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20.5.26

II. "MAURICE PIALAT, CINEASTA DE LO INHÓSPITO", VV. AA., Shangrila: 2026



Maurice Pialat


De todos los directores con quienes he trabajado, Maurice Pialat es seguramente el que más respeta la realidad de las cosas. Es también uno de los grandes cineastas franceses actuales. Por desgracia, su cine es raramente comercial. Sus exigencias con sus colaboradores y consigo mismo son tales que cada día le resulta más difícil llevar a cabo una obra con continuidad.

De película en película, hasta culminar precisamente en esta [La Gueule ouverte, 1973], Pialat ha ido depurando su estilo, hecho de una total desnudez en la puesta en escena. Rehúsa por sistema los trucos y recursos de eso que se da en llamar “cine”, renuncia a los movimientos de cámara –panorámica, travellings, zooms– en beneficio de una cámara clavada en el suelo, inmutable. Rechaza también recurrir al montaje, y sus planos tienen la duración de la escena misma. Utiliza, por lo general, un solo objetivo, el 50 mm., que, como es sabido, reproduce las perspectivas de la visión humana.

Por este motivo, su cine podría hacer pensar en Bresson, apóstol también del 50 mm. Pero el cine de Pialat, por el contrario, se sitúa en sus antípodas. En el trabajo de la dirección de actores, Bresson busca una estilización en el hieratismo; Pialat solo queda satisfecho con la “justesse de ton”. Sus intérpretes deben hallar el tono justo de la verdad, de modo que sus personajes se confundan con la realidad. De ahí que Pialat ruede treinta e incluso cuarenta tomas de un plano, hasta que salte la chispa de vida deseada, quizá distinta de la que habían previsto el actor o el propio director. Estas y otras razones hacen que trabajar con Pialat sea agotador. Pero hay una recompensa, la certeza de saber que se ha colaborado con un artista cuya independencia y sinceridad rayan en la locura, un artista de una pureza absolutamente excepcional. En lo que respecta al encuadre y la iluminación, nuestro encuentro fue afortunado. Cada vez que filmaba una escena sin artificio alguno, aprovechando las luces existentes –la luz “clínica” en el hospital, la luz fluorescente en la mercería, la luz de la ventana en el piso superior–, Pialat se mostraba sumamente feliz. No se empleó maquillaje, por supuesto, y la película fue rodada casi enteramente en decorados naturales, voluntariamente antiestéticos, exentos además del pintoresquismo posible en un pueblo francés de la Auvernia. El tema no podía tener menos atractivo para el público cinematográfico, que generalmente solo busca distracción: la enfermedad, la vejez, la muerte. Durante dos horas largas Pialat mostraba, paso a paso, la destrucción progresiva, física y psicológica, de una persona, la madre del protagonista, víctima de un cáncer. La Gueule ouverte se mantuvo en cartel unos días. Fue vista por un escasísimo número de espectadores.


Néstor Almendros, Días de una cámara, 
reelaboración para la edición española
a cargo del autor, 
Barcelona: Seix Barral, 1982, pp.141-143 
(edición original: Un homme à la caméra, 
París: Hatier / Renens-Lausana: 5 Continents, 1980) 






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18.5.26

NOVEDAD: I. "MAURICE PIALAT, CINEASTA DE LO INHÓSPITO", VV. AA., Shangrila: 2026




330 páginas - 16x23 cm. - Valencia: Shangrila 2026 - ISBN: 979-13-990331-9-9



Pialat, ese animal extraño. Provocador, autodidacta, furibundo. Crítico implacable de equipos y entornos, impiadoso crítico de sí mismo. Al margen de todos los grupos, apartado de todos los ritos. Cineasta tardío, pintor frustrado. Pialat contradictorio, frontal, insoportable. Tiránico y tierno, arrasador y vulnerable. Pialat cancelable y cancelado, recuperado a fuerza de talento que perdura. Siempre igual a sí mismo, siempre rodando la misma y única película. Método-Pialat: ruptura de la lógica lineal del relato, primacía del anclaje espacial, presente continuo, elipsis y plano secuencia, encuadre centrífugo y dinámico, descentralización del sujeto en el plano, rol crucial del fuera de campo, espontaneidad del gesto recogido del fondo emocional de los actores, profesionales y no profesionales, montaje depurado, descargado de cualquier exceso. El montaje, finalmente, como una sucesión, discontinua y dispar, de momentos de gracia, joyas de lo real, a veces tan aciagas. Pialat enamorado de Poussin y Lumière.
Los racimos de gente en Pialat, gente que no se entiende, que no se escucha, que se empuja, se insulta y se golpea, que no logra convivir. La incompatibilidad de la pareja, tan desincronizada; el agujero negro de la familia establecida, omnívora hasta el fin; la necesidad imperiosa de ser amado. Dios que se retira, el arte que no alcanza, el diablo que te espera y te besa en la boca. Empieza la película y el daño ya está hecho. Pialat está en el centro del ciclón, con las velas rotas. Con ese viento que es todavía Pialat nos inclinamos a juntar los pedazos, nos sentamos a imaginar una manera de volver a empezar.  



