Botonera

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22.4.26

II. "LA DESFIGURACIÓN. ARTAUD - BECKETT - MICHAUX", Évelyne Grossman, Shangrila, 2026

 

Introducción

DESHACER LAS FIGURAS


La desfiguración puede entenderse en muchos sentidos, pues es muy plástica y cambiante. En una palabra: desfigurable. Sería un error reducir su alcance, por algún tipo de crispación semántica, a la idea de un acto de violencia negativa y puramente destructiva como hacer irreconocible un rostro, borrar sus rasgos distintivos, sus marcas de reconocimiento, alterar un modelo. Por el contrario, lo que sugieren muchos escritos modernos es que la desfiguración es también una fuerza creativa que trastoca las formas estratificadas del sentido y las revitaliza. 

La obra, escribe Blanchot, «da voz, en el hombre, a lo que no habla, a lo innombrable, a lo inhumano, a lo que carece de verdad, de justicia, de derecho, allí donde el hombre no se reconoce [...]». (1) La obra, en el sentido en que le confiere Blanchot, altera así las figuras reflejadas en el espejo; deshace el ilusorio reconocimiento narcisista de uno mismo por uno mismo, se abre a lo que la trasciende, lo que la deforma. Evidentemente, no se trata en estas páginas de retomar la vana disputa en la que se enfrentaron antaño los defensores de una supuesta muerte del hombre y los defensores de los valores llamados humanistas. Lo inhumano no es la barbarie, como dedujeron con cierta precipitación los exégetas simplistas. Quizás sea más bien lo que, como decía Pascal, «supera infinitamente al hombre», y que no se reduce necesariamente a lo religioso. Dar voz a lo innombrable, dar forma a lo infigurable implica deshacer las formas coaguladas, abrirlas, desplazarlas, lo que hacen incansablemente los tres escritores de los que trataremos aquí: Artaud, Beckett y Michaux. De modos evidentemente distintos, los tres exploran aquello que desfigura al ser humano en los confines de la animalidad, la mística y la locura. Michaux califica de «psicosis experimental» sus experiencias con la mescalina; Artaud, al iniciarse en la sierra Tarahumara en el rito alucinógeno del peyote, encuentra allí a su doble, el indio que se cree un dios; Beckett escribe para des-crearse. 

1. Maurice Blanchot, L’Espace littéraire (1955), Folio-essais, p.309; la cursiva es mía. [Hay trad. esp.: El espacio literario, trad. de Isidro Herrera, Trotta, Madrid, 1992. Salvo que se indiquen las páginas de la edición correspondiente, las traducciones al español de las citas que aparecen a lo largo del libro son de la traductora (N. de la T.)].                                  

Recientemente, Philippe Lacoue-Labarthe propunía denominar «des-figuración» a la quiebra, al colapso de la figura. Retomando los análisis de Benjamin y Heidegger sobre el poema, remite la figura (Gestalt) al mito. «La obsesión fascista es, de hecho», recalca, «una obsesión por la figuración, por la Gestaltung. Se trata a la vez de erigir una figura [...] y de producir, sobre ese modelo, no un tipo de hombre, sino el tipo de la humanidad, o una humanidad absolutamente típica». (2) Lacoue-Labarthe relaciona aquí juntos la figura, el mito y la lógica de la apropiación identitaria, su reificación idealizada en la imaginería fascista. Sin negar la legitimidad de este análisis, lo que me interesa aquí es un aspecto más cercano a nosotros, más familiar y también más insidioso, en la medida en que se beneficia del aparente consenso de nuestras sociedades democráticas. En lo que se refiere a la construcción de identidades y a la consolidación de la imagen de uno mismo, la figura es objeto de todo elogio: con el pretexto de reforzar un narcisismo individual considerado para la ocasión como «buen narcisismo», se supone que preserva la famosa autoestima (self esteem, como dicen los manuales de psicología social para uso empresarial), indispensable para quien quiera afrontar la dureza de la competencia en sociedades dedicadas al culto del rendimiento individual («¿Qué es una vida exitosa?», preguntaba recientemente un filósofo-ministro). Al participar en la construcción del vínculo social, de la convivencia (reconocerse en las mismas formas, los mismos signos de pertenencia), la imagen está destinada a ser gregaria. Privilegia los efectos de grupo, de semejanza (ser como el otro), de conformismo. En nuestros días, la figura de la pertenencia tiende fácilmente a la normopatía psíquica, social e intelectual. 

2. Philippe Lacoue-Labarthe, Heidegger. La politique du poème, Galilée, 2002, pp.165-166. [Hay trad. esp.: Heidegger. La política del poema, trad. de J. L. Pardo, Trotta, Madrid, 2002].    

En estas páginas voy a tratar de seguir, a través de la palabra desfiguración, el movimiento de desestabilización que afecta a la figura. Un movimiento que no es necesariamente violento: la delicadeza en el sentido que le confiere Barthes, entendida como salida del enfrentamiento categórico de las oposiciones, sin duda no es ajena a ello. Por mi parte, veo en todo ello dos rasgos fundamentales. En primer lugar, un cuestionamiento incansable de las formas de la verdad y del sentido. A continuación, y de manera conjunta, una pasión por la interpretación. La desfiguración que anima las formas es un movimiento erótico, amoroso: deshace sin cesar las figuras establecidas del otro y lo interroga, lo inventa de nuevo, lo reinventa de manera infinita. En este sentido, es una práctica del asombro. Contrariamente a las ideas preconcebidas que equiparan la educación con la identificación de formas, el aprendizaje de modelos y de roles, la adhesión a moldes y huellas, la desfiguración es a la vez una des-creación y una re-creación permanente («sempiterna», diría Artaud) de las formas provisionales y frágiles del yo y del otro. No se trata, pues, de conformarse, sino de desatar, desplazar, jugar, amar. Eso es lo que nos enseñan estas escrituras modernas consideradas difíciles: su lectura, en este sentido, es un aprendizaje de la desvinculación amorosa, de la deconstrucción del narcisismo. Entre la figuración y la desfiguración.