Botonera

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11.9.20

V. "EL FREE CINEMA INGLÉS DE LOS '50. LONDRES: 1956-1959", Luis Carlos Allo Ayala, Shangrila 2020




Lucky Jim, arquetipo de un Angry Young Man confuso


[...]


Amanece. Es domingo 5 de febrero de 1956, cae una lluvia fina, incesante. He oído el rumor del viento toda la noche. Londres, desde la habitación de mi apartamento de una sola habitación en el que me alojo, en el segundo piso de una casa en Bloomsbury, amanece con sus calles grises y sus edificios de ladrillo rojo ennegrecido. Cuando miro por la ventana, las ráfagas soplan como si quisieran refugiarse de algún peligro. Londres despierta perezosa después de un sábado en el que las calles se llenan de gente, me pregunto qué hacen y dónde se meten durante la semana tantas personas como abarrotan los viernes y los sábados por la noche Piccadilly, Leicester Square, Oxford Street, Trafalgar Square, Charing Cross… En mi propia habitación, con la compañía del viento, con la taza de té entre las manos despliego el programa que me dieron en el club el viernes 3 de febrero. Anuncia tres películas documentales para esta tarde en el National Film Theatre: O dreamland, Momma don’t allow y Together. El viento azota ahora con más fuerza y lanza airado la fina lluvia contra los cristales de la ventana. Cuando me acerco a echar un vistazo a la calle, todo está oscuro. Ya se ha apagado la farola de la esquina. Me tumbo de nuevo en la cama y leo el último capítulo de la novela que compré en Charing Cross por unos cuantos peniques.
Me siento reflejado en algunos pensamientos de ese tal Jim Dixon, profesor ayudante dependiente de los caprichos de un catedrático todopoderoso. Desde el principio me enganchó su personalidad, quizá porque el personaje no me parecía que fuera el típico profesor auxiliar con pretensiones de ser titular y, tras muchos años, catedrático, sino que algo se rebelaba en su interior para no aceptar la sombra de austeridad y conformismo de la sociedad en la que vivía, la de finales de los ‘40 y principios de los ‘50 entre británicos que acababan de dejar los años de la guerra, de los refugios, de las bombas, de ese Londres que Doris Lessing describe con edificios sin pintar, agrietados, oscuros, grises. Tenía miedo, Jim no aceptaba decir sí a todo. Leo uno de los párrafos que he subrayado: “…la razón por la que Prometeo no se podía liberar del buitre es que acabó por gustarle”. Seguramente, sospecho, nos gusta este tipo de vida en el que una mamá nanny del estado, o mejor dicho, del Estado de Bienestar nos resuelve cosas imprescindibles como comida, trabajo y pintas de cerveza los fines de semana, quizá eso sea suficiente… Pero no lo es para Jim Dixon. Es un joven que quiere algo más, no sabe qué, pero algo más, diferente. No está satisfecho con el futuro que le augura el jefe de departamento: casarse con su hija, hacerle titular, convertirlo en su yerno… Jim está frustrado. Yo también lo estoy, aquí, solo, en esta habitación oscura, pequeña. Echo una ojeada a The Sunday Times que guardé el día de Navidad del año pasado, hay una crónica de Somerset Maugham sobre Amis y su personaje, Jim Dixon, en la que, con la ironía acostumbrada en sus propias novelas, tacha a Kingsley Amis de oportunista y considera que jóvenes como Jim Dixon no iban a la universidad a adquirir cultura sino a conseguir un trabajo. Añade que tales jóvenes carecían de educación y de hábitos sociales, lo cual es (me llama la atención que Maugham utilice el pasado, presente y futuro en la misma crónica) lo que les convertía en miserables, maliciosos, envidiosos… Y termina la crítica de forma ácida: “Son escoria, aunque el problema mayor es que algunos se convierten en profesores que formarán a los nuevos jóvenes, o bien se colocan en periódicos, casi siempre de provincias, y manipularán la opinión pública; es más, algunos incluso llegarán al Parlamento o al Consejo de Ministros para dirigir el país. Afortunadamente no viviré para verlo…”. 

