Botonera

--------------------------------------------------------------

9.4.12

DERIVAS Y FICCIONES - Y EL AMOR SERÁ UNA IMAGEN ROBADA - EN TORNO A "LOS ENAMORADOS", DE ALFRED HAYES

COORDINADORES: MARIEL MANRIQUE - HERNÁN MARTURET


Y EL AMOR SERÁ UNA IMAGEN ROBADA
EN TORNO A LOS ENAMORADOS, DE ALFRED HAYES


POR MARIEL MANRIQUE

“Ha sido una tarde muy larga. Es agradable tener un lugar adonde ir, como un hogar, y  algo que hacer, como cenar,y alguien a quien ver, como una mujer, y algo seguro, como una cama en la que acostarse. Es lo que nos sirve de esperanza” 
(Los enamorados, Alfred Hayes)

El amor sube por la escalera y baja por la cornisa, con los ojos vendados. Esta es la historia de una pequeña historia de amor, escrita por Alfred Hayes y contada por un hombre sin nombre. Todas las historias de amor son pequeñas, porque si no lo fueran se escribirían en las enciclopedias y en los manuales. Se enseñarían en las academias y se incluirían en los programas de la universidad. No hay nada más ridículo que una hipotética pedagogía del amor. Todas las historias de amor se viven para ser contadas, en forma simultánea a la de su experiencia y una vez que el amor se acaba. Porque el amor se acaba pero su historia no termina jamás, sujeta como está a las inagotables versiones que puede prodigarle la memoria y a la vulnerabilidad de la memoria a las agujas polares del recuerdo.

Él no sabía si la amaba. No lo supo ni antes ni después de tenerla a su lado. El amor es una sucesión de detalles que uno da por sentado y que vuelven para contarse al recordar. Decir “recuerdo” es equivocarse, considerando que lo que se recuerda vuelve a pasar, como un juguete a cuerda, por el corazón. Debiera doler menos con el paso del tiempo, ese remedio infalible para los corazones rotos. Enloquecer o morirse de pena no es tan fácil. Tenemos una enorme resistencia al dolor y, cuando convivimos con el dolor durante mucho tiempo, la tormenta se deshace gradualmente en lluvia. El hombre que narra no ve llover. Él es la lluvia. Ella quería días resplandecientes.



Un hombre no ronda los cuarenta años. Son los años los que rondan a un hombre. El problema del lenguaje es que nombra las cosas al revés y no alcanza a nombrar el revés de las cosas. Aun así, el hombre cuenta en un bar una vieja historia de amor. Decir “vieja” es otra trampa del lenguaje, porque la historia revive cada vez que es contada. La lengua es el tanque de oxígeno de lo que hemos perdido y, si somos mudos, resucitaremos lo perdido haciendo dibujos con las manos. Ella era mucho más joven y este dato es irreversible. Era hermosa e inútil. No tenía talento para nada. Quería ser feliz y no hay nada de malo en eso sino, más bien, todo lo contrario. Una vida se oxida cuando se desprende, a veces casi sin darse cuenta, del deseo de la felicidad.

Quererte es la forma de los botones de tu abrigo, el reflejo de la calle en el espejo del bar, las caras que pasan detrás de los cristales, el desorden perpetuo de tus cosas, el trayecto habitual desde el bar hasta la casa que habita tu desorden, el camarero anciano con su faja a lunares, tu manera exacta y descuidada de peinarte. Un puñado de objetos banales y de movimientos previsibles que construyen el hilo que nos une. Un paisaje emocional en el que nos dejamos caer, como si se tratara de una red que nunca nos será arrebatada. Se quiere con la inconsciencia de los niños que salen a jugar. Se sale sin dejar de estar adentro y jugar es la única forma (eso lo saben los niños) de colocarse definitivamente fuera de la lluvia. Lo que para el niño es definitivo es, para el niño que fuimos, ilusorio. Una historia de amor es una suma de imágenes. La imagen es la definición perfecta de la ilusión.

Ella le cuenta que ha conocido a un hombre rico. Es una amenaza y no lo saben. Se ríen. No advierten la inminencia del derrumbe. El hombre rico ha encontrado en sus minas una veta de oro. La veta de oro es la promesa de otro mundo. Él la escucha amablemente. Estúpidamente, la comprende. Ha sido invitada a lo que ansía. No es el dinero. Es la seguridad que otorga lo que permanece. Por eso los lingotes de oro se custodian, en los bancos, en cajas de seguridad; por eso se llaman, así, esas cajas. No es tan difícil. Hay que ser estúpido para no comprenderlo.



El sentimiento, llamémosle amor, muta espantosamente después del abandono. Él se desploma disciplinadamente, inerme ante las cintas en el pelo de las niñas, los animales pequeños, las películas sobre empleados pobres que aman desesperadamente a las chicas tullidas. El trapecista cae sin red. Todo lo frágil es alcohol en la llaga; todo es, en consecuencia, alcohol. El detalle retorna con su potencia arrasadora. La melancolía canta su canto de sirenas. Es la hermosura crepuscular hija del duelo, el tallo donde posarse a llorar. En carne viva, él reedita una a una las escenas de lo que ya no está. Decir “no está” es una constatación y una mentira. Porque lo ausente asedia.

Sufrir evita la crisis de sentido. Nos concede el doble sentido de sufrir y también el de creer que hemos amado y hemos sido (esto lo supo un poema de e. e. cummings) más altos y mejores que nosotros mismos. Los poemas saben lo que se atasca en la boca. Nadie, ni los poemas, sabe cómo se agita el orgullo herido y cómo se especializa en programar el ridículo a distancia. La dignidad se tira al cubo de basura para oler como un perro obstinado el rastro de quien se marchó. Somos patéticos. Nos instalamos en el flashback. Es el tiempo del odio y de la súplica. ¿En qué pensábamos antes del desastre?.



