Botonera

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22.6.20

III. "LA FORMA DE UNA CIUDAD", Julien Gracq, Valencia: Shangrila 2020



Nantes



La forma de una ciudad cambia más rápido, es sabido, que el corazón de un mortal. Pero, antes de dejarlo tras ella preso de sus recuerdos –atrapada como se halla, como lo están todas las ciudades, por el vértigo de metamorfosis que es la marca de la segunda mitad de nuestro siglo– sucede también, sucede más de una vez, que, ese corazón, ella lo haya cambiado a su manera, nada más que sometiéndolo todo nuevo a su clima y a su paisaje, imponiéndole, tanto a sus perspectivas íntimas como a sus ensueños, el esbozo de sus calles, de sus bulevares y de sus parques. No es necesario, es incluso sin duda poco importante, que uno haya vivido verdaderamente en ella. Con mayor fuerza, tal vez de forma más duradera, ella actuará sobre nosotros si se ha mantenido, en parte, secreta; si uno ha vivido allí, por alguna condición singular, sin tener verdadero acceso a su intimidad familiar, sin que nuestro deambular a lo largo de sus calles haya participado jamás de la libertad, de la maleable soltura del callejeo. Por haberse prestado sin facilidad, por no haberse jamás entregado del todo, quizás la ciudad, como una mujer, haya ceñido más prieto el hilo de nuestra ensoñación; quizás haya señalado mejor con sus colores los caminos del deseo.

Habitar una ciudad es tejer a través de sus  idas y venidas diarias una red de recorridos generalmente articulados alrededor de algunos ejes conductores. Si uno deja de lado los desplazamientos relacionados con el ritmo de trabajo, los movimientos de ida y vuelta que conducen de la periferia al centro, luego del centro a la periferia, está claro que el hilo de Ariadna,  idealmente desplegado tras sus pasos por el verdadero ciudadano, adquiere en sus circunvoluciones el carácter de una madeja irregular. Todo un complejo central de calles y de plazas se encuentra allí  atrapado en una red de idas y venidas en forma de tupidas mallas. Las peregrinaciones excéntricas, los extremos situados fuera de este  perímetro familiarmente encantado, son relativamente poco frecuentes.

No existe ninguna coincidencia entre el plano de una ciudad que  consultamos al desplegarlo y la imagen mental que de ella surge en nosotros al evocar su nombre, el sedimento depositado en la memoria por nuestros vagabundeos cotidianos. El París que yo viví de estudiante, el que he habitado en mi madurez, ocupa un cuadrilátero apoyado al norte en el Sena, y bordeado al sur casi en toda su longitud por el bulevar Montparnasse: todo alrededor de ese corazón, que mis devaneos reactivan día tras día,  unos anillos concéntricos cuya animación solo decrece para mí, son ganados, hacia la periferia, poco a poco, por la atonía, por una indiferenciación casi total. Son las moradas centrales del laberinto las que ejercen sobre el hombre de la ciudad su magnetismo; son estas las que él revisita indefinidamente, mientras que el contorno tiende únicamente a figurar una pantalla  protectora, una capa aislante cuya función es proteger el capullo habitado,  prohibir toda ósmosis entre las campiñas próximas y la vida puramente urbana encerrada en el reducto central.

No es así como yo he habitado Nantes [...]



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