Botonera

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23.4.20

III. "CLARICE LISPECTOR. ALGUIEN DIRÁ MI NOMBRE", Isabel Mercadé (coord.), Shangrila 2020




Una vida que no cesa de inscribirse como exceso entre la letra y el cuerpo de la autora o lo que hace excepción
en el "caso" de Clarice Lispector

Eleonora Cróquer Pedrón



[...] A la luz de estas consideraciones, independientemente de lo que podría atribuirse a cierta inclinación conservadora y obsoleta a interpretar la obra del autor en clave biográfica, que Roland Barthes cuestionara con severidad en 1968 a favor de la consolidación de una nueva crítica, y/o más allá del apego entre institucional y sentimental a la persona del autor, puesto en cuestión por Michel Foucault en su lección inaugural de 1969, “¿Qué es un autor?”, donde lo concibe como una función reguladora del discurso en Occidente, considero que sería posible pensar la autoría distinta que el “caso” de Clarice Lispector registra como excepción, precisamente a partir de ese anudamiento entre la escritora y la escritura. Y pensar, asimismo, que en la “verdad” de ese anudamiento se cifra lo que en definitiva no cesa de inscribirse en su nombre como un “exceso”. Un “exceso” que, más del orden de lo “real” que del de lo simbólico, vuelve porosa la distancia que media entre el autor y el discurso, transita entre ambos y los contamina por igual. O, más precisamente: un “exceso de vida” que, como apuntan Gabriel Giorgi y Fermín Rodríguez, desafía “lo que nos constituye como «humanos» socialmente legibles y políticamente reconocibles” (2007: 11). Pero de una “nuda vida”, según la concibe Giorgio Agamben (2006): una pura “zoe” desasida de las identificaciones que a partir de la temprana modernidad aseguran el control biopolítico de los sujetos y los modos de su gobierno. O de “una vida”, apenas, como esa que Gilles Deleuze (2007) desvincula del individuo en que podría realizarse y ubica en el plano de la “inmanencia absoluta”, del puro devenir de lo vivo, por encima de cualquier programa estético-ideológico y al margen de toda pretensión autobiográfica:

[…]

En la literatura y el arte, este “exceso de vida” perturba las formas naturalizadas de la expresión —o los usos simbólicos y semióticos del lenguaje— con el discurrir de las fuerzas que la tensionan liberadas de cualquier relación de objeto y de toda organicidad. Esto es: de esa energía desterritorializadora que, entrando y saliendo del texto por cuyos orificios discurre, determina su devenir minoritario, y su consecuente potencia revolucionaria, en el seno de una literatura [o de un arte] mayor (Deleuze y Guattari, 1990: 31). Esa que Deleuze y Guattari reconocen en el caso de Kafka y en las líneas de fuga que circulan de manera experimental en la maquínica superficie de expresión y experiencia, y acerca de la cual aseveran: “vivir y escribir, el arte y la vida no se oponen más que desde el punto de vista de una literatura mayor. Incluso cuando muere, Kafka es atravesado por un flujo de vida invencible, que le viene tanto de sus cartas, cuentos, novelas, como de su inacabamiento mutuo por razones distintas, comunicantes, intercambiables” [...]










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