Botonera

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6.5.26

II. "JUGAR EN EL FIN DE UN MUNDO", Miguel Sicart, Valencia: Shangrila, 2026

 

PRÓLOGO

Miguel Sicart




Escribir sobre el mundo que vendrá es un ejercicio complejo. El futuro ya no es lo que era, y si lo que estamos viviendo mientras escribo este prólogo es también un prólogo de ese mundo que será, quizás nos parezca que no haya mucha esperanza para más que desear la supervivencia. Al mismo tiempo, es fácil caer en un nihilismo simplista que justifique nuestra inacción, como también es fácil enterrar la cabeza en la arena, mirar hacia otro lado o negar directamente verdades porque estamos asustados. Y cuando empezamos a entender la magnitud del futuro, lo más normal es dejar de pensar y de sentir, y simplemente dejarse llevar hacia ese tiempo.

Este libro niega esa deriva. Este es un libro sobre la esperanza. Eso sí, comienzo desde unas premisas muy claras. El uso de combustibles fósiles ha cambiado irrevocablemente el clima del planeta, y entre las últimas décadas del siglo XXI y las primeras del XXII, el mundo estable y predecible capaz de mantener ocho mil millones de personas no existirá. Las catástrofes climáticas, de huracanes a riadas, han ido en aumento desde principios del Siglo XXI. Es probable que a estas les sucedan problemas de abastecimiento de alimentos y de agua. Aunque ninguna parte del mundo está a salvo de estos cambios, el Norte global los sufrirá más tarde (1). Al mismo tiempo, el Norte global probablemente sufra una fiebre totalitaria como consecuencia de las catástrofes humanitarias y migratorias provocadas por la inestabilidad climática. Todos estos fenómenos podrían ser aliviados por la distribución justa de recursos y el desarrollo de tecnología. Lamentablemente, a mediados del Siglo XXI, cuando escribo estas líneas, una confluencia de oligarcas han creado poderosos sistemas para proteger su obscena acumulación de capital, mientras que los avances tecnológicos se centran en pequeños esfuerzos paliativos y en sueños de colonización de un universo que sabemos es hostil a la vida humana. Lamentablemente, los estertores del capitalismo y del imperialismo colonial son planetarios y multiespecies. El futuro que nos aguarda será más inestable, tendrá menos recursos, estará más desolado y la muerte –de personas, de ecosistemas, de animales– estará siempre presente.

1. El escritor y cómico Zack Bornstein resumió con precisión este sentimiento en un tweet: “El cambio climático se manifestará como una serie de desastres vistos a través de un teléfono con imágenes de cada vez más cercanos a donde vives, hasta que tú eres el que está grabando”

(https://x.com/ZackBornstein/status/1877055187241594986?s=20, recogido el 24/11/2025). 

Espero que aún quede alguien con ánimo de seguir leyendo después de este párrafo, porque partiendo de estas premisas quiero construir un pequeño argumento para una forma transitoria de esperanza. Mi propuesta es sencilla: a pesar de todo lo que nos viene encima, debemos seguir jugando. Porque si dejamos de jugar, ¿qué nos queda?

Lo último que debemos perder es nuestra humanidad. No sólo la capacidad de empatizar con otros, o de crear cultura. Me refiero a una característica aún más importante: nuestra capacidad para crear mundos, hacerlos existir todos juntos, y aprender de ellos que lo que es no tiene por qué ser como es, y que si lo podemos jugar, también lo podemos hacer posible cuando dejamos de jugar.

Escribo este libro porque el mundo que vendrá será terrible. No soy un investigador climático, pero para preparar este libro he leído y he hablado con científicos que tienen una idea del futuro basada no en doctrinas o miedo, sino en la certeza cruel de los datos. Hablando con ellos he entendido que el mundo que en una o dos generaciones, será más pobre, más desigual, más cruel. El futuro climático me hace reflexionar sobre la importancia del trabajo al que me he dedicado. ¿Es superfluo estudiar cómo, por qué, y con qué jugamos? ¿Es una pérdida de tiempo entender los placeres del juego, cuando hay tanto que intentar salvar?

