Botonera

--------------------------------------------------------------

11.12.19

II. "LA PUESTA EN IMÁGENES. CONCEPTOS DE DIRECCIÓN CINEMATOGRÁFICA", Josep M. Català Domènech (Shangrila, 2019)




PRÓLOGO A LA NUEVA EDICIÓN


Ciudadano Kane (Orson Welles, 1941)


Es bastante común oír a los escritores decir que no vuelven a leer sus libros, o a los cineastas que no quieren examinar de nuevos sus películas una vez estrenadas. Hay como un miedo secreto a verse reflejado en las obras y comprobar que el tiempo las ha llenado de defectos dispuestos a poner al autor en evidencia. Posiblemente, se trate de una cuestión privada que afecta más a ese autor que a sus lectores, sean del tiempo que sean. Sin embargo, esta misma sensación tuve yo cuando me enfrenté a la idea de volver a publicar La puesta en imágenes, un libro que, según he podido ir comprobando a lo largo de los años, tuvo una cierta repercusión en el ámbito de la enseñanza del cine, incluso una vez agotada la primera edición. 

No deja de ser problemático regresar a un escrito antiguo y pretender que nada ha cambiado. La última vez que quise reformar un libro mío publicado años antes, acabé escribiendo otro completamente nuevo sobre el mismo tema, ante la imposibilidad de maquillar las antiguas ideas. El tiempo es implacable y quizá lo mejor sea reconocerlo, ajustándose a lo que uno piensa en cada momento y olvidándose de lo anterior. He escrito mucho sobre cine y he descubierto demasiadas formaciones nuevas de este desde que escribí La puesta en imágenes como para pretender que la perspectiva que empleé en su primera edición tiene la misma consistencia que tenía en su momento. También el cine ha cambiado en este período. Por todo ello, si bien me pareció que estaba fuera de lugar limitarse a hacer una reedición sin cambio alguno, no era fácil decidirse entre escribir un nuevo libro sobre la dirección cinematográfica o revisar el antiguo. Y si se trataba de revisarlo, ¿hasta dónde llevar la revisión?

Pensándolo bien, me di cuenta de que, desde la perspectiva de la poética del cine clásico, los planteamientos fundamentales del primer escrito seguían siendo válidos, sobre todo como base de una enseñanza del cine comprometida con el pensamiento del medio. Siempre cabía la posibilidad de escribir otro libro sobre el tema, teniendo en cuenta la estética actual, pero ello no solo no anulaba la validez de lo dicho antaño, sino que además tampoco justificaba que tuviera que dejar de decirse, es decir que tuviera que arrinconarse en pro de la novedad. Al fin y al cabo, para hacer cine actual no está de más saber dónde tiene la febril estética contemporánea sus raíces. 

Asumiendo, pues, esta perspectiva, era necesario plantearse hasta qué punto La puesta en imágenes podía ser modernizada sin comprometer su estructura fundamental. Es obvio que no son las obras en sí las que cambian con el tiempo, sino que somos nosotros quienes lo hacemos, quienes pensamos de forma distinta y tenemos la tentación de hacernos decir lo que no dijimos en su momento. Este error, que estuve a punto de cometer con el otro libro que he mencionado, con este ni se me ha ocurrido planteármelo: no era una cuestión de puesta al día. Como digo, creo que lo que se expone en el original sigue teniendo su validez, aunque ahora lo expresaría quizá de otra manera y ampliaría muchos de sus presupuestos. Ya lo mencioné en el prólogo a la primera edición: el libro lo escribí cuando empezaba a enseñar la asignatura de dirección cinematográfica en la Universitat Autònoma de Barcelona, intentando buscar una manera distinta de explicar el cine, para que los alumnos no tuvieran la sensación de que se repetía en mi curso de cuarto lo que al respecto habían estado escuchando a lo largo de la carrera. En mis clases fui ampliando a lo largo del tiempo las ideas iniciales del libro, con nuevos ejemplos y enfoques más afinados de los problemas expuestos. Quizá se trababa, por tanto, de ajustar a ellas el libro inicial. 