Cuando leo este tipo de comentarios, me sienta fatal que escritores educados de forma elitista en los años ‘30 y ‘40 arremetan contra nosotros, la generación de los ‘50, y no comprendan que “su Gran Bretaña” es diferente. Decido cambiar de pensamiento porque esta tarde iremos, Helen y yo, al National Film Theatre. Es media mañana, bajo las escaleras al hall de entrada de mi edificio. Descuelgo el teléfono, meto unas monedas y llamo a Helen, no las tengo todas conmigo porque no estaba segura de poder ir. Respiro hondo, no pone pegas, vendrá al cine. 

En las puertas del cine, en Waterloo, a las 5 de la tarde, me sorprende que haya cola para entrar. Me dicen que uno de los que está vendiendo copias del manifiesto del Free Cinema es Lindsay Anderson, el director de la primera película. Helen comenta que no me olvide de que es casi gratis… En el hall de entrada, saludo a uno de los directores, se llama Reisz, le deseo suerte. Junto con un amigo, con un tal Richardson han rodado el segundo documental del programa de hoy en un club de Londres. Allí los conocí una tarde-noche de viernes. Yo estaba con unos amigos tomándome unas pintas. Me gusta el club porque hay música en directo y la gente va a divertirse, a bailar, algo está cambiando en mi país, esto habría sido imposible en la Inglaterra de mis padres, de mis abuelos… En el club conocí a Helen. Y en el club, me recomendaron leer la novela Lucky Jim, con ese personaje, Jim Dixon, que aparentemente lo tiene todo, pero está insatisfecho consigo mismo, con sus relaciones de pareja, con el sexo, con el tipo de país en el que se ha convertido Inglaterra. Es uno de los primeros solitarios de su generación… Otro es Jimmy Porter en la obra de Osborne, aunque como he leído en un ensayo, Jimmy parece un “unlucky Jim”, más que sin fortuna, airado porque hay un algo dentro de su ser que no le deja ser feliz haga lo que haga y contagia su infelicidad a los que le rodean. Y si nos preguntásemos a qué clase social pertenecen personajes como Jim o como Jimmy, no sabríamos dar una respuesta concreta porque no son clase media, no son tampoco clase obrera, ni pertenecen a la clase media baja surgida del Estado de Bienestar, ni se integran en la clase alta con la que se relacionan. No sé si dentro de muchos años nuestros hijos serán aún más solitarios que nosotros, si sufrirán su soledad rodeados de otros cientos de miles de ciudadanos igual de solos enfrente de ellos o en apartamentos junto a ellos. Antes de que se apaguen las luces, veo hombres y mujeres semejantes a mí, la mayoría jóvenes entre 20 y 35 años, se respira aires de outsiders, de disidentes que aún se afanan en buscar cultura en vez de haberse ido a uno de los cines del West End a ver una película comercial. No sé si los que estamos esperando somos como Jim, jóvenes airados contra una sociedad que nos da bienestar, pero no nos deja más que unas migajas culturales porque los de siempre se quedan con los platos suculentos. Va a comenzar la primera sesión del Free Cinema y es domingo 5 de febrero. Le cojo la mano a Helen, expectante, como si fuera consciente de ser testigo privilegiado de una noche mágica. Un minuto antes, Helen me susurra que es probable que aparezcamos en alguna escena de la segunda película, la del club.


