Botonera

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27.9.20

II. QUEER HORROR. LA DECONSTRUCCIÓN DEL GÉNERO Y DE LA SEXUALIDAD EN EL CINE FANTÁSTICO, Carlos A. Cuéllar Alejandro, Shangrila 2020



Penny Dreadful



¿Que tienen en común películas cinematográficas como Alien, el octavo pasajero, The Rocky Horror Pictures Show, Frankenstein creó a la mujer o series televisivas como American Horror Story y Penny Dreadful? Aparte de que todas ellas puedan ser incluidas en el género audiovisual Fantástico parecen muy diferentes unas de otras y, sin embargo, otro elemento fundamental las vincula: su condición Queer. ¿Pero qué significa Queer y a qué me estoy refiriendo cuando califico una obra como Horror Queer?

El libro cuya lectura acabas de iniciar se plantea a modo de simple ensayo sobre lo que he decidido llamar “Horror Queer” o, mejor, Queer Horror, si propongo el concepto en lengua inglesa para facilitar, quizás, una mayor aceptación internacional. El horror no necesita traducción por ser común a ambas lenguas, siendo este un concepto que presenta pocos problemas a la hora de ser explicado por los especialistas en el tema. Desde la pionera gótica Ann Radcliffe hasta el fabricante de bestsellers Stephen King, pasando por todo tipo de analistas y especialistas internacionales, parece claro que el “Horror” pretende provocar una alteración angustiosa del ánimo representando de forma explícita al monstruo, la amenaza o la entidad agresora que provoca esa emoción tan intensa. A diferencia del Terror, el Horror no vaticina, no se basa en la sugerencia (aunque esta pueda estar presente de forma previa, como si quisiera prepararle el camino), el Horror muestra y se manifiesta siempre en tiempo presente. El Horror puede o no estar presente en el género Fantástico, pero las películas que voy a tratar en este libro usan todas de lo Fantástico como categoría estética, e independientemente de su posible y discutible clasificación genérica (Ciencia-Ficción, Terror, Horror, Fantástico, Thriller, etc.), lo que pueda haber de Queer en ellas se manifiesta directamente y en tiempo presente como una amenaza diegética (dentro del argumento narrado en el filme) o como una amenaza para la sociedad que consume dichas películas, tengan estas intenciones ideológicas conservadoras o subversivas.

Por consiguiente, decido partir de la premisa de que no será el concepto de Horror, aplicado a la producción audiovisual de ficción narrativa, lo que pueda crear polémica en mi discurso. (1) Sin embargo, no existe consenso a la hora de definir, pensar e, incluso, vivir el concepto “Queer”, de hecho ni siquiera existe acuerdo entre quienes se califican como tales. Quizás lo Queer sea un fenómeno todavía en construcción, de ahí su dificultad. Puede, incluso, que su aparente indefinición sea lo propio (y coherente) en un movimiento que propone, precisamente, la indefinición. De momento, y en mi humilde opinión, la teoría Queer parece ser el tercer y último piso de un edificio en el que su sótano es el patriarcado; su planta baja la primera ola feminista originada en el siglo XIX; su primer piso el feminismo radical heteronormativo de los años ‘70 del S. XX del que surgieron el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia, enfrentados durante mucho tiempo; y su segundo piso lo constituyen el feminismo lésbico y el movimiento LGTB a partir de los años ‘80, en un intento (parcialmente logrado, creo) de despertar la consciencia general plantando cara a un feminismo heterosexista que ya entonces se revelaba caduco. Pero han pasado casi treinta años desde entonces y el mundo parece estancado. De hecho, la mayor parte de la población parece ajena a este tipo de discusiones, relegadas muchas veces a ámbitos estrictamente universitarios donde conceptos y propuestas complejas suelen expresarse, por desgracia, con un lenguaje complicado, a veces críptico. Y es que el mundo académico parece escribir solo para académicos, cayendo en la trampa del ego elitista que esconde su inseguridad proyectándose con la armadura de un lenguaje tan culto y científico que casi nadie lo entiende. Los textos académicos no buscan otro lector que el propio mundo académico, y dada la obsesión de los útlimos años parece que el esfuerzo se centre exclusivamente en el objetivo de engrosar currículos y figurar en revistas indexadas, por aquello de que lo que se valora no es el contenido sino la marca. La endogamia está servida, la estupidez y la soberbia también. Por culpa del elitismo las propuestas académicas apenas tienen influencia sobre nuestra sociedad. De hecho, si buscamos su resonancia social y cultural, lo Queer se desconoce o se malinterpreta, o se interpreta de tantas maneras diferentes que su significado acaba confundiéndose con otros e, incluso, perdiéndose en un horizonte nebuloso.

1. En todo caso, para la definición de Horror remito a CARROLL, Noël, The Philosophy of Horror or Paradoxes of the Heart, Routledge, Chapman and Hall, 1990; CLUTE, John, El jardín crepuscular. Breve glosario del horror, Barcelona: Ediciones Gigamesh, 2015; KING, Stephen, Danza macabra, Madrid: Valdemar, 2006; y mi libro de próxima aparición Lo Fantástico y sus estrategias de representación. De la Tarasca a El pacto de los lobos.


¿Qué entendemos entonces por Queer? Busquemos una definición autorizada, si así consideramos la ofrecida por Paloma Fernández-Rasines, Doctora en Antropología Social y Cultura:

Queer es una voz anglófona que objetiva y nomina lo raro, lo extraño, lo que tiene un comportamiento inesperado y además resulta molesto. Por su excentricidad perturba el orden de lo establecido y por lo mismo lo cuestiona. La adjetivación queer ha sido tradicionalmente utilizada de manera despectiva e insultante para referirse a los hombres de conducta homosexual. Este reduccionismo tan solo es derivación de su más extenso significado en origen. No obstante este androcentrismo, el término ha sido retomado por los propios colectivos interpelados que con su mera existencia suponen un cuestionamiento de la norma heterosexual. Así, en los EEUU de finales de los ‘90, y sobre todo entre la gente más crítica contra la derecha racista y clasista, pude ver que era común auto-identificarse como queer. Esto servía para expresar la afirmación de una identidad ubicua en el extenso continuo de lo que venía conociéndose bajo etiquetas como gays, lesbianas, transgénero, intersexuales, bi y multi-sexuales” [...] (2)

2. FERNÁNDEZ-RASINES, Paloma, “Homoerotismo entre mujeres y la búsqueda del reconocimiento”, en SIMONIS, Angie (ed.), Cultura, homosexualidad y homofobia, vol.2. Amazonia: retos de visibilidad lesbiana, Barcelona: Laertes, 2007, p.43.





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