Botonera

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23.10.19

XV. NOVEDAD: "MUÑECAS. EL TIEMPO DE LA BELLEZA Y EL TERROR", Mariel Manrique (coord.), Shangrila 2019





Venecia sin ti
La danza en Il Casanova di Federico Fellini
(Federico Fellini, 1976)

Mariel Manrique



Casanova



Querido Giacomo: 

Venecia está enferma.

Papá no te quería. Lo aburrías hasta la náusea. 

Primero se comprometió a filmar tu vida y después leyó dos veces los doce volúmenes de tus Mémoires, un interminable “océano de papel” que no veía la hora de terminar, un “árido registro de hechos amasados con rigor estadístico, de inventario meticuloso, escrupuloso, irascible, ni siquiera demasiado mentiroso”. “Ni siquiera demasiado mentiroso”, ¿te das cuenta? Te creías el rey del exceso y papá comparaba tu inventario de hazañas con un listado telefónico y lamentaba tu falta de exageración, a él que le gustaba tanto. No le parecías suficiente, pese a la furia de la Inquisición, tu memorable fuga de la cárcel y tu larguísimo exilio. Decía que habías vagado por el mundo y era como si nunca hubieras salido de la cama. Que habías vivido bajo hielo. Que tu vida era una “anti-vida”. Salió en tu búsqueda a esos lugares que le parecían más confiables que un libro de memorias o una investigación histórica de época. Fue a ver al mago y vidente Gustavo Rol, su médium personal, a su casa de Turín. Dicen que lo contactaste, que le dijiste “Sr. Carlo Goldoni” (era lógico, hablabas a tres siglos de distancia) y que le dejaste una tarjeta de visita en el bolsillo, con un par de consejos sexuales: “Nunca de pie. Nunca después de comer”. En fin. A papá, además de la hipérbole, le encantaban ciertos intermediarios. 

Papá te despreciaba. Eras un hombre que no había nacido todavía, sepultado en el vientre materno, imaginándose una vida que nunca vivió. Te filmó como a “un zombi, una marioneta fúnebre”, sin ideales ni puntos de vista, rodeado de “formas que se configuran en volúmenes, perspectivas escandidas con sobrecogedora repetición hipnótica. Formas vacías que se articulan y se desarticulan” (como yo), “una fascinación de acuario, un olvido de profundidad marina, donde todo es completamente plano y desconocido”. Aunque nos moviéramos, los dos estábamos en punto muerto. Teníamos la lujuria de un casquete polar. “No hay personajes ni situaciones, no hay premisas, desarrollos ni catarsis”, dijo, inspirado, papá. Solo “un ballet mecánico, frenético y sin finalidad, de museo de cera electrizado”. “Casanova-Pinocho”, agregó, airado. Qué suerte que ya no estás para contradecirlo. Hablaba de tu “mirada vítrea” que resbalaba en la realidad y la anulaba sin intervenir. De tu corazón de liquen, seco.
Cuenta Hollis Alpert que papá te dio el rostro de Donald Sutherland porque le parecía el de un nonato que todavía flotaba en su placenta. Y que te dio su cuerpo porque te quería alto y erguido, como una erección andante. Papá no adulaba a sus actores. Para contar tu historia, se apoyó en el “vértigo al vacío”, al vacío total de tu vida inexistente. 

Venecia está helada. Venecia está grave.

Te dio una muñeca al final de tus días. Se apiadó. Te dio una doble. Una doble-autómata que, en lugar de perturbar tu posición, la replicaría. La muñeca compañera de un Giacomo muñequizado. De un Pinocho. Ninguno de los dos tendría que morir para que el otro lo sobreviviera, como lo impone la lógica del doble. En el fondo, éramos iguales y podríamos vivir juntos. No te espantarías ante lo que descubrieras, en mí, de lo que eras tú. Éramos lo mismo. No te arrojarías, desesperado, a la laguna. A mí me diste un poco de pena, y también un poco de ternura. Porque sé lo que es no-vivir así [...] 











   



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