O Dreamdland, Lindsay Anderson, 1953


Momma don't allow, Karel Reisz, Tony Richardson, 1956


Together, Lorenza Mazzetti, 1956


El cine está lleno, me rodea gente, cómo diría, de la nueva vanguardia de clases intelectuales y de la nueva izquierda, son jóvenes que aspiran a cambiar los modos de este país y dejar atrás la Guerra y la generación anterior, hay ilusión en lo que hacen, aunque teñida de pesimismo. Se apagan las luces. Empieza O dreamland, en formato de 16mm., de 13 minutos de duración. Los primeros acordes de la obertura suenan coincidiendo con la sobre impresión del título: “O dreamland, sobre una feria en Gran Bretaña, año 1953”. Y por la pantalla desfilan hombres, mujeres y niños que han ido a pasar un domingo a un parque de atracciones costero. Observo cómo visten, sus actitudes a la hora de comer, ese ir y venir por las calles del parque entre cachivaches y casetas, los niños y los adultos en esos planos de tristeza, de resignación… Me parece un testimonio demasiado brutal, acaso sea porque reconozco la Gran Bretaña en la que vivo en cada imagen, en cada plano, en cada ser humano… Hay imágenes que me va a costar quitarme de encima: el maniquí ensangrentado tras las rejas negras desde donde miran los niños, la tristeza en los ojos de un niño de la guerra, un niño de la mano de su madre que mira a la cámara directamente como preguntando sorprendido qué hace allí entre tanto horror y tanta vulgaridad, la silla eléctrica y las ejecuciones presenciadas por niños, las torturas, las mesas repletas de tazas de té sin platos, las rayas pintadas en las piernas de las mujeres simulando medias negras…

Sin pausa, comienza el segundo documental. Helen me acaricia la mano. Me gusta tenerla a mi lado después de lo que hemos visto. Me da esperanza. Disfruto cada plano, cada escena, cada secuencia, la cámara va y viene por un club musical que me resulta familiar, pero ahora, cuando estoy viendo la película completa y montada, me doy cuenta de que no es un documental, y comprendo que Reisz y Richardson han contado una historia de ficción. Es la historia de cómo una generación es diferente a otra, me veo retratado entre esos jóvenes tan distintos unos de otros, pero todos juntos en el club: carniceros, auxiliares de clínica, dependientas, enfermeras, secretarias, estudiantes, licenciados, y jóvenes ricos trajeados que llegan con mujeres que visten ropas caras y que se sorprenden al ver la animación y los movimientos libres ante la música. Me gusta ser parte de esa nueva realidad. Me dejo llevar por la música de jazz, del llamado dixiland. La primera secuencia presenta a los actores, gente común en sus trabajos. A partir de la segunda, que se abre en el club, estoy fascinado, mi mente da vueltas igual que el globo que gira colgado del techo, un globo que emite destellos luminosos mientras la música skiffle no cesa de sonar desde el comienzo de la secuencia. Las mujeres, como Helen, llevan los típicos trajes estampados con faldas con mucho vuelo o faldas a cuadros escocesas. Soy como cualquiera de esos jóvenes con las pintas de cerveza en la mano mirando hacia la banda mientras unas cuantas parejas atrevidas bailan a su alrededor y un grupo de mujeres charlan desinhibidas, fuman y beben. En la pista, observo que hay chicas bailando entre ellas y que el estilo es el del rock’n’roll de mi década de los ‘50 cogiéndose de las manos o por la cintura y soltándose y dando vueltas alrededor de la pareja o dando pasos alegres entrelazados. Conozco a algunas de ellas. Incluso una o dos invitan a salir a la pista a chicos tímidos. Luego, una nueva secuencia se abre con la banda en la que la cantante Ottilie Patterson interpreta un blues que invita a las parejas a la sensualidad. Me gusta mucho ese blues que tantas veces he bailado con Helen: hay imágenes de parejas besándose o abrazadas, otras siguen el ritmo de la música con sus movimientos, absortos en ellos mismos; en un lateral de la pista, dos parejas de ricos tratan de integrarse y bailan con cierto sentimiento. Ottilie canta que está sola, que no sabe lo que hacer cuando se despierta por la mañana y su amor no está a su lado, y cuenta un sueño, un sueño de amor... La auxiliar de clínica interpreta una escena de celos, su chico está bailando con otra mujer y ella aparece una y otra vez sentada, con malas caras. Ottilie susurra ahora que siente el blues en su interior, como la chica que vuelve a mirar hacia su pareja que está con otra. Termina la canción y termina la secuencia. El silencio en el cine es sobrecogedor. Estoy convencido de que muchos de los que están sentados en las otras butacas, también se reconocen en esos personajes y que hay una simbiosis entre el cine y ellos, como si fueran los protagonistas de la película. En la última secuencia hay un breve interludio musical en el que vemos salir del salón a la auxiliar de clínica, la chica celosa porque su pareja bailaba con otra; decide abandonar el lugar, pero él sale detrás de ella, le da explicaciones, quiere convencerla para que no se vaya. Casi sin tiempo de descanso comienza la música de una canción desenfadada “Momma don’t allow” con la primera estrofa anunciando que hay que irse porque “ya no se permite seguir cantando en el local” porque Momma lo dice... La pista de baile se llena de parejas que bailan al ritmo de la banda y cantan la canción. Cuando la banda dice que “no nos importa lo que diga Momma” porque pensamos seguir cantando y bailando, todos jalean a los músicos, gritan y aplauden mientras bailan más deprisa si cabe. En ese instante, las parejas de clase alta abandonan el local, se meten en el coche y se van; a la vez, la pareja reñida regresa abrazada y contenta al salón y se suman a la fiesta. La cámara se recrea alrededor de los movimientos sofisticados de una chica con sweater blanco ajustado y un teddy boy. Y la banda, a quienes los directores sacan en diversos planos alternativos de los adolescentes bailando y sus instrumentos incorporándose al ritmo, grita cada vez a más velocidad que “no les importa lo que diga Momma porque ellos van a continuar”, palabras que dan lugar a los planos finales con nuevos movimientos de la chica del sweater blanco, con más y más gente aplaudiendo, cantando y levantando las manos marcando el ritmo, mientras un picado graba toda la alegría y sintonía dentro del Jazz Club. Termina la música. Todos aplauden entre gritos. Fin.