Escribo este libro porque estoy convencido de que si no entendemos mejor la actividad del juego, y si no situamos el jugar en el contexto del futuro, ese porvenir será aún más cruel e inhumano. Debemos reducir nuestro consumo, utilizar energías renovables, pensar más en el planeta del que formamos parte. Pero también debemos seguir jugando. Quizás no de la misma manera. El futuro requiere una interpretación del juego distinta, que entienda los límites del presente y los desafíos de un mundo cambiante. Este libro es una teoría del juego para un futuro incierto.

La cuestión central de este libro es, por tanto, doble. Por un lado, quiero hacer un argumento convincente acerca de la importancia de jugar como una de las actividades esenciales del ser humano. Lo único que nos queda sin juego es supervivencia y barbarie. Debemos contemplar el juego como una manera de estar en el mundo que nos recuerda que podemos construir y crear e imaginar y vivir en mundos distintos, quizás mejores que los reales. Al mismo tiempo, este libro quiere también preservar cuanto más posible nuestro conocimiento sobre el juego. 

Una de las posibles tragedias que acechan a nuestra civilización del derroche es la pérdida de siglos de conocimiento. Cuando empiece a declinar nuestra capacidad de producir energía barata, y el clima convierta nuestro día a día en una cuestión de supervivencia, una de las primeras cosas que se perderán serán los conocimientos del pasado. El mundo digital, en el que hemos depositado nuestra esperanza para sobrevivir, difícilmente puede sostenerse en un mundo de producción energética irregular. El papel será de nuevo nuestro aliado, manteniendo estable el conocimiento y ayudándonos a establecer poco a poco una nueva civilización con una relación distinta con nuestro mundo y las especies que lo habitamos.

Este libro es mi modesta contribución a un proyecto de conservación del conocimiento. En el futuro necesitaremos recordar por qué jugamos, qué efectos tiene dejarse llevar por lo lúdico, y qué riesgos culturales hay alrededor de la utilización del juego como ideología. Ese es el conocimiento que quiero salvar con este libro. Espero que este trabajo sea un complemento al trabajo enorme de investigadores y educadores que recopilan y mantienen vivas formas populares de jugar, desde juegos tradicionales hasta formas de poesía y de juego de rol que nos entretienen más allá de las pantallas. Aquí propongo una lente a través de la cual el trabajo de tantos otros pueda ser usado no para reproducir el pasado con nostalgia dañina, sino para imaginar y actuar un futuro distinto al que nos ha llevado aquí.

Hay espacio en este libro para juegos y videojuegos, y de hecho dos de los ejemplos con los que ilustraré mi idea del juego al final de este mundo son las experiencias digitales creadas por Everest Pipkin, y el juego de creación de mapas The Quiet Year, de Avery Adler. Hay muchos otros ejemplos que podría haber utilizado en este libro, pero creo que los trabajos de Pipkin y Adler son paradigmáticos por dos motivos: Pipkin nos enseña cómo un videojuego puede ser creativo, evocativo, divertido y poético, sin recurrir a computaciones insostenibles. Los juegos que destaco en este libro son juegos que se distribuyen en navegadores, escritos sin dependencias de motores de juego y, por tanto, fácilmente actualizables.

El juego de Adler me permite hablar de dos temas distintos relacionados con este aspecto de la pervivencia del conocimiento tras el fin de un mundo. Por un lado, el mundo ficcional de A Quiet Year permite crear un espacio en el que grupos de jugadores pueden reunirse y discutir sobre cuestiones tan complejas como qué recursos tienen valor para nuestra comunidad. Por otro lado, el resultado del juego de A Quiet Year es un mapa, un memento que no desaparece cuando el juego termina y que se puede dar a otros. Esa idea de permanencia después del juego, de crear algo que sobrevive y se mantiene después de jugar y que puede ser un testigo del mundo que creamos, es la contribución esencial de A Quiet Year. Y quiero analizarla desde la perspectiva del juego al final del mundo, de cómo jugar nos permite crear esos mundos temporales en los que podemos trascender las limitaciones del mundo que habitamos.

