Botonera

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5.6.20

III. "LA MUERTE DE FRANCO EN LA PANTALLA", Nancy Berthier, Shangrila: Valencia 2020


Prefacio
El Faraón migratorio

Román Gubern





Nancy Berthier, acreditada ya como temprana y sagaz pionera de la exploración del imaginario franquista del cineasta José Luis Sáenz de Heredia, vuelve a zambullirse en este libro, y desde ángulos nuevos, en la cambiante iconografía de Francisco Franco, desde su ocaso biológico y su solemne entierro en 1975 en una tumba faraónica, hasta su tardío desentierro y re-entierro en territorio ajeno en 2019, cual eco distorsionado del ritual de una película de vampiros. El filón es rico en observaciones y valoraciones porque se trata de un tránsito desde un panteón megascópico  a un nicho pueblerino. Y, en este asunto, el tamaño sí importa. Por eso la autora se propone, en sus propias palabras, “reflexionar en torno a la muerte de Franco como evento”, proponiendo una cartografía mediática del mito. Y para ello acude a la evolución de la imagen pública, preferentemente pero no exclusivamente, en el ámbito audiovisual, de quien  fue “Caudillo por la gracia de Dios”.

En vísperas del desenlace biológico del general-tirano me conmocionó la iconografía de su última comparecencia pública, el primero de octubre de 1975, tras sus últimos fusilamientos de militantes antifranquistas; enfundado el pálido dictador en uniforme de gala pero protegido por gafas negras en función de máscara facial, alzando su mano temblorosa junto a la cohibida pareja de jóvenes príncipes y proclamando su estruendosa retórica vacía. Esta metamorfosis obscena del Caudillo invicto en tirano senil constituyó una instantánea política precisa del derrumbe de un armazón asentado en una épica de cartón-piedra. Muy pronto llegaría la secuencia de alarmantes partes médicos sobre su precaria salud. Hasta su muerte física, que había sido anticipada gozosamente, entre otros, por la fecunda pluma de Max Aub.

A partir de entonces el llamado “galán del NO-DO” se convirtió en un fantasma mediático, en una ausencia escópica, en un elocuente “fuera de campo” en la sociedad de la imagen, porque en la iconografía oficial se impuso el ritual de la muerte y el solemne entierro del dictador en el Valle de los Caídos, el monumento faraónico que el general  había hecho erigir en Cuelgamuros a sus cautivos políticos, y en este punto se inicia la perspicaz reflexión de Nancy Berthier, con documentación abrumadora y agudas y pertinentes observaciones, porque su reflexión se remonta a lo que se llamó desde 1975 “cine disidente”, que se inició en formatos de Super8, 16 mm y  vídeo, antes de saltar a los canales públicos. Fue en este clima fúnebre cuando José Luís Sáenz de Heredia, primo del protomártir José Antonio Primo de Rivera y director de la emblemática Raza (1941), trató de poner en pie el filme hagiográfico, El último Caído, un “poema documental” que topó con el cambio de ciclo político, como explica puntualmente la autora.

Con el asentamiento de la muerte de Franco en la memoria colectiva su reelaboración mediática resultó inevitable, como lo fue en la emblemática  y copiosa serie  de TVE Cuéntame cómo pasó (20 de diciembre de 2007), o en las evocaciones de Albert Boadella (¡Buen viaje, Excelencia!), o Roberto  Bodegas (20-N. Los últimos días de Franco), entre otros.

Pero, como ocurre en muchos cuentos infantiles, el malvado del relato conoció un cambio de destino. Después de muchos forcejeos jurídicos y políticos, frente al obstruccionismo de su familia y de la cúpula eclesiástica del Valle de los Caídos, el tirano fue desahuciado de su suntuoso Shangri-La fúnebre y degradado al prosaico y pueblerino cementerio de Mingorrubio. Pero ello no evitó que en el imaginario colectivo de quienes padecieron su dictadura perviviese como fantasma, momia, zombi, espectro,  ectoplasma o sombra, es decir, como una figura siniestra, en el sentido que Freud dio a ese término (unheimlich), y así fue desacralizado y satirizado, como recuerda la  autora, en el programa cómico “Polònia” del canal catalán TV-3. Su mito faraónico se había reducido finalmente  a cenizas en una oscura esquina de la historia. 








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