Botonera

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17.6.21

"PASEOS CON DAVID LYNCH"

 



Reestreno de Mulholland Drive en su veinte aniversario (2001-2021), proyección de siete películas más del cineasta en cines de casi todo el país, algunas librerías ponen en el "escaparate" los libros y publicaciones dedicados al cine de Lynch, cursos y seminarios sobre el realizador de Montana...

Ya que se está en ello, aprovechamos para recordar el monográfico Carretera perdida. Paseos con David Lynch (2019), coordinado por el compañero Roberto Amaba y que tan buena acogida tuvo y a día de hoy sigue teniendo.



Carretera perdida. Paseos con David Lynch






15.6.21

NOVEDAD - I. "DISPERSAS. VIAJE HACIA LOS PAPELES DEL GUETO DE VARSOVIA", Georges Didi-Huberman, Valencia: Shangrila, 2021




152 páginas - 16x23cm - ISBN: 978-84-123523-2-0

 

Todas las cosas, dispersas. La crueldad las desgarra, las rompe, las fragmenta. Sus dueños saben y no saben que van a morir. A veces quisieran no haber nacido. A veces se conceden el lujo de la esperanza. El historiador Emanuel Ringelblum recoge y archiva las evidencias cotidianas de la vida y la muerte en el gueto de Varsovia, junto a sus compañeros de la organización clandestina Oyneg Shabes. Cuando el muro se cierra en torno al gueto, Ringelblum, cronista del desastre, decide quedarse, ayudar, describir. Vive para registrar y transcribir, para él no hay hechos inefables. Vive para decir: “recolecten todo lo que puedan”, antes del fin. Para trenzar la historia y la memoria, como una elegía y un reclamo. Ringelblum denuncia (la obscena opulencia de los ricos, la complacencia repugnante de los conversos), examina (los gestos y los rostros, la disposición exacta de los cuerpos), hace números (de deportados, de muertos de hambre, de muertos de frío). Ringelblum mira. Y escribe. En los días de la gran deportación, el archivo se entierra en diez cajas de hojalata y dos latas de leche. Hay un tercer entierro, del que se exhumará solo un fajo de papeles quemados. Cuando este archivo emerja, será el Archivo Ringelblum, un pila de papeles pegados y enmohecidos, adheridos al metal oxidado, que todavía nos hablan, desde el espectral silencio de las cosas, al oído. 

Durante tres días, Georges Didi-Huberman se inclinó ante este “tesoro de sufrimientos”, hoy conservado en el instituto histórico judío de Varsovia. Se sumergió en papeles modestos, trazó los paradigmas de su articulación, tembló frente a un método. No quería llorar. Quería, como Ringelblum, contar lo que había visto. Entonces escribió estas páginas, que deberíamos leer, como una invocación o una plegaria, al azar, al menos una vez, cada día. Para saber, ahora mismo, de lo que somos capaces.  


Georges Didi-Huberman. (Saint Étienne, 1953) es historiador del arte y teórico de la imagen, profesor en la École de Hautes Études en Sciences Sociales (París) y curador artístico. Entre sus libros publicados en español se destacan Imágenes pese a todo-Memoria visual del Holocausto (2004), Lo que vemos, lo que nos mira (2004), Venus rajada: desnudez, sueño, crueldad (2005), Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes (2006), Cuando las imágenes toman posición (2008), La imagen superviviente (2009), Ser cráneo (2009), Ante la imagen. Pregunta formulada a los fines de la historia del arte (2010) y Exvoto: imagen, órgano, tiempo (2013). 

Con Dispersas, Shangrila continúa su publicación en español de las obras de Georges Didi-Huberman, un proyecto que incluye, hasta hoy, Cortezas (2014), Blancas inquietudes (2015), En la cuerda floja (2015), Fasmas - Ensayos sobre la aparición, 1 (2015), Falenas - Ensayos sobre la aparición, 2 (2015), Pasados citados por Jean-Luc Godard (2017), Pueblos en lágrimas, pueblos en armas (2017), Pasar, cueste lo que cueste (2018) y Vislumbres (2019).    
 


Más información:




31.5.21

y XV. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



NO DEJES ROSAS
Manuel Merino
[Fragmento]



Ibiza, Es Vedrá.  Postal enviada por Walter Benjamin en 1932. Foto: D. Viñets.



[…] der Regen folgt´ ihm […]
([…] la lluvia le seguía […])

Erinnerung an Frankreich (Recuerdo de Francia), 
Paul Celan, 1948.


