos, tantos renuevos como ramas que de repente brotan sin que nadie se dé cuenta, y ninguna leyenda, ya sea prehistoria o sea ficción, puede imponerse a otra, ni presentarse como única, ni tampoco como la más importante” (Pascal Quignard, La vida no es una biografía). “Nadie se conoce”, reza también un capricho de Goya de 1798. Nadie conoce a nadie. Y sin embargo: ningún hombre es una isla. Y sin embargo: todo hombre es una isla. Esta es la tesis.

La pluma va dejando su impronta de tinta sobre el papel. Es de noche. Un hombre, sentado de espaldas a la ventana, seca meticulosamente cada palabra que escribe. No es el mismo hombre. Necesito plumas más finas, piensa. O no apurarlas tanto. Lee para sí mismo: “Envejecido en la tierra sin haber perdido nada de sus sueños, de sus locuras, de sus vagas tristezas, siempre en busca de aquello que no puede encontrar y obligado a añadir a sus antiguos males los desengaños de la experiencia, la soledad de los deseos, el hastío del corazón y la desventura de los años. Dime, ¿acaso no habré sugerido a los demonios, en mi persona, la idea de un suplicio que no habían inventado aún en la región de los dolores eternos?”. Oye el timbre de su voz. Sin darse cuenta se ha puesto en pie y está recitando. Está solo en la habitación a oscuras. Una vela a medio consumir en su escritorio proyecta inquietantes sombras en las paredes de su alcoba. Continúa: “Relegado al desierto de mi vida, volvía a él con toda la poesía de mi desesperación (…) buscando siempre y sin encontrar nada”. Se detiene. Hace sonar la campanita de bronce que hay sobre el escritorio al lado de la vela. Al instante, como si hubiese estado esperando la señal detrás la puerta, entra su secretario. “Pon estas hojas a buen recaudo, no deseo que las lea nadie”. Y así es como aquellas pocas hojas, sustraídas por el ayudante del secretario, y vendidas posteriormente a un oscuro poeta de nombre Édouard Bricon, que las tituló Amor y vejez, y las donó, en 1852, a la Bibliothèque Nationale, llegaron hasta nosotros. Eso sí, de la mano de Sainte-Beuve, que las tildó de una “confesión delirante”. Pero, ¿qué viejo no las suscribiría? ¿quién se resigna a envejecer? Llegad a viejos… [...]





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X. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



TRES MANERAS DE HABITAR UNA ISLA
(ACERCA DE LIZA, STROMBOLI, Y FINIS TERRAE
Mariel Manrique
[Fragmento]



Liza, Marco Ferreri, 1972



Habitar la isla de a dos como dos alienados, en fuga de la ley burguesa y sometidos a la dialéctica amo-esclavo. Intentar dejar la isla, víctimas del hambre y de la sed, en un viejo avión de guerra, supuestamente reparado. Foto fija y final incierto, con aroma a muerte. 


Stromboli, Roberto Rossellini, 1950



O habitar la isla de a dos como dos extraños, divididos por la lengua y la clase. Ser una isla dentro de la isla e intentar abandonarla, rodeando un volcán en erupción, en medio del desastre; dormirse aterrado e invocar a Dios. Final de indeterminación absoluta. 


Finis Terrae, Jean Epstein, 1929



O ser dos hombres que viven en una isla, hombres que más que a una especie pertenecen a una raza. Habitar la isla como pescadores, que pertenecen a una comunidad en igualdad de condiciones. Desear volver a la isla luchando contra el cuerpo y contra el mar, desde otra isla. Pertenecer a un archipiélago. Final de comunión humana, en el centro de la desposesión, de la pobreza.

[...]





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28.5.21

IX. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



LOS ÚLTIMOS DÍAS DE LA ETERNIDAD
VIAJE A KURAGE, LA ISLA DE IMAMURA:
EL DESEO PROFUNDO DE LOS DIOSES (1968) 
Ricardo Baduell
[Fragmento]




El deseo profundo de los dioses, Shohei Imamura, 1968



EL PARAÍSO DESIERTO

Mucha gente sueña con retirarse a una isla desierta. Es el tema de más de una ficción. Claro que “desierta” no significa, en estos casos, una aridez absoluta bajo un sol implacable, sino una tierra virgen, pura y felizmente aislada de todo lo que queda más allá del océano azul, es decir, alrededor de la encerrada cama en que se sueña. Una nube verde suspendida en el azul del océano, considerada desde una distancia que oculta los tiburones y desvanece el apretón de cables y rascacielos en que se ahoga el soñador. La ilusión de suspender la lucha por la vida y cambiar la muerte en ciernes por una recuperada pero inagotable vida prenatal, acunada por las olas de una tierra libre de civilizaciones y sociedades, resiste el paso de todas las estaciones y todos los cambios de la experiencia: ese poster no cae ni de las paredes de las ciudades demolidas, tanto como la caída de la especie desde un entorno semejante sigue siendo una torre de mármol en el imaginario humano. Irredimible la falta, inolvidable la infancia, el retorno al origen primigenio anterior al crimen y el castigo persiste en el horizonte común alimentándose, como el fénix de sus cenizas, del fracaso de las tentativas tanto de realización como de abandono. 

