Botonera

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26.6.20

IV. "JULIEN GRAQ", Jean-Louis Leutrat, Valencia: Shangrila 2020



Julien Gracq



Mas callemos: lo que sé es mío, y cuando
esta agua se vuelva negra, poseeré la noche
entera con el conjunto íntegro
de estrellas visibles e invisibles.

Paul Claudel, Conocimiento del Este





Caminos 

Hay un título de una obra del geólogo alemán Eduard Suess, Das Antlitz der Erde [La faz de la tierra], que «siempre fascinó» a Gracq, que empleó la expresión en incontables ocasiones. (73) Esta «faz de la tierra» que Gracq acarició tan amorosamente comprende sus lugares predilectos: el Flandes holandés, el bosquecillo, otro laberinto («cada recodo del camino conduce a una puerta cauta, y detrás de ti otra puerta se cierra. Paisaje atravesado como una casa compleja, una habitación tras otra: todas las puertas dispuestas en zigzag, y jamás dos cercas una frente a la otra» [La península]), la meseta volcánica de Salers, los altiplanos volcánicos de la región de Aubrac y el macizo de Cézallier «a lo largo de los cuales caminamos como si fueran un mar de la Luna», las regiones de Sologne, la Landas, la Bretaña… El primer contacto del escritor con Venecia crea un lazo muy estrecho que quedó intacto con el paso del tiempo: Gracq frecuenta los Fondamente Nuove para experimentar la sensación de «una deriva atrayente a lo largo de siglos muertos hacia las encalladuras de la no-duración» (Roma. En torno a siete colinas). Aprecia Madrid, de un «extraordinario desaliño monumental», y París «de principio a fin hechizado por su río, bordeado por niveles de piedra cual si fuera una piscina, sombreado por los árboles, enguirnaldado de hiedra y adonde, por un hilo de placer, parecen confluir todas sus calles lo mismo que las alamedas de un jardín veraniego conducen hacia el estanque» («Souvenir d’une ville inconnue»).

73. Principalmente en Capitulares: «Las carreteras de Castilla, donde por doquier se circula directamente sobre la faz de la tierra»; los escritores «que no saben sino aprehender los grandes movimientos de un paisaje, que sólo saben descifrar la faz de la tierra cuando ésta se desnuda». Asimismo, en Lettrines 2: «A mi alrededor, no sólo la forma de las ciudades ha cambiado, sino también la faz de la tierra»; en La península: «Cuando llevaba mucho rato conduciendo y escrutaba largamente la faz de la tierra…»; por último, en Leyendo «escribiendo» habla de «los rasgos de la tierra», etcétera.

Gracq procura deslastrar las ciudades de toda fuerza de gravedad, con lo que contribuye así al proyecto que deseaba Michel Butor de «acelerar el tránsito hacia un nomadismo lujoso y novísimo». No es de extrañar que Butor haga esto en unos textos que no pertenecen a ningún género concreto. Así lo dice Butor: «El poder absoluto del centro en relación con el espacio circundante hacía que, partiéramos del punto del que partiéramos, no había, en efecto, sino una dirección permitida, y ésta se traducía en los textos por su alineación, lo más fuerte posible. […] Si la novela, tal y como se ha desarrollado en los últimos siglos, es la expresión por excelencia de la gran ciudad clásica, lo que hoy en día debemos desarrollar son nuevas formas móviles y abiertas, anillos y redes, para los cuales los siglos pasados pueden procurarnos numerosos esbozos». (74) En Londres, el joven Louis Poirier descubre y experimenta aquello que se convertirá en su enfoque favorito del tejido urbano, «la deambulación indefinida y sin puntos de referencia» («Souvenir d’une ville inconnue»). Julien Gracq se forma de Nantes la imagen «de un nudo mal atado de vías radiales divergentes a lo largo de las cuales el fluido urbano fluye y se diluye en la campaña del mismo modo en que la electricidad se escapa por los extremos» (La forma de una ciudad). 

74. Michel Butor, «La ville comme texte», L’Art des confins: Mélanges offerts à Maurice de Gandillac, París: PUF, 1985, p.78.

Del árbol a Gracq le gusta la apariencia de los ramajes desplegados como un pulmón, es decir, no se trata ni de la raíz ni del tronco, sino de lo que más se asemeja a un rizoma. Los caminos en los mapas dibujan tales trazados. En cualquier caso, lo que se pone de manifiesto es su «tropismo de las lindes», que es, en primer lugar, de naturaleza erótica: «Encuentro el sentimiento agridulce —que el sueño a menudo nos restituye, pero que yo vivía entonces de un modo familiar— de una deriva aletargada, glacial, a lo largo de un vasto cuerpo viviente cuya respiración sentimos muy cercana, pero a la que un perverso sortilegio impide alcanzar» (La forma de una ciudad). Jean-Pierre Richard señala que en el viaje erótico gracquiano «la mujer constituye a la vez el destino y el camino: inmanente y transcendente respecto al deseo, a la vez poseída y atravesada, si se me permite decirlo, hacia ella misma, hacia su posesión siempre imposible, y es ahí donde, en la obra de Gracq reside el enigma del gozo». (75)

75. Jean-Pierre Richard, «À tombeau ouvert», Microlectures, París: Seuil, 1971, p.276.




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