Este es quizás mi libro más ambicioso no por las ideas que contiene, sino por el proyecto en sí mismo. Quiero hacer que una idea de juego sobreviva. Una idea que nos permita desarrollar, imaginar, y crear formas lúdicas cuando nuestro mundo de energía barata y clima predecible no exista ya. Más allá de que mis argumentos sean convincentes o no, el destino de estas palabras depende de las turbulencias y desastres que vendrán. Es posible que este libro no sobreviva el fin de un mundo, que las copias impresas se quemen para generar calor o desaparezcan en un desastre natural, y que los archivos digitales sobrevivan un par de décadas en un ordenador apagado en un vertedero, antes de que la entropía venza y no quede nada.

Incluso en esos escenarios, creo en este proyecto. Si las ideas que presento aquí os resultan convincentes, hablad de ellas, ponedlas en práctica. Cuando enseñéis un juego a alguien, recordad que jugar nos permite imaginar mundos posibles y vivir en ellos, aunque sea de manera temporal. Recordad que cuando jugamos podemos decidir nuestro destino, podemos disfrutar, tenemos un control sobre el riesgo y el placer que de otro modo nunca tenemos. Recordad que el juego nos puede oprimir, y que tiene más valor crear algo juntos que derrotar a los otros. Si logramos mantener estas ideas sobre el juego vivas, si son parte de las tradiciones que pasamos a través de generaciones y culturas, no evitaremos el final de un mundo, pero sí tendremos una herramienta poderosa para imaginar y crear futuros que no nos condenen a sobrevivir. Mantener viva esta idea de juego es mantener viva la idea misma de vivir más allá de la supervivencia; de hacerlo juntos, como seres humanos, en un mundo rico del que somos parte pero del que no somos final. Porque jugar es, al fin y al cabo, vivir más.




4.5.26

NOVEDAD: I. "JUGAR EN EL FIN DE UN UNDO", Miguel Sicart, Valencia: Shangrila, 2026

 


158 páginas - 16x23 cm. - Valencia: Shangrila - ISBN: 979-13-991821-2-5


¿Cuál es el papel del juego en el final de un mundo? En este libro, Miguel Sicart propone que, en nuestro contexto de cambio climático y crisis energéticas, es fundamental pensar qué es el juego, por qué jugamos y cómo debemos jugar. Partiendo de la base científica de que el mundo que conocemos, basado en la extracción masiva de recursos y en la producción de energía barata, es efímero. En ese contexto, Sicart nos recuerda que el juego es lo que nos hace humanos y lo que nos emparenta con todos los seres vivos del planeta, que también juegan. Para evitar que, en el futuro, el juego se convierta en un instrumento de control social, Sicart propone una mirada anarquista y feminista que nos recuerde que jugar es disfrutar en libertad con otros. A través del análisis de videojuegos y juegos de mesa, Sicart argumenta que, si queremos no ya sobrevivir sino vivir más allá de los cambios forzados por las catástrofes climáticas, vamos a necesitar jugar para seguir siendo libres. 

               

MIGUEL SICART

Académico y diseñador de juegos cuyo trabajo se sitúa en la intersección entre la teoría del juego, la ética y la cultura digital. Profesor en la IT University of Copenhagen, es conocido principalmente por sus libros The Ethics of Computer Games, Beyond Choices y Play Matters, este último una exploración filosófica del juego como actividad humana fundamental. Su investigación invita a diseñadores y jugadores a reflexionar críticamente sobre el significado, los valores y el poder presentes en los sistemas interactivos.   



Más información:

30.4.26

RESEÑA DE "EL HUMANISMO ALTERADO. LA SEMEJANZA INQUIETA I", Georges Didi-Huberman, Valencia: Shangrila, 2026

 


En la encomiable tarea en la que se ha empeñado la editorial Shangrila de publicar las obras de Georges Didi-Huberman (Saint Étienne, 1953) ahora le toca el turno a «El humanismo alterado. La semejanza inquieta I». No cabe duda de que la tarea es de envergadura si en cuenta se tiene la abundante producción del filósofo, escritor, antropólogo de las imágenes y de los afectos, archivista del tiempo presente y… muchas cosas más; casi cien obras llevan su firma. 