… ahogados los deseos piadosos en las copas vacías, solo quedaba dejar atrás aquel silencio inagotable de miradas esquivas, pagar lo consumido y salir del local. Imposible saber qué confusa condena se agazapa en el paso siguiente. Una torpe caída con su constelación de efectos, una niebla de años, un espejo agotado que ya nada devuelve, una barca muy vieja con nombre de mujer.

Sacudirse después la ropa polvorienta y no conceder peso al tosco augurio de su sombra borrada por esas mismas nubes, ahora más compactas, que buscaron descargar con aburrida mansedumbre cuando el navío abandonó la rada.

Quedarán en el aire a su partida un par de temas caprichosos, muy obvios para él, pero que conviene resolver aquí aunque solo fuese por situar algo mejor al personaje. De esa forma aquel espacio físico solo podría ser un Mediterráneo inmemorial detenido en el tiempo, y un verano ya vencido también. Era su segundo viaje a esa costa en busca de un lugar barato donde poder vivir. Entre abril y julio del año anterior lo había intentado por primera vez y ahora acaba de saber que tampoco esta vez lo encontrará. 

Por eso mismo quizá resulte innecesario mencionar ese pensamiento que le pesa, cien veces rechazado por doloroso y cierto, de que quizá para él todo ha quedado definitivamente atrás. Que nunca sabrá cuándo sucedió. Que fue algo sin aviso, que ya solo queda esperar. A cambio, eso le salva todavía, mantiene como fe invulnerable la continua tarea de contarlo y el extraño valor de no atreverse a conocer cómo será ese día en que la capa de la fabulación no sirva. Cuando al desprenderse de ella siga siendo un mendigo y su perro le ladre. Pero por hoy le aguanta y ayuda a anotar en su libreta chica otro episodio antiguo, imposible saber qué fue lo cierto ni cuánto deseó lo imaginado, pero escudado en sus palabras vuelve a encontrar en ellas, fundida siempre en ese blanco sucio de memoria importuna, cada vez más cercana, la silueta de piedra donde juran que aún laten las cenizas de Homero. 

Cuando pasé, despacio, lo recuerdo ahora, como si aquel barco vacío pretendiese detener su ruta hacia ningún lugar, el paisaje, casi un espejo mineral, ardía sin árboles ni viñas ni campanas. Solo una ermita blanca como un fósil vacío que ya olvidó a sus dioses flotaba cercada en la calima por un lamento ciego de chicharras, carcomido por el sol insaciable. Era verano. Las olas gemían sus envites fingidos contra el borde afilado de la costa rojiza tan rota como aquel mismo día. Ni una nube ni un ala ni siquiera un vilano en el aire cobalto que cegaba. Pero a cambio hubo algo que atrapó mi mirada y que, hasta ahora, pasados tantos años, nunca supe qué fue. Llámalo voz. Apenas un rumor, una presencia, cierto aviso. Nada. Siempre es igual y atendiendo a esa ley sin cordura todo continuó como debía. El pelo revuelto por la brisa. La piel equivocada cada momento más ardiente. La sal en la saliva y los ojos empezando a olvidar hasta ahora mismo. La camiseta añil, que quizá flote todavía en otro cuerpo manchado de un olor diferente, golpeaba como una bandera de ninguna patria la carcomida barandilla de cubierta, las manos abiertas como redes, salpicadas de espuma, tan vacías. Habrá que volver, recuerdo que pensé, mientras todavía era el momento exacto de no marcharme nunca y atender a ese ruego de no seguir viaje. Y elegir ser una sombra de piedra tan igual a la ermita, tan perfecta en su ausencia, tan simplemente eterna, que alzara como un dios sumergido un brazo lento y el mar se detuviera por temor a quebrar su reflejo, despidiendo a aquel barco donde yo no estaría.

Renunciar al error es a veces el excesivo coste que exigen las alturas para entregarnos su verdad. Feliz pulso de coraje y locura que entretiene a los ángeles y empuja a la eternidad a las estatuas. Pero ahora que entre otros naufragios aquel ni se menciona, me ha sido concedido descifrar ese aviso superior que entonces no atendí: No habrá regreso. Nunca es tan tarde.


Tokio-Ga (Wim Wenders, 1985)


Como en cualquier manual de instrucciones donde es ley avanzar, antes del estadio siguiente se necesita un hecho, un nombre propio, un deseo aplazado, una certeza simple y tragar su veneno. Era septiembre y a su favor, llovía [...]






