Botonera

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24.4.20

V. "PARA RONDAR CASTILLOS", José Luis Márquez Núñez (coord.), Shangrila 2020



La fragilidad de la fortaleza
Carmen Pinedo Herrero




El desierto de los tártaros, Valerio Zurlini, 1976


Nadie tenía hoy, dijo Austerlitz, una idea siquiera aproximada
de la desmesura de la literatura sobre
la construcción de fortificaciones, del carácter fantástico de los cálculos geométricos, trigonométricos y logísticos en ellos recogidos y de los hipertróficos excesos del lenguaje especializado del arte de la fortificación y del asedio.

W. G. Sebald, Austerlitz


Inexpugnable, dicen. Vamos, no exageremos. El castillo es un alarde, un exceso inútil, una ficción de piedra, de madera. Sus murallas se ofrecen, casi suicidas, a los embates de una artillería que siempre se adelanta, en su constante y rápida innovación, a la rígida inmovilidad de lo que fue construido con vocación de ruina. Su propio carácter defensivo lo condena, aunque solo sea como posibilidad, a la reclusión, el asedio, el hambre, el miedo, la derrota. Temor, vigilancia y precauciones se hallan dentro; el enemigo está fuera. En cualquier momento se puede producir el esperado ataque de los tártaros. Si es que existen.

El aspecto de algunas fortalezas es imponente. No nos dejemos embaucar, sin embargo, por lo que no es más que pura bravata arquitectónica. Poco a poco, la edificación se sumerge en la naturaleza, consiente que esta la penetre y, al fin, difuminados sus perfiles, sus trazos confundidos, se diluye en el ámbito de lo mineral y lo vegetal. A la violencia de la guerra se suma otra mucho más poderosa: la del tiempo. Perdurar es cuestión de fortuna. Y de esfuerzo.

Castillo. Naturaleza. Tiempo. Conviene erigir la fortaleza en lugares solitarios y abruptos: que la obra se confunda con el farallón donde enraíza, que se asome a un acantilado o ciña sus piedras la frondosidad del bosque. Los requisitos imprescindibles son la estrecha relación con la naturaleza –una naturaleza que, al mismo tiempo, el castillo refuta inútilmente–, y que se trate de paisajes de lo heroico, de lo sublime. Un castillo pintoresco por su ubicación o por su estampa tiene algo de fallido, puesto que no se trata de deleitar ni de ofrecer un emplazamiento agradable para celebrar simpáticas meriendas campestres, sino de imponer, sobrecoger, disuadir, amedrentar.

Y si alguien va allí a merendar, que se atenga a las consecuencias.


Los nibelungos, Fritz Lang, 1924


En ocasiones, no es fácil discernir qué corresponde a la fortaleza natural y qué a la artificial. Pero no es esta la única dificultad de percepción que ofrece el castillo. Lo imaginamos como una unidad sólida, compacta, cuando en realidad se trata del producto de una suma de elementos diversos: barbacanas, foso, liza, murallas cortina, adarve, patios, torres, hurdeles, matacanes, parapetos, puentes, talleres, granjas, casas de los trabajadores y en ocasiones también de los aldeanos acogidos en el recinto fortificado. Lugar de lugares, el castillo se despliega como un laberinto dispuesto en lo concéntrico: defensa tras defensa hasta alcanzar la camisa que ciñe la torre del homenaje, casa del señor. Los distintos espacios y cuerpos arquitectónicos, la confluencia y superposición de estilos, las ampliaciones, destrucciones, restauraciones y remozamientos dibujan el complejo trazado de la fortaleza.



Tránsito en espiral, Remedios Varo, 1962


“El todo está constituido de círculos concéntricos. Cada círculo acoge, junto a otro, una reproducción exacta del círculo precedente. Es fácil, así, no darse cuenta de la existencia de los círculos”, escribe Roberto Calasso. Y Giorgio Agamben nos recuerda que lo que “cambian no son las cosas, sino sus límites”: esos límites que el agrimensor de El castillo quiere abolir, subvertir. Un asalto al límite. Las murallas son derribadas. Pero aún no: todavía tienen que permanecer en pie, aunque sea de forma precaria, hasta que terminemos de escribir este texto. Nos queda algo por decir acerca de la difícil percepción del castillo [...]




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