En esta edición, me he limitado –es un decir– a limar algunas asperezas de la expresión, inconveniencias que ahora soy más capaz de detectar, y a corregir errores de apreciación, fruto del atrevimiento inicial y de una pericia menos ajustada que la presente. También he ampliado algunas explicaciones. Asimismo, he modificado determinados ejemplos para hacerlos más comprensibles y he añadido otros que contribuyen a la clarificación de lo expuesto. Todo ello, con la intención de aclarar las ideas e incrementar así su utilidad tanto pedagógica como reflexiva. Sigo pensando, y ahora con más convicción que antes, que el cine es un dispositivo para pensar en imágenes y que en él tiene la cultura del siglo XXI su mejor aliado. Puede decirse que todo cuanto he expuesto en mis posteriores escritos sobre el tema tienen en La puesta en imágenes su formulación básica: ahí se encuentran, creo, los fundamentos del nuevo vocabulario audiovisual que ahora se expande en todas direcciones, no sin una considerable dosis de desconcierto. Visto con la perspectiva de los años, se diría que el libro fue en su momento un ejercicio de neoclasicismo que pretendía ordenar la apasionante deriva neobarroca en la que ya entonces nos encontrábamos. Pero quizá los nuevos lectores adviertan ahora que, tras ese pretendido planteamiento neoclásico, se encontraba ya la clave de la contrapartida compleja que tiene en el cine –clásico, moderno o posmoderno– su fundamento. Leído así, el libro adquiere un renovado interés y se convierte en una guía que no ha perdido actualidad. 

Por otro lado, sigue vigente, en una época tan transmediática como la nuestra, la necesidad no solo de establecer puentes entre los diferentes medios de expresión, algo que la cultura del ordenador ya promueve por su cuenta, sino de facilitar reflexiones en torno al fenómeno. Situar el cine en contacto con otras artes, que fue una de las novedades del libro, sigue siendo una empresa absolutamente necesaria. 

Finalmente, quisiera dar las gracias, en primer lugar, a Jesús Rodrigo y a todo el equipo de Shangrila por haberse animado a emprender esta recuperación. La labor de la editorial Shangrila en favor de la reflexión cinematográfica es extraordinaria e incluso podría decirse que titánica en un momento en que los estudiantes de cine parecen abandonar la lectura como necesaria antesala a sus experimentos creativos. Sin embargo, la pervivencia de la editorial nos permite ser optimistas al respecto, puesto que al parecer todavía hay suficientes lectores, o estudiantes sensatos, capaces de darse cuenta de que cualquier labor creativa debe estar fundamentada en un imaginario personal bien estructurado y una sensibilidad convenientemente aquilatada. Ello no se consigue si no es frecuentando la teoría y el visionado de los clásicos como motores de la reflexión personal. Si se reclama la vigencia de un canon literario –tan ampliado como se quiera con las nuevas sensibilidades– para la salud de la cultura, no debe olvidarse, como se acostumbra a hacer, que, en nuestro entorno audiovisual, es igualmente imprescindible el conocimiento de un canon cinematográfico que vaya más allá del inmediato interés de cada cual, alimentado muchas veces por una cinefilia de corto alcance. La cinefilia es muy recomendable, pero solo si sirve para posteriores intereses intelectuales. De lo contrario, no supera el mero coleccionismo.  

También quisiera recordar en este momento a Josep Lluís Fecé, antiguo director de la colección Paidós Comunicación Cine, quien en su momento me dio la oportunidad de publicar la primera versión de este libro. Una obra que no era estrictamente un manual ni una reflexión teórica, sino que combinaba ambas formulaciones, requería un editor que, además de ser sensible e inteligente, tuviera valentía. Le agradezco, pues, ese primer gesto de confianza, esperando que los resultados de esta nueva versión lo sigan justificando. 
Barcelona, junio de 2018 








   



No hay comentarios: