Botonera

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20.9.20

V. "VIDEODROME. LA DISTOPÍA SEGÚN DAVID CRONENBERG", Iván Gómez, Shangrila 2020






[...] En plena era digital somos capaces de entender la realidad como una formación discursiva compuesta por capas de datos superpuestas. La imagen digital nos ha permitido entender la construcción mediática de lo real por analogía, como si cada dato que conservamos de lo real fuera un píxel más dentro del complejo conjunto (la red) de relaciones que construyen la imagen. Al igual que lo real, el espacio mental de una experiencia consciente se compone de múltiples dimensiones, que se crean por la combinación de numerosas funciones cerebrales distintas que, como resultado final, originan una experiencia coherente. A través de una reducción o reconducción de la multiplicidad a la unidad se produce la experiencia consciente, que no podemos localizar en ninguna parte específica del cerebro ni puede ser identificada en términos de estructuras neurales particulares. La consciencia sería, pues, una propiedad emergente y altamente integrada que, a diferencia de lo que creía Descartes, reside en el cerebro. (132)


132. Según las teorías, entre otros, del biólogo Francisco Varela. Véase Capra, Fritjof, Las conexiones ocultas, Barcelona: Anagrama, 2003, pp.77-79. Sobre la estructura cerebral que posibilita la percepción hay numerosas descripciones. Recomendamos la lectura de Frazzetto, Giovanni, Cómo sentimos, Barcelona: Anagrama, 2014.

Si bien no todo el fenómeno de la consciencia puede ser definido en términos neurales (lo que constituiría un pecado de neurorreduccionismo) sí podemos decir que la consciencia se inicia en el cerebro, que funciona como una máquina reconductora y constructora de visiones y relatos del mundo coherentes y unificados. Así que finalmente todo es un problema heurístico, pues percibimos y construimos relatos del mundo porque nuestro cerebro nos obliga a ello. Cuando este no es capaz de construir un relato histórico nos encontramos tan perdidos como Max Renn en Videodrome. Lo que para él es una realidad oculta en forma de programa de televisión (algo físico y tangible) acaba provocándole un tumor que fuerza sus visiones de un mundo virtual. Según la teoría de Jeff Hawkins es posible que Max perciba los estímulos como cualquier otra persona a través de la parte baja del neocórtex pero cuando tiene que construir los patrones que le permiten reconocer el entorno algo falla; o el circuito que conecta ambas secciones del neocórtex está dañado o lo está la parte superior del mismo. Sea como fuere, los personajes que sufren problemas de reconocimiento, como el protagonista de Spider, el de La Zona Muerta (The Dead Zone, 1983) o el propio Max Renn están abocados a sufrir una desconexión total con el entorno. Max no es capaz de articular un relato coherente sobre lo que le rodea y su capacidad disminuye a medida que la película avanza. Poco a poco Max va perdiendo la capacidad para ubicar temporal y espacialmente las visiones que le asaltan. Como bien recuerda De Felipe, “es en el territorio de la memoria donde se fragua ese esquivo y sinuoso patrón de conducta que le exigimos a todo relato y que consiste, sencillamente, en considerar que la realidad, como la historia, la personal y la colectiva, también resulta observable (objetivable) desde el sentimiento”. (133) Max pierde su propio relato, de manera que su identidad se difumina y se funde con el Videodrome. 


133. De Felipe, Fernando, “Una bala en el vientre: el tiempo doblegado”, en Sánchez-Navarro, Jordi (ed.), Realidad Virtual. Visiones sobre el ciberespacio, Barcelona: Devir, 2004, p.158.

Unos años antes de Videodrome una famosa novela de ciencia ficción nos había ofrecido la historia de un psicólogo que no es capaz de construir un relato que encaje con los modelos heurísticos heredados. Ese personaje bloqueado ante una realidad desbordante es el Kelvin de Solaris. Kelvin se topa con la imagen de su mujer muerta (se suicidó en el pasado) cuando aterriza en la estación espacial, a la que es enviado en misión de rescate. El problema es que la imagen es algo más que una simple imagen. Es una proyección mental provocada por el planeta Solaris, aunque dicha proyección presenta una particularidad: tiene entidad material. Otros moradores de la estación han sufrido el mismo problema que Kelvin. Cada uno acaba generando proyecciones de sus miedos o deseos íntimos. Este hecho supone un desafío para un hombre de ciencia como Kelvin y el desbordamiento definitivo de sus capacidades cognitivas. 

