Botonera

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20.2.20

IV. "UN PROYECTOR EN FINISTERRE. CINE Y DEMOLICIÓN", Mariel Manrique, Shangrila 2020




Anticristo


[...] Un niño trepa a una silla, alcanza una ventana, cae al vacío filmado por la cámara lenta del desastre, arropado por la nieve nocturna y acompañado por un animal de tela. Su madre alcanza a contemplar esa caída, desde el puño irresistible de un orgasmo. Los ojos que miran al niño que cae no son los de una madre. Son los de una hija del bosque. No es el idílico bosque griego de Diana cazadora sino el laberinto de trampas y peligros donde empiezan y acaban los cuentos infantiles. La espesura reverenciada pero también condenada y temida por los puritanos que descendieron del Mayflower. El espacio salvaje que la cultura no ha podido ni podrá colonizar jamás. Allí no viven las hadas, las magas o las sibilas sino las hechiceras que guardan el secreto de los brebajes y las pócimas: es la cartografía impenetrable de las Circes locas. La savia es un elixir, destilado como el canto de sirenas que hubiera podido enloquecer a la tripulación de Ulises. Allí las brujas tejen su hermandad, gobiernan la meteorología, queman los códigos de las buenas costumbres y liberan la carne del canon asfixiante de la mortificación y la culpa. Dicen que allí las brujas se comen a los niños en el clímax del aquelarre. Pero eso no es cierto.

Cuando la madre trabaja su orgasmo para alcanzar la cima, no es una madre sino una mujer. Todas las especies retroceden, sin atreverse a pisar el círculo donde un único cuerpo entra en combustión. No hay oposición de roles. Todas las categorías se han disuelto para que la carne se estremezca y reine, desconectando los circuitos cerebrales. La témpera impregna la tela y borra el número. La cara del número es desfigurada por la témpera, como si fuera un ácido. Quien goza se olvida hasta de sí mismo; no podría balbucear las letras de su nombre propio. Si gozar es tensar y derramarse, quien goza no sabe sujetarse ni logra sostenerse; no puede ser un órgano ni una extremidad; no puede ser la mano que sujete y sostenga a un hijo. El sexo es el bocado que el obispo busca comerse y clausurar, censar y detener en las nomenclaturas de su templo. La serpiente roza, zigzagueante, los ropajes de los envarados cancerberos del orden. El sexo lleva el nombre de Eva, la modesta criatura hecha de la costilla de Adán pero capaz de provocar la expulsión del paraíso. Eva ríe y se apropia de una manzana. La policía dicta las sagradas escrituras y los escribas hacen, de la risa y una fruta, una catástrofe.







Anticristo


Cuidado, padre que lloras a tu hijo e intentas comprender las fases del duelo inconsolable de su madre. No debieras tomar notas de su conducta. No debieras dibujar una pirámide (esa obra formidable de la frágil arquitectura humana) confiado en pesquisar sus síntomas y detectar, en forma ascendente, la causa evasiva de sus terrores. En Anticristo (Antichrist, Lars von Trier, 2009), el padre estaba más cerca del orgasmo que de la ventana desde la que cayó su hijo. ¿Por qué el padre actúa, en Anticristo, como si jamás hubiera estado en esa habitación en la que todo se hizo pedazos en el tiempo que dura un aria de Handel? Porque el padre es el logos. La soberbia del logos no tendrá perdón.




Anticristo


La bruja es la sacerdotisa de la naturaleza. En 1527, Paracelso declara en Basilea haber aprendido todo lo que sabe acerca de medicina en los libros “negros” de las brujas, expertas en la administración de belladona e iniciadas en los enigmas del herbolario. ¿Qué víctimas más propicias para las brutalidades de los dominicos, los parlamentarios y los jueces laicos, con su arsenal de suplicios especiales? Bienvenidos a la horrenda literatura de la brujería, jalonada de látigos, martillos, torcecuellos y horcas. La soberbia del logos no tendrá piedad. 

Cuidado, porque a las brujas nada puede detenerlas (como nadie puede detener los ciclos de las estaciones), excepto ellas mismas. Porque en cada platillo de la balanza donde una bruja sea pesada por el Inquisidor nacerán dos brujas. Y cuando el espectáculo haya terminado, en cada pira inquisitorial donde una bruja haya ardido para satisfacción del público el viento soplará y hará dos brujas, modeladas con las cenizas de la ausente [...] 


Anticristo





   



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