Botonera

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18.6.20

II. "LA RESPUESTA A LORD CHANDOS", Pascal Quignard, Valencia: Shangrila, 2020



1. EMILY, A LA SOMBRA DEL CAMPANARIO DE LA IGLESIA DE SAINTE-GUDULE

Emily Brontë


En 1842, en Bruselas, en la calle Isabelle, cuando enseñaba en el internado Héger, Emily Brontë no alzó nunca los ojos hacia los otros profesores. Solo apareció una vez en la sala reservada a estos; la crisis la ansiedad que se apoderó de ella fue tal que no volvió a poner los pies allí. Se la observaba con atención mientras comía sentada a la mesa del refectorio, giraba la cabeza por la vergüenza, presa de un terrible temor, cuando en Inglaterra, en Yorkshire, ella no tenía miedo de nada; cuando, abandonada a sí misma, recorría los páramos en compañía de su perro y de su azor; cuando se topaba con vagabundos y se cruzaba con locos. Jamás se atrevió a dirigirle la palabra a sus compañeros si se daba de bruces con ellos en los pasillos y cuando se metían con ella en el curso de una discusión; Emily bajaba rápidamente la cabeza. Tampoco miraba nunca a los estudiantes a los cuales enseñaba literatura inglesa y música. Emily hablaba un francés muy bonito y ceremonioso. Ocultaba las manos en la gruesa tela de su falda. Por las noches, temblaba, extranjera entre los extranjeros, encogida entre la cortina del dosel de su cama y los pequeñísimos azulejos de la ventana, que daba al armario y a la cabecera de la cama. Hundía la cara en la almohada de plumas un tanto punzantes y durante largo tiempo lloraba en silencio. Por las mañanas, con las barras de cobre clavándosele en la espalda, escondida tras la cortina, protegida por su pantalla, con el primer rayo de sol, recostada contra su almohada, leía a la sombra que proyectaba el campanario de Sainte-Gudule. Cuando su hermana le preguntó si aquello le parecía bien, si aquella vida le resultaba soportable, a pesar de todo se limitó a responder: «Me alegro de tener una cortina en mi cama».

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Al clavecímbalo, Emily Brontë interpretaba a Jean-Philippe Rameau.
A veces adaptaba para su mano, aclarándolas, desliéndolas un poco, las antiguas melodías de Händel, para hacerlas a la vez más fáciles de interpretar, más cómodas de memorizar, más conmovedoramente reconocibles.
Antes de decidirse a interpretar una partitura, cualquiera que fuera, sentada a la mesa del salón de monsieur Héger, la escuchaba en su cabeza. Sus manos, aunque nadie las viera moviéndose, tocaban un teclado imaginario. Después ella escribía las digitaciones sobre todas y cada una de las notas de la partitura.
En el internado Héger, Emily ni siquiera se atrevía a mostrar a sus alumnos, al final de clase, la pieza que les había pedido que se aprendieran para la siguiente lección.
Empezó a esconder las manos en las mangas de su chaleco de lana, o a deslizarlas bajo los extremos o las solapas de su corpiño [...]




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