Hay un descanso, salimos al vestíbulo a tomar algo. Helen me cuenta que conoce a la directora que ha hecho Together, la película que vamos a ver, la última del programa. Se llama Lorenza, es italiana. La conoce porque trabajaba en el café en el que Helen va a diario a tomar un té por las mañanas, el Kitchen Soup en Charing Cross Road. Me dice que Lorenza estudia arte en la Slade School of Art y recuerda que un día le dijo que estaba haciendo una película en la que los actores eran compañeros suyos de la escuela: el pintor Michael Andrews y el escultor Eduardo Paolozzi. “Gente estrafalaria”, me susurra Helen, “ya sabes, pintores, escultores, artistas… Ella es muy joven, más joven que nosotros, 22 años y su llegada a Londres (1952) estuvo motivada por un suceso autobiográfico que presenció durante la 2ª Guerra en la Toscana italiana, el asesinato de su tía y sus primas judías y el posterior suicidio de su tío, suceso sobre el que me ha dicho que quiere escribir una novela cuando vuelva a Italia”. La llamada del timbre nos devuelve a nuestras butacas. Antes de comenzar Together, leo el texto escrito en el programa que nos han entregado a la entrada: 

Dirigida por Lorenza Mazzetti, rodada en 35 mm, una historia escrita especialmente para ella por Denis Horne. Aunque Together ha sido rodada en su totalidad en calles, casas, mercados y pubs del East End, y con las gentes comportándose ante la pantalla tal y como lo hacen en la vida, no es un documental propiamente dicho. Tampoco se intenta con esta película mostrar una historia real de dos trabajadores sordomudos en los muelles de Londres. No es en sí su condición de mudos lo que importa, sino su aislamiento. Por encima de cualquier otra cosa, ésta es una película poética.

Empieza Together [...]



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