Botonera

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9.5.20

XXXI. "PARA RONDAR CASTILLOS", José Luis Márquez Núñez (coord.), Shangrila 2020



Con Kafka, en el pabellón de las geishas.
Los espectadores se quedan petrificados cuando pasa el tren
José Luis Márquez Núñez


Gem Theater, Ed Freeman


Ir al cine no es solo una forma de ver películas...
Hay todo un ritual: salir de casa, ir al bar a tomar un café
antes de sumergirse en la oscuridad para ver las sombras de hombres
y mujeres moviéndose en la pantalla. El cine es la aventura...

Marco Ferreri, 1974


En 1966, a propósito de un agradecimiento a Henri Langlois, centinela del cine y uno de los fundadores de la Cinemateca Francesa, Jean-Luc Godard escribía: “También es aquí, en este cine de barrio, donde cada domingo los niños vienen a confrontar su juventud con la de las obras maestras. Y si Proust pasara por aquí, no dudaría en reconocer a Albertine y Gilberte entre las muchachas sentadas en primera fila, añadiendo así un nuevo capítulo al Tiempo recobrado”; sin pretenderlo, ni buscarlo, el autor de Elogio del amor (2001) bien establecía una poética correspondencia, la impronta fantasmal, con lo dicho por Franz Kafka en una carta a Max Brod, el 22 de agosto de 1908, 58 años antes: “... lo único que puedo decir con certeza es que todavía tendremos que ir juntos durante mucho tiempo al cine, al pabellón de máquinas y a ver a las geishas antes de comprender lo que significará este asunto no solamente para nosotros sino también para el mundo”. En el sentir de Godard, la sala cinematográfica ha sido siempre una casa, un hogar, en el que conviven tal vez no en la misma habitación, pero sí bajo el mismo techo, Ulmer, Griffith y Dreyer, porque “el cine abre, muestra y acoge”. En tanto, a sus 25 años Kafka se descubría cinéfilo entusiasta; en el deambular de una sala a otra el entonces temprano escritor sabría escudriñar el brío y la médula de un arte fílmico apenas naciente, y conmueve que en esa lid jamás sospechara cuánto del ánimo kafkiano seguiría y continúa nutriendo al cine mismo. Ese primer ligue o conquista se consigna en el hermoso libro Kafka va al cine (1996; primera edición en español, en 2008), de Hanns Zischler, entre otras, el también actor y compañero de ruta de Rüdiger Vogler en El curso del tiempo (1976), de Wim Wenders, película de la errancia y de la constancia del cine como experiencia trashumante (según Godard: “una película no es nada si no se proyecta, y el hecho de proyectarse es un movimiento; la película no está en el aparato de proyección, ni sobre la pantalla, es una especie de movimiento en el que se entra”) [...]


Franz Kafka, según Piotr Dumala




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