Su mirada es plural en la medida en que son varias las disciplinas que confluyen en ella estética, fenomenología, psicología / psicoanálisis y, por supuesto, antropología. No es el estudioso de los que se ciñe a las compartimentaciones instituidas, sino que en su acercamiento a las imágenes se prima a éstas, al tiempo que se contextualizan en su exterioridad.

Así, en esta ocasión frente a los encasillamientos habituales en el terreno de la historia del arte, él se desmarca en su visita al arte del Renacimiento de la visión canónica establecida por Erwin Panofsky que consideraba la historia del arte como disciplina humanista, por la senda ilustrada, tanto ética como erudita, marcada por Kant. La reformulación de dicha disciplina se dio en la época nombrada, mas Didi-Huberman sitúa el eje de su interpretación en una antropología de lo visual, con tintes netamente antropológicos, lo que supone no aislar los fenómenos artísticos, llevando el trabajo del arte más allá de los límites del arte, siguiendo las imágenes más allá de sus especificidades plásticas. La centralidad de las imágenes no implica de ninguna de las maneras situarlas en su contexto meramente artístico, rompiendo con los presupuestos puestos en pie por el Renacimiento italiano, tanto en lo referente a los temas, las técnicas, los géneros, los lugares, los discursos, las formas de sensibilidad, los problemas ópticos o perceptibles, «comprender la eficacia de las imágenes como fundamentalmente sobredeterminada, ampliada, múltiple, invasora. Podría decirse que las imágenes no nos apasionarían como lo hacen si no fuesen eficaces más que en el frente estrecho de su especificidad histórica o estilística», respondiendo el espesor antropológico de las imágenes, como el lugar de un trabajo con todo un conjunto heterogéneo de discursos, ideologías, creencias, prácticas, rituales, objetos, etc., que en principio nada tienen que ver con la cosa artística. Es en en el mismo proceso de formación de las imágenes en donde se forja alguna cosa de una exterioridad extra-artística, y siguiendo la senda marcada por Aby Warburg Didi-Huberman se pone a la tarea de desmontar las ideas consagradas tanto por la iconología como por la historia social del arte. Precisamente en la obra que da lugar a estas líneas subraya las grietas del consistente edificio creado en torno a la época nombrada, centrando su mirada en las sombras, en las inquietudes, en las tonalidades de tensiones, de crisis, de conflictos, de modo y manera que la idea unilateral de una edad, la humanista, de conquistas mayores, queda, en cierta medida, quebrada, o si se quiere completada o complementada. La visión consagrada, escolar, del paso del teocentrismo al antropocentrismo, y del geocentrismo al heliocentrismo, y el consiguiente florecimiento del humanismo, reflejado en el campo de la estética con la vuelta a la armonía del arte griego clásico con cuerpos gloriosos, es matizada en la serie de estudios en los que el humanismo se ve alterado en algunos objetos figurativos, de los que el pensador echa mano y explica con el acompañamiento de fieles reproducciones de cuadros, esculturas, etc. Recorre para ello la semejanza inquieta, la semejanza infecta y la semejanza impura, incidiendo en los casos de torsión y de modulación, ampliando su recorrido a los casos de malestar y del cambio de materiales, en especial la cera, que habitualmente eran despreciados y reducidos al otros menesteres, cobrando una presencia resaltada por la moldeabilidad de dicha materia. Señala el autor que las semejanzas nombradas además de inquietar han de ser consideradas como síntomas más allá de todos los signos iconográficos…y con tal bagaje dirige su mirada a la peste negra, y a sus correspondientes imágenes plenas de patetismo, a numerosos retratos y usos figurativos de la cera, quedando subrayado el malestar impensado en el seno del humanismo, su fractura constitutiva, reflejando una fatal alteración que conlleva una vocación a la alteridad; sin obviar las inquietantes reproducciones, en cera, de distintos órganos de la anatomía humana. Numerosos son los acompañantes de la travesía del autor, con especial presencia del ya nombrado Warburg, que se cruzan con Claude Lévi-Strauss o Philippe Descola, luminarias del campo de la antropología, sin obviar a Freud o a Michel Foucault en sus agudos análisis de la representación.