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XIV. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



ANCLA
Olvido Marvao
[Fragmento]



Instalación de Fran Lucas




Me he refugiado en esta isla con algunos libros y la niña…
                             Justine, Lawrence Durrell, 1957.


Debe haber islas donde vivir le cueste menos al pensamiento, decía Pessoa. Hablaba de islas imaginadas allá en el sur; pero si la isla es interior, acontece la ceguera y el pensamiento arrecia como una tormenta perenne, como las hojas de los helechos o la magnolia del sur. Todo está al sur. 

En mi soledad, la fragilidad del equilibrio se desgarró, los días, los años se hicieron largos y umbríos. Entonces regresé esperanzado a esta isla diminuta donde he vuelto a encontrar los afectos enredados entre higueras y caminos de piedras anaranjadas. Aquí hay voces. 

En esta pequeña parte del mundo la luz y el viento explotan sobre la piel y es fácil notar una presencia valiosa e incesante, como esa pequeña niña que mantiene todo este inacabado lugar en pie.

En las madrugadas el relente deja su humedad sobre todo aquello que tiene superficie, es entonces cuando desayuno en soledad leyendo un libro en el que tampoco los ojos se concentran, descubro las abubillas bajo el olivo, lejano llega el canto de un gallo o el ladrido de algún perro y hacen aparecer la calma, no deja de ser curioso que la calma triunfe con determinados ruidos. Cuando el este empieza a clarear, miles de motas brillantes permanecen a ras de suelo.

Poco a poco ellos van amaneciendo y en un desfile totalmente irregular de desayunos despiertan al día, hasta que la piel suave de esa niña recibe el primer cariño nada más abrir los ojos.

En ese instante, todo cobra un sentido diferente, aún no he desaparecido, los afectos se despiertan al mismo tiempo que ella. Sus manos renuevan las mías que permanecen ensimismadas. Abraza a su madre y desde lejos me dice “buenos días” agitando la mano.

No me canso de mirarla, su pelo rubio ondulado resalta la piel suave dorada por el sol y respondo “buenos días” sabiendo que lo serán porque ella está.

Es ágil y se mueve bien en esa casa destartalada a la que acudo con la ilusión de encontrar el afecto ausente en la otra isla interior donde se acumulan cosas viejas y rotas; aquí también el jardín está salpicado de trastos viejos que ya habían sido recogidos a su vez en otras basuras con la alegría de aprovecharlos, pero han venido a morir en esta casa donde son atrapados por la pasiflora que enraíza por el suelo tragándose todo lo que se ha olvidado.

A menudo los ojos se quedan suspendidos en ese omnipresente mar azul turquesa que tiene la habilidad de transformarse en verdoso según avanzas por sus aguas, justo cuando la posidonia te roza las piernas y los miles de peces te hacen volver a la otra isla interior donde tanta grandeza no cabe si solo la ves con los ojos. Mirar y escuchar la respiración que flota suspendida entre los habitantes que viven en ese incomprensible mundo silencioso.

Tenemos el jardín, mejor diría el campo en común, y aquí vivimos casi como una familia. Creo que les pago bien la caseta en la que vivo; a ellos no les viene mal un poco de dinero extra. No imaginan que les pagaría lo que fuera por estar en su vida y en la de esa niña que tiene nombre de continente, en el que atesora todas las enrevesadas verdades del universo de una forma tan simple que estremece. A menudo, cuando le digo que tenga cuidado por algún propósito que veo peligroso, ella me responde “no tengas miedo”, y con una cadencia lenta en la última palabra termina afirmando: “no pasa nada”.

Estamos juntos mucho tiempo y hacemos complicados puzles y hablamos, cosa que no hago cuando estoy en esa otra isla tortuosa a la que llegué hace ya veinte años [...]






