Botonera

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27.6.20

V. "LA FORMA DE UNA CIUDAD", Julien Gracq, Valencia: Shangrila 2020





[...] deambulaba los días libres por las calles de Nantes codeándome, con total ingenuidad, con una masa endomingada, de la que me parecía que el ocio era su elemento natural, servida por las “criadas” agazapadas al fondo de las cocinas, alimentada y cuidada por manos diligentes que se afanaban en alguna parte, lejos de las miradas, en una clandestinidad de buena ley. Un amplio término medio social, que yo sentía vagamente que era el mío, que tocaba solo en un punto extremo con la riqueza, en otro con el trabajo servil, me parecía que poblaba la ciudad. Ninguna tensión era aparente, tampoco ninguna prisa: la actitud de cada paseante frente a los demás parecía más bien la de la benevolencia espontánea. Se veía entonces, mucho más que hoy en día, me parece, a los paseantes, desconocidos unos con otros, enredarse de pronto en una esquina de una acera en una de esas largas conversaciones exploratorias que una simple petición de información podía provocar, y en la que el estado civil respectivo, la edad, la profesión, la residencia, los lazos de familia, los servicios prestados en la guerra, las aficiones, los viajes, eran progresivamente comentados y puestos uno detrás de otro a desfilar. Esa masa humana resultaba ciertamente menos solitaria, menos fragmentada, menos negativamente orientada que hoy en día. Su tendencia natural era más a aglutinarse que a rechazar el contacto: una población de mini-rentistas eufóricos, disponibles, voluntariamente aptos para transformarse en curiosos. Sin embargo, dos veces al año –el martes de carnaval y el entierro de la sardina– yo percibía con intensidad, en la calle, la existencia de lo que la policía del Segundo Imperio llamaba clases peligrosas, a la vez inquietantes y sórdidamente atrayentes, singularizadas por sus maneras, sus canciones, y sobre todo por su lenguaje.

Una postal amarillenta, que representa el carnaval de 1923 en Nantes, me devuelve a la memoria las siluetas femeninas insólitas que, durante dos días, invadían entonces las calles, y cuyo encuentro desencadenaba en mí una poderosa turbación: toda la magia de la provocación femenina estaba allí latente. Y, asociada a una aprensión paralizadora, permaneció reprimida durante muchos años. En aquellos días, las obreras de Nantes, al menos las que no podían comprarse un disfraz completo (con mucho las más numerosas), se ponían por encima del antifaz negro sin velo, que cubría hasta la nariz, una peluca de grandes rizos como de oveja. El tiempo es frío, y a menudo agrio y lluvioso en Nantes, en esos días todavía cortos de febrero y de marzo: una gruesa prenda de lana moldeaba el busto, y generalmente un chal se anudaba alrededor del cuello. Prolongando, sin que verdaderamente conjuntase, esta protección de invierno, un corto y estrecho calzón negro ocultaba solo la parte alta de los muslos y parecía alargar la piernas enfundadas en seda negra, que calzaban botines de tacón alto, enlazados en el empeine. En la mano colgaba una pandereta cuyo cascabel apagado e insistente, sin auténtica alegría, mecánico como el del ganado que mueve de cuando en cuando el cuello, llenaba las calles hasta la noche. Flotaba alrededor de estas siluetas incongruentes, extrañamente cuneiformes, la sugestión de una desnudez galante que se hubiese detenido a mitad del cuerpo, y del que la palabra déjupé (74), que yo solo he visto utilizar a Klossowski (75) –aplicada a una época en que el pantalón largo era desconocido para las mujeres– desprende toda su insidiosa carga erótica. La pobreza, la miseria tal vez, totalmente olvidadas por un día en el anonimato del deseo desnudo, lanzaba a los caminantes un desafío embriagador, con todos esos ojos socarrones intensamente pintados de negro tras la máscara. Aquellos días, los paseos rituales del liceo evitaban, aun más que de costumbre, las calles atestadas del centro: sorteábamos a contracorriente, en los suburbios, los pequeños grupos enmascarados que poco a poco confluían, y que una corriente hacía derivar hacia el centro, a lo largo de las calles, como en una especie de rumor. El tamboril, que sonaba débilmente, que se despertaba más bien por sacudidas en las avenidas de la periferia, ya vacías, me parecía, con su bárbara percusión, la llamada de los iniciados a algún misterio del que yo nada sabía, cuyos preparativos, sin embargo, me hacían latir el corazón [...]


74. Desfaldada. Se trata de un neologismo.
75. Pierre Klossowski, escritor y traductor francés (1905-2001), autor de ensayos y novelas que indagan en la condición erótica.





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