El recorrido incide, reitero, en los malestares de la representación vistos desde el ángulo de la semejanza, y lo realiza visitando las imágenes medievales, renacentistas o modernas, acompañadas de los puntillosos comentarios; malestares que se reflejan en la propia carne y órganos representados, y reproducidos, que a su vez reflejan inquietud, que queda plasmada en su evidencia natural o visual. Muestra que provocan en el observador cierto desasosiego en lo más profundo de la vida corporal, psíquica y estética, social e histórica. La multiplicidad de semejanzas presentadas revisten el significado de que las apariencias son en cierta medida marcas de singularidad y de semejanzas…Giotto, Donatello, Mazzoni, anónimos griegos, romanos y otros, el renacimiento florentino es el escenario privilegiado del estudio, sacando a la palestra algunas imágenes y obras ignoradas o no tenidas en cuenta en su verdadera valía, si bien esto no implica que el autor se permita desbordes temporales y temáticos..

Los textos pertenecen a la época, segunda mitad del los años 1980, en que fueron el centro de sus investigaciones, fruto de sus estancias en Italia entre 1984 y 1989 y sus enseñanzas en el marco de su seminario en la École des hautes études en sciences sociales a partir de 1990, que fueron apareciendo progresivamente hasta 1998. 


Iñaki Urdanibia, Kaos en la red.

Leer la reseña en su publicación original aquí.




27.4.26

DOS LIBROS AGOTADOS

 


Damos por agotados dos libros al alcanzar su techo de venta:

Pueblos en lágrimas, pueblos en armas (1400 ejemplares)

Abel Ferrara. El tormento y el éxtasis (750 ejemplares)


22.4.26

II. "LA DESFIGURACIÓN. ARTAUD - BECKETT - MICHAUX", Évelyne Grossman, Shangrila, 2026

 

Introducción

DESHACER LAS FIGURAS





La desfiguración puede entenderse en muchos sentidos, pues es muy plástica y cambiante. En una palabra: desfigurable. Sería un error reducir su alcance, por algún tipo de crispación semántica, a la idea de un acto de violencia negativa y puramente destructiva como hacer irreconocible un rostro, borrar sus rasgos distintivos, sus marcas de reconocimiento, alterar un modelo. Por el contrario, lo que sugieren muchos escritos modernos es que la desfiguración es también una fuerza creativa que trastoca las formas estratificadas del sentido y las revitaliza. 

La obra, escribe Blanchot, «da voz, en el hombre, a lo que no habla, a lo innombrable, a lo inhumano, a lo que carece de verdad, de justicia, de derecho, allí donde el hombre no se reconoce [...]». (1) La obra, en el sentido en que le confiere Blanchot, altera así las figuras reflejadas en el espejo; deshace el ilusorio reconocimiento narcisista de uno mismo por uno mismo, se abre a lo que la trasciende, lo que la deforma. Evidentemente, no se trata en estas páginas de retomar la vana disputa en la que se enfrentaron antaño los defensores de una supuesta muerte del hombre y los defensores de los valores llamados humanistas. Lo inhumano no es la barbarie, como dedujeron con cierta precipitación los exégetas simplistas. Quizás sea más bien lo que, como decía Pascal, «supera infinitamente al hombre», y que no se reduce necesariamente a lo religioso. Dar voz a lo innombrable, dar forma a lo infigurable implica deshacer las formas coaguladas, abrirlas, desplazarlas, lo que hacen incansablemente los tres escritores de los que trataremos aquí: Artaud, Beckett y Michaux. De modos evidentemente distintos, los tres exploran aquello que desfigura al ser humano en los confines de la animalidad, la mística y la locura. Michaux califica de «psicosis experimental» sus experiencias con la mescalina; Artaud, al iniciarse en la sierra Tarahumara en el rito alucinógeno del peyote, encuentra allí a su doble, el indio que se cree un dios; Beckett escribe para des-crearse. 