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30.5.21

XIII. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



TÚNEL. VOLEMOS
Marisa López Mosquera
[Fragmento]



Penn Station Six Lights, Louis Stettner, 1958



Estación oeste, veintidós paradas de tren, cuarenta minutos (doce en túneles) en cada sentido, cuatrocientas ochenta y cuatro horas al año en sus entrañas, once años haciendo el mismo tramo. El amanecer nos sorprende estos días por la esquina derecha del ventanal de emergencias, un tímido atisbo de calidez en la noche profunda. Las miradas se deslizan, los rostros se blindan, asistimos a la misma decadente rutina diaria, itinerante escenario, escaparate humano que se nutre de la fatiga, el desánimo, apenas dos o tres expresiones esperanzadas alumbran el trayecto matutino, ninguna a la vuelta en la noche. El siseo del motor actúa a veces a modo de nudo cruel que se ciñe al cuello de quien se descuida y baja la guardia. Túnel. Volemos. Si el vagón se detuviese antes de llegar al otro extremo por culpa de un derrumbamiento, un fallo eléctrico debido a un componente fundido, una grieta en el tiempo con pasaporte al futuro, tendríamos que reaccionar como grupo de alguna forma. No pareceríamos tótems como ahora, burbujas individuales, el único habitante de nuestro universo personal, perdidos en la vastedad de la soledad urbana. Fingimos aplomo, salimos a la luz de la glorieta ocultando nuestro desgarro, como si fuésemos figuras de cera transportadas en el metro ligero. Algunos días yo grito en mi interior, como un demente.

No siempre ha sido así, hubo un tiempo en el que el trayecto al trabajo era un mero trámite y me regodeaba en ese espacio intermedio mientras la visualizaba, su cuerpo confiado en la cama antes de irme, abandonado a sí mismo en el sueño, lejos de la férrea disciplina que ella le infligía, la que lo había convertido en lo firme y deseable que era. Al margen del motor marcial de su mente, en algunas posiciones escapaba un ligero gemido gutural a través de sus labios entreabiertos, una ventosidad ocasional, un empeño irracional en ovillarse al límite hasta convertirse en un bulto esférico, la cabeza escondida entre las piernas que ceñía con sus brazos. Cuántas veces dominé mi insomnio natural acoplándome a su perfil, sus nalgas contra mi vientre, mi corazón tranquilo burlando la angustia al fin, latiendo al compás de su respiración pausada. Un sueño profundo que terminaba en cuanto ella me percibía de alguna forma sin despertarse y me separaba con un simple gesto de su brazo. Ademán que me ofendía cuando volvía con amargura al sueño intranquilo y ligero del resto de la noche, tanto como su inmediato florecimiento en cuanto me levantaba y ella se abría, desplegándose, hasta yacer en aspa boca abajo, ocupando todo el espacio, como quien llega a casa y siente que esta le abraza tras un largo viaje.

A las seis cuarenta y tres sube a diario la mujer del paraguas violeta con su perpetuo aspecto de derrota, su desaliño es tan notorio que alguien termina cediéndole su asiento, nunca lo acepta. Su mano nervuda sujeta la barra del techo con decisión, su espalda se arquea como un junco en las curvas pronunciadas. Calibro el tamaño de sus pechos con mis manos, una prueba imaginaria exenta de erotismo, cuesta creer que ella sienta algo tras esa insondable expresión de autómata, pero su cuerpo habla un lenguaje diferente, se adapta con maestría a cada ángulo y parece evadirse obligando a su cabeza a claudicar, laxa, como si se vaciase. Intuyo que no recuerda dónde está y que para ella no somos más que un indefinido gris, un estribo del paisaje que proyecta su mente en el que se descansa antes de recobrar la vertical, con pesar, de nuevo en este mundo. Túnel. Volemos [...]






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XII. "ISLAS. FUGA Y ABISMO", Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila 2021



EJERCICIOS DE CONCENTRACIÓN EN LAS ISLAS
(ACERCA DE DESPACHO DESDE MOMENTOS DE CALMA,
ALEXANDER KLUGE - GERHARD RICHTER, 2013)
Mariel Manrique
[Fragmento]






El cronista que narra los acontecimientos, sin distinción
entre los grandes y los pequeños, tiene en cuenta, al hacerlo, la siguiente verdad: 
de todo lo que sucedió, nada debe considerarse perdido para la Historia…

Walter Benjamin, tesis III, 
Über den Begriff der Geschichte
(Sobre el concepto de historia), 1939-1940. 


Para su edición del 5 de octubre de 2012, el diario alemán Die Welt cedió el control de sus treinta páginas al artista Gerhard Richter. Ese día, el diario se convirtió en un artefacto de arte masivo, poblado en su totalidad por fotografías tomadas por Richter en “momentos de calma”. Richter capturó intervalos y remansos en medio del infierno de la vida contemporánea: silenciosas situaciones de no-infierno. Islas. Fotografías sin título ni fecha, puras imágenes sin indicación de tiempo ni lugar. Un perro dormido al sol, techos nevados, niños que corren y ríen, líneas del horizonte, fragmentos de construcciones en ruinas, un bebé prendido al pecho de su madre, la silueta cetácea de un submarino gigantesco en la superficie del agua, troncos cortados y dispersos en un bosque, anónimos clientes en un bar, un grupo familiar sentado a una mesa (en una imagen fuera de foco), texturas de cortezas, sapos en estanques floridos. Ese día, el diario fue un respiro y una pista hacia la posibilidad de nuevos modos de respiración.