El choque entre la aparente realidad de la estación espacial y las capacidades de la (obsoleta) consciencia de Kelvin es la metáfora perfecta de un debate actual y no cerrado. El cerebro tiene un papel en la construcción de nuestra realidad, su comprensión, las elecciones que realizamos y en nuestro equilibrio como sujetos, lo que finiquita el modelo dualista de Descartes pero abre la caja de Pandora. El sujeto ya no es el soberano que antaño fue capaz de extender su mirada y su comprensión sobre un objeto maleable (la realidad, en este caso) porque no todos los procesos de construcción y articulación de sentido pueden ser controlados conscientemente. (134) Al Max Renn de Videodrome le ocurre algo parecido a lo que sufre Kelvin en Solaris. En un primer momento las percepciones no encajan con su modelo heurístico, desbordan ampliamente su comprensión del mundo. Posteriormente no le queda más opción que integrarlas, aceptarlas, hasta el punto de que, de repente, el mundo ha adquirido un aspecto y una naturaleza diferentes. 

134. Consciencia y dimensión social van de la mano. Un buen resumen de los nuevos hallazgos en la materia puede hallarse en Edelman, Gerald; Tononi, Giulio, El universo de la conciencia: cómo la materia se convierte en imaginación, Barcelona: Crítica, 2002.

Fritjof Capra advierte que “estudios recientes en el campo de la lingüística cognitiva indican de modo concluyente que la razón humana no trasciende el cuerpo, como ha sostenido buena parte de la filosofía occidental, sino que está decisivamente conformada por nuestra experiencia física y nuestra experiencia corporal. Este es el sentido en el que se encarna la mente”. (135) Así que la propia estructura de la razón surge de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro, lo que revela finalmente un origen visceral e interior de la razón. Toda nuestra estructura fisiológica, bioquímica, forma parte de ese atributo mitificado hasta la saciedad por Descartes y sus firmes seguidores. Somos materia inconsciente, pero materia al fin y al cabo; con Freud el estudio de la conciencia se retrotrae a un estadio profundo, lo que en parte abona el terreno para los nuevos hallazgos neurobiológicos. Rebuscar en el interior de la psique no implica mitificar, más bien lo contrario. Las teorías de Freud suponen el antídoto definitivo contra los intentos de mistificación del interior del ser humano. (136) Tenemos así otro problema fundamental: si ese inconsciente cognitivo que opera bajo el nivel consciente nos moldea haríamos bien en recordar que la mayor parte de nuestro pensamiento es inconsciente. En esto parece que reproducimos la propia estructura del universo, cerrando así un círculo, ya que, como bien recuerda Lisa Randall, el noventa por ciento de la materia del universo es materia oscura. (137) Así que todo está en el cuerpo y, en gran medida, por debajo del nivel de la consciencia. Esto es lo que lleva a Daniel Dennett a afirmar que “ninguna célula sabe quién eres ni le importa”, y por ello define el funcionamiento del ser humano como “grupos de actividades” que “no son células, sino modelos de información que compiten por el control del cuerpo”. (138) Haríamos bien en no soslayar esta cuestión fundamental. El cuerpo decide por nosotros muchas cosas que falsamente creemos haber solventado racionalmente. El neurobiólogo Antonio Damasio ha destinado buena parte de su carrera científica a demostrar este aspecto. Andrew Smart ha dedicado un ensayo a resaltar la importancia que para nuestra salud mental tiene esa suerte de mecanismo decisorio inconsciente que toma el mando de nuestras vidas sin la participación de procesos que creemos controlar en toda su dimensión. (139) [...]

135. Capra, Fritjof, op.cit., p.92. Sobre la importancia del pensamiento inconsciente Capra cita la obra Philosophy in the flesh, de George Lakoff y Mark Johnson. En último término entender la mente como una propiedad emergente significa aceptar que nuestro pensamiento tiene una parte corpórea e inconsciente, por lo que nuestros relatos sobre el mundo y sobre nosotros mismos serían tanto una proyección teórica y consciente como una proyección instintiva e inconsciente que responda a diversas necesidades (entre las que cuenta, y mucho, el instinto de supervivencia). 
136. Y ello aun aceptando la manera que Freud tenía de exponer sus teorías, utilizando metáforas literarias o acudiendo a estructuras narrativas para explicar lo que en esencia eran percepciones poco coherentes y conductas erráticas de algunos de sus pacientes. Freud no solo es el padre del psicoanálisis sino que fue un gran escritor que supo narrativizar una serie de cuestiones médicas y culturales que tampoco pueden endenderse bien sin estudiar la cultura finisecular en la que vive y trabaja el científico vienés.
137. Declaraciones extraídas de una entrevista a la catedrática de física de la Universidad de Harvard Lisa Randall en Redes, programa “Existen otros mundos”, emitido el 31-1-06. Si la física cuántica ya suponía un nivel de incertidumbre vital profundo, qué decir de la propia realidad del pensamiento, inconsciente en su mayor parte.
138. En Punset, Eduard, Cara a cara con la vida, la mente y el universo, Barcelona: Destino, 2007, p.204.
139. Smart, Andrew, El arte y la ciencia de no hacer nada, Madrid: Clave intelectual, 2017. Edición original en inglés (2013).





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