1. Maurice Blanchot, L’Espace littéraire (1955), Folio-essais, p.309; la cursiva es mía. [Hay trad. esp.: El espacio literario, trad. de Isidro Herrera, Trotta, Madrid, 1992. Salvo que se indiquen las páginas de la edición correspondiente, las traducciones al español de las citas que aparecen a lo largo del libro son de la traductora (N. de la T.)].                                  

Recientemente, Philippe Lacoue-Labarthe propunía denominar «des-figuración» a la quiebra, al colapso de la figura. Retomando los análisis de Benjamin y Heidegger sobre el poema, remite la figura (Gestalt) al mito. «La obsesión fascista es, de hecho», recalca, «una obsesión por la figuración, por la Gestaltung. Se trata a la vez de erigir una figura [...] y de producir, sobre ese modelo, no un tipo de hombre, sino el tipo de la humanidad, o una humanidad absolutamente típica». (2) Lacoue-Labarthe relaciona aquí juntos la figura, el mito y la lógica de la apropiación identitaria, su reificación idealizada en la imaginería fascista. Sin negar la legitimidad de este análisis, lo que me interesa aquí es un aspecto más cercano a nosotros, más familiar y también más insidioso, en la medida en que se beneficia del aparente consenso de nuestras sociedades democráticas. En lo que se refiere a la construcción de identidades y a la consolidación de la imagen de uno mismo, la figura es objeto de todo elogio: con el pretexto de reforzar un narcisismo individual considerado para la ocasión como «buen narcisismo», se supone que preserva la famosa autoestima (self esteem, como dicen los manuales de psicología social para uso empresarial), indispensable para quien quiera afrontar la dureza de la competencia en sociedades dedicadas al culto del rendimiento individual («¿Qué es una vida exitosa?», preguntaba recientemente un filósofo-ministro). Al participar en la construcción del vínculo social, de la convivencia (reconocerse en las mismas formas, los mismos signos de pertenencia), la imagen está destinada a ser gregaria. Privilegia los efectos de grupo, de semejanza (ser como el otro), de conformismo. En nuestros días, la figura de la pertenencia tiende fácilmente a la normopatía psíquica, social e intelectual. 

2. Philippe Lacoue-Labarthe, Heidegger. La politique du poème, Galilée, 2002, pp.165-166. [Hay trad. esp.: Heidegger. La política del poema, trad. de J. L. Pardo, Trotta, Madrid, 2002].    

En estas páginas voy a tratar de seguir, a través de la palabra desfiguración, el movimiento de desestabilización que afecta a la figura. Un movimiento que no es necesariamente violento: la delicadeza en el sentido que le confiere Barthes, entendida como salida del enfrentamiento categórico de las oposiciones, sin duda no es ajena a ello. Por mi parte, veo en todo ello dos rasgos fundamentales. En primer lugar, un cuestionamiento incansable de las formas de la verdad y del sentido. A continuación, y de manera conjunta, una pasión por la interpretación. La desfiguración que anima las formas es un movimiento erótico, amoroso: deshace sin cesar las figuras establecidas del otro y lo interroga, lo inventa de nuevo, lo reinventa de manera infinita. En este sentido, es una práctica del asombro. Contrariamente a las ideas preconcebidas que equiparan la educación con la identificación de formas, el aprendizaje de modelos y de roles, la adhesión a moldes y huellas, la desfiguración es a la vez una des-creación y una re-creación permanente («sempiterna», diría Artaud) de las formas provisionales y frágiles del yo y del otro. No se trata, pues, de conformarse, sino de desatar, desplazar, jugar, amar. Eso es lo que nos enseñan estas escrituras modernas consideradas difíciles: su lectura, en este sentido, es un aprendizaje de la desvinculación amorosa, de la deconstrucción del narcisismo. Entre la figuración y la desfiguración. 