MAURICE PIALAT
(Cunlhat, 1925 - París, 2003).
Creció lejos de sus padres, cuidado por sus abuelos. No aprobó el bachillerato. Quiso ser pintor, pero no pudo. Fue director, guionista, novelista, actor. Nunca estuvo en paz. Filmó cortos, diez largometrajes, una miniserie dividida en siete episodios. Se peleó con todo el mundo. Y con el mundo, también. Se excedió en presupuestos, en plazos, en intensidad. 
Su obsesión no fue imitar la vida en la pantalla, ni representarla ni dar explicaciones que no tenía ni necesitaba. Persiguió la captura, siempre imperfecta, de instantes efímeros. Si la vida era una sepulturera, que el cine fuera un resucitador. Nada alcanzaba, nada era suficiente. Lo despidieron en Saint-Sulpice, cerca del fresco pintado por Delacroix en el que Jacob lucha contra el Ángel toda una noche. Es la escena de un combate sin tregua, cuyo sentido se revela recién al despuntar el día. Bien podría haber sido filmada por Pialat. 
 

Sumario y más información:




23.9.14

VI. "MATERIA DE IMÁGENES, REDUX", JACQUES AUMONT, Contracampo libros, Santander: Shangrila Textos Aparte, 2014



Jean-Marie Straub


Con este comentario de un plano de su Crónica de Anna-Magdalena Bach [“Se considera que eso que llamo la materia cinematográfica sería descubierta por el propio espectador: uno ve a alguien en proceso de ejecutar algo bajo el ojo de la cámara, ante una pared débilmente iluminada, porque es el crepúsculo, casi la noche. Esta pared es tan importante como el rostro, sobre el que sucede algo y que, en mi opinión, debe ser la materia cinematográfica pura”], Jean-Marie Straub asigna a la materia del cine un estatuto a la vez mental y ontológico: la “materia cinematográfica pura”, en la imagen que comenta, no es otra cosa que la relación entre una figura humana y su lugar: un rostro es filmado en la penumbra delante de una pared neutra; uno y otro, la figura y el fondo, el hombre y el decorado, devienen igualmente habitados, igualmente interesantes. La “materia” es aquello que une y asimila un rostro –objeto fetiche de la representación, considerado a veces como su absoluto– y un fragmento del mundo, el muro que tan a menudo es emblema de lo insignificante (ver Leonardo). La materia es entonces la mundanidad de lo uno y lo otro o, para decirlo más simplemente, su presencia. Esta declaración del joven cineasta remite todavía al esencialismo de André Bazin,


André Bazin


Robert Bresson


reforzado de otra manera por el credo bressoniano, que no ha cesado, a través de Straub pero también de Pialat, Eustache o Malick, de representar uno de los ideales posibles del arte cinematográfico, un ideal tan seductor que ha sobrevivido al argumento indiciario que había permitido descubrirlo y promoverlo. La imagen argéntea, la única que conocía Bazin, era considerada una huella, como el vestigium de Tomás de Aquino o San Buenaventura, que significa al mismo tiempo la presencia de la huella, la invisibilidad de su causa y, no obstante, la certeza de que esa causa existe.



Maurice Pialat


Jean Eustache


Terrence Malick


Se entiende que esto haya podido parecer vertiginoso y quedan, por otra parte, a la hora de los números, suficientes cineastas que ilustran y prolongan esta tradición, desde Jia Zhang-ke a ciertos Sokurov. Materia “cinematográfica”; una materia ideal, en el espacio conceptual y psíquico del ser y el hecho de habitarlo; una cierta concepción, “materialista” si uno quiere, del arte del cine, basada en el ser obstinado de aquello que se encontró allí, ante la cámara, y que se nos restituye pensando que no ha sido cambiado, pensando, tal vez, que se lo reveló.



Jia Zhang-ke

Alexander Sokurov


No es de esta materialidad de lo que se ocupa este libro. Me interesa otra relación, igualmente concreta, entre la imagen y otra cosa distinta de la imagen. Pero me empeño en establecer esta relación, de manera más elemental, entre las imágenes de un filme y todo aquello que, concreta y materialmente, las ha determinado en tanto tales; su apoyo, su forma primera, las modulaciones subterráneas o superficiales de esa forma por la historia de las imágenes. No busco en todo ello la descripción prosaica de un fenómeno que se agotaría en su manifestación sensible y que uno creería explicar hablando de material y fabricación; busco lo que permanece como la aspiración primera y última del cine en tanto medio: el afecto y el pensamiento, indisociables. He allí en pocas palabras la aspiración, paradójica, en parte incierta, de este libro: preguntarse de qué están hechas esas cosas enigmáticas que llamamos las imágenes de una película. Y preguntárselo no como el químico satisfecho con la identificación de partículas y elementos, sino más bien como el biólogo que sabe que, luego de esta identificación, todavía queda en pie el misterio de la vida. 


Jacques Aumont,
"Preambulo. Prolegómenos a la materia",
Materia de imágenes, redux