Botonera

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22.4.20

II. "CLARICE LISPECTOR. ALGUIEN DIRÁ MI NOMBRE", Isabel Mercadé (coord.), Shangrila 2020


La manzana de Clarice

Olvido Marvao


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Hincar el diente a la literatura de Clarice es una tarea compleja, depende siempre del momento, la estación y el tipo de manzana que se elija comer. Cada lector acude a ella de forma desigual y por eso digiere sus historias de formas diferentes. Y es que su escritura parte de un núcleo central hermético, al que envuelve un tejido a veces inescrutable. Nunca se puede llegar a él por completo aunque sea fácil, pero doloroso, marcar frases geniales, que ahora todos repiten, quedarse involuntariamente con imágenes sublimes o perderse en digresiones como redes, pero nunca llegamos a poder explicar qué hay en el mismísimo centro de la escritura de Clarice porque es pura filosofía.

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Se ha teorizado mucho sobre su escritura, incluso voces muy cualificadas y potentes han intentado reducir su escritura a un concepto, encuadrarla en una escuela, en algún movimiento concreto. Pero sin éxito. Se tendría que escribir al tiempo que se leen sus textos para poder intentar expresar algo aproximado en el mismísimo instante en el que el estómago se da la vuelta o el lector queda paralizado en una frase. Qué pensaría al apagar la luz, cuando sus ojos quedaban abiertos buscando ese soplo inmediato del pensamiento donde la semilla fructificaría en tinta a la mañana siguiente.  Alguien que aseguró 'vivir entre comillas', como si ella misma fuese una cita, quizá saltara de la cama para intentar atrapar la fragilidad temblorosa de otro estremecimiento que habría volado junto con la certeza de saber que no va a llegar a tiempo para expresarlo en un papel.

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Leer a Clarice es un temblor en el centro del pensamiento [...]










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