20.4.26

NOVEDAD: I. "LA DESFIGURACIÓN. ARTAUD - BECKETT - MICHAUX", Évelyne Grossman, Shangrila, 2026

 


128 páginas - 16x23 cm. - Valencia: Shangrila - ISBN: 979-13-990331-1-8


Escribir para desfigurar, para dar voz a lo innombrable y lo inhumano, en el confín de la animalidad. Meterse briznas de hierba, cuerdas desafinadas, polvo de palabras en la boca. 

Artaud le cuelga al Pesa-Nervios ramos arborescentes de ojos mentales. Lucha contra el catastro anatómico, ese desastre rígido. No hay materia sino estratificaciones provisorias de estados de vida, sujetos a un movimiento incesante de perforación. Si hay formas, que sean vibrátiles y erógenas, sin un sentido ni una semejanza. 

En Beckett se deshacen el tiempo y el espacio, colapsa lo dispar, nada hace relato ni cuadro ni imagen. O lo hace mal. Calambures patéticos, calamitosos juegos de palabras, suplicio chino de la gota de agua, aprendizaje forzoso de una disciplina, a fuerza de látigo o silbato, o golpe repetido en la cabeza. El horror de lo descrito y la tranquilidad de su constatación impasible. Del hombre al homúnculo, rumbo a la afasia desde la logorrea, entre lo trivial y lo sublime, en una combinatoria de suma cero. 

“Hay pensamiento antes de que yo lo piense”, dice Michaux e inventa su escritura pictográfica, su bestiario antropomórfico y barroco, sus híbridos en suspenso. Sus siluetas frágiles y filiformes, fieles al polimorfismo infantil de quien no ha elegido todavía. 

Deshacerse y desasirse de todos los roles. Nombrar lo que nos sobrepasa y nos deforma, a ras del texto, a ras de la tierra. Más allá de la lógica de la apropiación identitaria, de su idealización en la imaginería fascista, del corsé narcisista y el culto al rendimiento individual. No ser nadie. Desfigurarse y transmigrar. 

               

ÉVELYNE GROSSMAN

Especialista en teoría literaria, su trabajo conjuga la literatura, la filosofía y el psicoanálisis. Profesora de literatura en la Universidad París-Diderot, fue presidente del Colegio Internacional de Filosofía, con sede en París, y editora en Gallimard de las obras de Antonin Artaud. Entre sus obras se destacan Artaud/Joyce. Le corps et le texte (Nathan, 1996), L’Esthétique de Beckett (Sedes, 1998), L'Angoisse de penser (Minuit, 2008), Éloge de l'hypersensible (Minuit, 2017), La Créativité de la crise (Minuit, 2020) y L'Art du déséquilibre (Minuit, 2025).

En este volumen presentado en español por Shangrila, Grossman analiza la escritura de Artaud, Beckett y Michaux como ejemplos de desestabilización de nuestros sistemas hegemónicos de pensamiento y de resistencia frente a las formas heredadas, y petrificadas, de creación artística.  



Más información:

13.4.26

II. "LA RESPUESTA ES: ¡NO! UNA FILOSOFÍA DEL NO", Cartas reunidas, presentadas y anotadas por Jean-Luc Outers, Shangrila, 2026

 

UNA FILOSOFÍA DEL NO
Jean-Luc Outers




Salvo excepciones que pueden contarse con los dedos de una mano, ¿cuál es el sueño inconfesado de todo escritor que publica? No necesariamente en este orden: ser leído por el mayor número de lectores, acumular críticas elogiosas, ser entrevistado en las revistas, la radio o la televisión, recibir peticiones de todo género: sesiones fotográficas, coloquios, artículos, festivales literarios, traducciones, números  extraordinarios de revistas…, recibir algunos premios literarios, los más prestigiosos se entiende, ver sus textos adaptados al teatro o al cine, o incluso que se les ponga música y sean interpretados por orquestas, a ser posible sinfónicas, ser objeto de estudios eruditos o de tesis universitarias, ser mimado por su editor (reimpresiones, ediciones de bolsillo o en un estuche o —sueño de sueños, en el papel biblia de la Pléiade), recibir ofertas de otros editores, ser elegido por unanimidad a las academias, ver su nombre y su firma solicitados para firmar peticiones, de movimientos artísticos o de cualquier otro tipo, en resumen ver su obra lentamente reconocida y consagrada aquí, en todas partes y en todas las lenguas.

