Todos estos creadores que aquí son convocados –de los iconos de Al-Fayum a Beckett, de Pessoa a Medardo Rosso, de Mallarmé y Victor Hugo a Bresdin, Artaud o Meydon, de María Zambrano a Borromini, Quignard o Atget– han conocido esa noche. La “envoltura de la letal búsqueda tras la máscara”, la noche que “desintegra las horas en la hipótesis del sentido”. Porque las alucinaciones que en este libro prodigioso –libro de revelaciones– aparecen están como retenidas en un medio más denso que el de la mera luz del día o de la claridad razonable. Son, efectivamente, como la noche de la pintura de Van den Leyden, corporalidad bañada en un aire de fuego y salvaje nocturnidad, ambiente de sensaciones y seres revueltos, absolutamente turbios y excitados: fulgurantes. Playas o paisajes de una luz perdida y despegada ya de cualquier memoria: despojos y gozos. Son como rostros que se han escapado de la conciencia de sí mismos. Ecos o presencias que aparecen o despiertan para convocar un fondo de potencias destructivas y pálidamente engendradoras. En su camino hacia la nada, algo se ha dado media vuelta y refulge, por un instante sombrío, a tientas, con la memoria lisiada de una circunstancia que se trató de realizar, y que ahora descansa enterrada en lo ensoñado. Miguel nos lo dice en palabras de Merleau-Ponty: algo que no es cosa, sino posibilidad, latencia y carne de las cosas.
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