El 30 de diciembre de 1937, en Buenos Aires, Roberto Arlt estrenó en el Teatro del Pueblo su “burlería en un acto” titulada, justamente, La isla desierta. El resumen de la Wikipedia incluye todos los elementos pertinentes, así que lo copio. Dice así: La acción se centra en una oficina portuaria, en la que los oficinistas, agobiados por la labor rutinaria que desempeñan desde hace años comienzan a soñar con un futuro viaje a una isla desierta, donde creen que podrán liberarse de todas las penurias que sufren debido a su vida monótona de ciudad. Aparece un mulato, el cadete de la oficina, y les cuenta de los lugares ensoñadores que recorrió por el mundo y que logró conocer un lugar ideal que es la antítesis del mundo repetitivo de la ciudad. El entusiasmo por el viaje va creciendo poco a poco hasta llegar a un clima de furor, donde los oficinistas pierden noción de que están aún en la oficina y comienzan a danzar tribalmente. Toda la ensoñación es interrumpida por la aparición del jefe y del director en la oficina, quienes deciden echarlos a todos. 

Y agrega esta interpretación: La temática de la obra es la de “los sueños desatados”. Frente a un espacio opresor, que ha ido consumiendo a los hombres de la oficina, surge la necesidad de rebelarse y de buscar un lugar donde no haya jueces, ni cobradores de impuestos, ni divorcios, ni guardianes de plaza. Hay una búsqueda desesperada de libertad. Pero el sueño tiene un brusco despertar, marcado por la entrada del jefe y el director, que impiden la posibilidad de romper las estructuras establecidas. 

La obra de Arlt lleva por título el tema mismo y resulta paradigmática de esta imagen recurrente de la esperanza o desesperanza humana. A la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta podría responderse que un barco, pero no hay salida de un espacio al que tampoco hay entrada. ¿O es que acaso existe de veras esa isla impar cuyo nombre se desconoce?

Las agencias de viajes ofrecen diversas encarnaciones del paraíso soñado, a la medida de toda clase de nostálgicos de ese limbo: un onírico escenario de brillantes colores, un aire libre al fin de las acosadoras voces del mercado, un sol atento a la temperatura adecuada de la parrilla sobre la que se doran sus hijos, unas aguas cristalinas y dispuestas a revelar con fluidez de pase mágico uno tras otro sus secretos, una abundante vegetación generosa en sombra y sabores, un cielo siempre sonriente bajo el cual la desnudez no es pecado y, sobre todo, un tiempo blindado a todo otro reloj que el del día y la noche sucediéndose en su giro gradual sin sobresaltos. La cadena de imágenes que evocan este El Dorado espiritual podría dar varias vueltas al mundo y crece con cada nuevo viajero que procura restaurar en plenitud, con las de su cámara o su móvil, las visiones que el contacto de su pie con la arena de la isla fatalmente habrá manchado. Luego o de inmediato, al irradiarlas, cada emisor en red se transformará virtualmente en isla: un puntito insignificante perdido en el océano, pero secreto manantial de las maravillas que a la vez distribuye y alberga en su nube.  


LA TRANSPARENCIA DEL MAR

De cualquiera de estos errantes mortales se reirían a carcajadas los dioses que contemplan Kurage, la isla de Imamura. Tal vez también se hayan reído de él, que llegó para un rodaje de seis meses y se quedó durante año y medio, al cabo del cual estrenó una obra maestra que jamás recuperó la inversión inicial y en cambio lo relegó durante diez años a la producción de documentales para la televisión que permanecen relativamente desconocidos, incluso invisibles, no obstante las palmas recibidas en Cannes por filmes posteriores y las puertas que estas abrieron a la antes esquiva financiación de nuevas realizaciones. El deseo profundo de los dioses (Kamigami no fukaki yokubō, Shohei Imamura, 1968), su primera película en color, fue uno de sus proyectos más ambiciosos, el mayor seguramente hasta la fecha en la que lo emprendió, y pudo haber sido también el último, de haberle faltado la capacidad de recuperación que es posible apreciar en tantos de sus personajes, como el Dr. Akagi o la mujer insecto de las películas homónimas. Como el ingeniero que en la ficción llega a Kurage para dinamizar los trabajos de la empresa azucarera de su suegro, posiblemente Imamura se vio absorbido por esa isla en la que había desembarcado con un guion y un plan de rodaje, y a punto estuvo de naufragar allí, entre la abundancia de la naturaleza y la variedad de las especies que lo impulsaron a quedarse tanto tiempo. Aun así, nada más lejos de su exploración que la quimera del turista en pos del paraíso tropical, y nada más distinto de la aspiración a una plenitud radiante propia de la estética compartida por las agencias turísticas y sus clientes que el paisaje del filme de Imamura, donde nadie está a salvo si no está muy despierto y cada plano es atravesado por una intención efímera y precisa [...]






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