A todo esto, que ya no es literatura sino su institución o su decorado o el carnaval mediático que la agita, es a lo que se opuso Henri Michaux durante toda su vida. «Busco una secretaria que sepa de cuarenta a cincuenta maneras de contestar NO, en mi lugar». [...]

Todo empieza por el rostro, ese retrato grabado en frontispicio de Qui je fus, su primer texto publicado en La NRF. Michaux lo tacha con una cruz y un no furioso. Estamos en 1927. Michaux tiene veintiocho años. Sin embargo, se dejará fotografiar por algunos fotógrafos de renombre (Claude Cahun, Brassaï, Gisèle Freund, Karl Flinker, Henri Cartier-Bresson...). Pero no soportará reconocerse en esos clichés en blanco y negro, donde posa con un traje de punta en blanco, hasta el punto de prohibir formalmente su difusión. Ya en 1934, se burlaba junto a Paulhan de las peticiones de fotos: «Es increíble esta manía de las fotos. Precisamente he escrito para que se pueda prescindir de una foto mía. ¡Ya me he exhibido bastante! Pues bien, ¿qué más quieren? Precisamente voy a hacerme una radiografía de mis pulmones, pues ahí dentro las cosas no van bien. Se la enviaré, con una ampliación de mi ombligo». O a Bréchon en 1959: «No habrá foto mía, ni solo ni en grupo [...] Mis libros muestran una vida interior. Desde que existo estoy contra el aspecto exterior, contra esas fotos llamadas justamente películas, que toman la película de todo [...]». Esta prohibición formal dará lugar al psicodrama de la obra que se le dedicó en la «La Biblioteca ideal» donde el editor había previsto su retrato en la cubierta. En lugar de eso, Michaux propone una ampliación de su ojo, pero acaba por aceptar una foto de su sombra en frontispicio antes de protestar contra la reproducción de ese documento en un magazín. «No le gustaba su rostro, su silueta», dirá Micheline Phankim. Por no hablar de su calvicie. Aceptaba que le visitaran algunos fotógrafos pero con la condición de que dejasen su cámara en el vestíbulo. Más tarde consentirá que cuatro fotos suyas se publiquen en el número especial de los Cahiers de l’Herne: «Cincuenta juicios no me devolverían un rostro desconocido. Batalla perdida, que no fue ganada más que durante treinta años, risible actualmente, que tendría que extender a no sé cuántos países [...]». Observamos contradicciones en sus rechazos. Su intransigencia, en ocasiones brutal, puede suavizarse según las personas, las circunstancias, o el tiempo.

Tampoco era cuestión de registrar su voz. Le desagradaban las entrevistas. Incluso el más astuto de los periodistas no consiguió ponerle un micro delante. «No me exhibo en la televisión ni tampoco hablo por la radio. Muestro —en libros— algunos escritos y —en galerías— algunos dibujos. Esto ya es suficiente exhibición y me mantendré ahí». O: «Pero entrevistas, no he concedido ninguna en mi vida». Fue René Bertelé, su editor, el que se encargaba de despedir a los cazadores de entrevistas. Tenía en su repertorio epistolar algunas fórmulas de cortesía: «Lamentándolo mucho… se ha negado siempre a cualquier forma de entrevista… no va a hacer ninguna excepción… Ruega le excuse…». La noche de su muerte, el presentador de las noticias confesaba consternado que no disponía de ningún archivo sonoro del escritor. [...]



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