Él haría lo que fuera para escucharla decir “te amo”. Pero no. Decir “lo que fuera” es virar al drama un estado de autoconmiseración. Él no derribará puertas ni empuñará cuchillos. La única tragedia es que la vida sigue. Está resquebrajado como una galletita y quiere que le devuelvan la imagen que se llevaron de sí mismo. Es una imagen que duele como un miembro fantasma. Sabemos que ha existido cuando fue amputada.

Lo que ella anhela es que la veta de oro le proponga matrimonio. Ella se ha retirado al mundo paralelo de la protección bancaria y él se sumerge en el agua venenosa de la indulgencia triste (así funciona cuando es retrospectiva). ¿Qué culpa tiene una chica de tapado raído si todo lo que busca es ser feliz?. La culpa es toda nuestra (la culpa es el veneno que corroe la psiquis).



No logra desconectar el proyector. El pasado es un presente sin tregua, invariablemente fuera de foco. La imagen se falsea al reproducirla. Lo extraño es que, en materia de amor, esa reproducción no le arrebata el aura. La potencia. Es, obviamente, el resultado de un proceso tan tonto como hiriente: la idealización del sujeto devenido objeto de nostalgia. Decir “sujeto” es desplazar, erróneamente, el centro de gravedad. Lo que se extraña son atmósferas y temperaturas. Los objetos del otro, los objetos en torno al otro, que actuaron como un espejo en el que, fugazmente, fuimos bellos. Todos somos bellos, todos tenemos el derecho cumplido a serlo en las historias de amor que nos contamos.





Que ella aparezca, como una aparición. En la agudeza del páramo, las palabras son estrictamente literales. Que ella aparezca para arrancarlo del letargo del sofá y del empobrecimiento al que su desaparición lo ha sometido. Que traiga lo que se ha llevado, como quien se retira robándose una mano o una pierna. Es esa mano, es esa pierna suya lo que él está velando. Que irrumpa para apagar las velas encendidas mientras cortaron la electricidad.



Y cuando ella regrese, él sentirá que todo lo cautiva. A una hora de Atlantic City están las dunas. El mar que se merecen. El pasaporte temporario a la inmortalidad. La pierna es ahora la de un maratonista. La mano es la del alpinista y la del mago. La mano que funda la literatura, sobre las ruinas de una biblioteca exhausta. No esperes demasiado. Ella, que es tu pantalla, está marcada por lo que persigue. Sentada junto a la ventana, en un cuarto de hotel, es secuestrada por el mar. Podrías tocarla pero es inasible. Sus ojos se adentraron en la noche que está fuera de cuadro. Es lo que está fuera de cuadro lo que revela la precariedad del hilo que los une. Es algo que no ves.

Porque ella necesita que la necesiten. Que se desvivan por ella. No olvides la literalidad en la que deberías concentrarte como un buen alumno. ¿La necesitarías para respirar?. ¿Te des-vivirías para que viviera?. Es simple. No interpretes la evidencia. No le alcanzan tus intermitencias ni tus dosis. Quiere la puerta derribada y el cuchillo resuelto. La lluvia enfebrecida, como condición de base, hasta la tormenta.



Pero, puesta a querer, lo quiere todo. El matrimonio decente y el amor impuro. La vajilla impecable y la cama revuelta. La tranquilidad confortable de la línea recta y el sobresalto salvaje de la curva. Quien encontró la veta de oro será su marido. Tu lugar sería, en su proyecto de fidelidad, el lugar del amante que ayuda a soportar lo cotidiano vuelto letanía, mientras el marido inyecta adrenalina en la figura del amante.

¿Qué podrías reprocharle?. Basta con renunciar a la venganza y decirle adiós. El proyector volverá a encenderse en tu cabeza. El amor, ¿quién se atrevería a bautizar esto de otro modo?, es el insumo de tus narraciones y el pincel que traza tu retrato. El amor es la cámara de cine que te filma.



¿Quién no lo quiere todo?. Díganme quién. Por eso leemos Los enamorados, de Alfred Hayes, con un nudo agridulce en la garganta y nos buscamos, sedientos y eternamente agradecidos, en el bálsamo provisorio de las comedias románticas. Ya pagamos la entrada con todas las imágenes que nos han robado. Puestos a buscar, quisiéramos que alguien nos cediera su azaroso pedazo de madera y nos ahorrara el hielo en medio del naufragio. No le pidas a la vida lo que, en el grado insoportable del dolor, no podría darte. Para eso, para devolverte lo que te quitaron o entregarte lo que jamás tuviste, está el cine. Somos, al mismo tiempo, grandes ladrones de imágenes. Le robamos al cine, esa bendita anestesia y esa aguja, como quien roba a un enamorado.








Imágenes
Los enamorados, Alfred Hayes, Editorial La Bestia Equilátera, Buenos Aires, 2010.
Manhattan (Woody Allen, 1979)
Annie Hall (Woody Allen, 1977)
When Harry met Sally (Rob Reiner, 1989)
Love, actually (Richard Curtis,2003)
Music and Lyrics (Marc Lawrence, 2007)
The Holiday (Nancy Meyers, 2006)
Notting Hill (Roger Michell, 1999)
Four Weddings and a Funeral (Mike Newell, 1994)
Little Children (Todd Field, 2006)
Titanic (James Cameron, 1997)