La edición plácida e iluminada de Die Welt aloja, sin embargo, una carga radioactiva. Es posible que esa carga haya pasado inadvertida para muchísimos lectores, y es posible, también, que las fotografías de Richter hayan terminado envolviendo huevos o patatas. Que muchos hayan olvidado esa edición del diario en un bar, y se hayan olvidado de ella. Que pilas y pilas de esa edición hayan sido leídas, descartadas y finalmente trituradas en camiones de basura. Que hayan producido un efecto menor y pasajero, o no hayan producido efecto alguno. No fue así para Alexander Kluge, que sintió la necesidad de comenzar a escribir textos cuando vio esas imágenes. Textos que, en apariencia, no tenían absolutamente nada que ver con ellas. El tándem Kluge-Richter ya había dado a luz un libro llamado Diciembre (Dezember, Berlín: Suhrkamp Verlag, 2010), un volumen experimental de 39 textos y 39 fotografías, concebido bajo la forma de los antiguos calendarios, en el que se mezclaban distintos diciembres y la noción de “calendario”, finalmente, se desmantelaba. (1)

1. Acerca de Diciembre, puede leerse el texto “Stalingrado en las patas de un mamut” (revista Shangrila nº 36, Nieve, octubre de 2020, pp.120-129). 

En ese libro, una serie de fotografías de los bosque nevados de Sils Maria tomadas por Richter, con mínimas y casi imperceptibles variaciones, se alternaban con breves textos “heterodoxos” de Kluge sobre los temas más dispares, que sin embargo acababan convergiendo en ese puñado de temas que lo han asediado desde siempre: los mecanismos de la memoria y el azar, los distintos niveles de la historia, las maneras de experimentarla y la formación de su concepto, la posibilidad de una “conciencia histórica alternativa”, la naturaleza y los efectos duraderos de la destrucción, y el olvido. 

La intención de Die Welt puede haber sido ofrecer un oasis provisorio a sus lectores, para continuar después su línea editorial y volver a ser lo que se conoce estrictamente como un “diario”: una exposición más o menos detallada de los hechos recientes que se consideran relevantes. Relevantes porque son novedosos y porque, al ser novedosos, son “noticia”. Una “noticia”, por definición, es algo nuevo (de new a news, en inglés, la distancia es solo de una letra). La noticia no es algo que se repite. Recordemos el trillado dicho de que no es noticia el avión que llega a su aeropuerto de destino sino el que se estrella, aun cuando el accidente aéreo sea la excepción a la regla y precisamente porque lo es: lo que atrae, y lo que vende, suele ser la desgracia. La intención de Die Welt puede haber sido, entonces, abstraerse por un día de las desdichas y regalar la dicha temporaria, por un día, de las imágenes sosegadas de Richter. 

Sin embargo, esas fotos sin explicación son inquietantes, justamente porque no se explican. Están abiertas a cualquier interpretación, que es lo más peligroso que puede ocurrir con una imagen (por eso los fascismos se sienten tan cómodos con el realismo y le temen al arte “abstracto”). Una fotografía que no se puede “leer” en el sentido convencional en el que solemos leer fotografías (incluidas en un álbum familiar o en un libro de “arte” que las contextualiza; como recuerdo de experiencias pasadas, a modo de souvenir; en afiches, avisos o campañas publicitarias, unidas al producto pertinente; o como ilustración de una “noticia”) es una fotografía “suelta”, desencadenada, lista para liberar preguntas, asociaciones y correspondencias. No está encajonada ni enmarcada; no tiene límites.

Las fotos de Richter publicadas en esa edición singularísima de Die Welt pueden descubrirnos cosas que nunca nos detenemos a mirar, porque son esas fotos en las que parece que no pasa nada, y el tiempo es un puro presente detenido sin “la novedad” de un gesto subrayado o un rostro “especial”. Y pueden, también, generarnos las ganas de ver fotos semejantes más seguido, no solo por la “calma” que destilan sino porque toda calma encierra su misterio [...]






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