Botonera

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24.5.19

XII. "CARRETERA PERDIDA. PASEOS CON DAVID LYNCH", Roberto Amaba (coord.), Shangrila 2019




 FIGURAS, ESPACIOS, GÉNEROS, PAISAJES.
DE LA FIGURACIÓN COMO ABSTRACCIÓN EN CARRETERA PERDIDA

Israel Paredes Badía


David Lynch



[...] Es quizá anecdótico o una extensión más de sus intereses creativos, pero es bien sabido que, desde sus tiempos en el instituto, Lynch diseña muebles de interior. La casa de Fred y de Renee era propiedad de Lynch –la usaba como estudio de grabación– y gran parte de los muebles no solo eran suyos, sino que fueron diseñados por él. Este aspecto interesa en tanto que Lynch atiende a elementos internos del plano para componer la puesta en escena desde una figuración que conlleva, claramente, una idea abstracta en cuanto a lo que representan en la intimidad de la pareja. Y por extensión, como contraste con la parte de la película correspondiente a Pete y Alice. Lynch compone el arranque de Carretera perdida a partir de fragmentos que van mostrando la convivencia de la pareja, las sospechas y los celos de Fred hacia la posible infidelidad de Renee y hacia las anomalías que van apareciendo: las cintas de vídeo anónimas que muestran el exterior y el interior de la casa en una progresiva invasión de su intimidad, o la aparición de una figura fáustica (el Hombre Misterioso) que nadie parece ver excepto Fred.

Lynch articula ese arranque mediante un trabajo atmosférico basado en la imagen, el sonido y la música, componiendo los planos con un sentido geométrico marcado por líneas de fuga en las formas, desde lo frontal y lo oblicuo, creando una realidad que, poco a poco, se revela como un espacio asfixiante. Un orden aparente en sus vidas que, sin embargo, esconde lo apático y lo aburrido para Fred. La casa posee una clara figuración modernista que tiene, en la ruptura narrativa que se producirá avanzada la película, su lógica estructural: la narración lineal, convencional, ha dejado de ser posible. No obstante, se debe apuntar que, en verdad, Carretera perdida propone un relato marcado por una ruptura que no abandona cierta linealidad si se atiende a su lógica interna: cuando Fred se convierte en Pete en el interior de la celda, no comienza otra película, sino que continúa la misma desde otra perspectiva, desde otro punto de vista. Puede que todo suceda en el interior de la cabeza de Fred, puede que en verdad se haya convertido en otra persona para vivir otra vida o para hacer frente a una pesadilla que, al final, le devuelve al punto de inicio, desdoblado, enloquecido en una realidad contra la que necesita rebelarse.

La casa del matrimonio aparece como un espacio carente de afectos en su extrema racionalidad (figuras 3 y 4). No hay elementos en ella que denoten algún tipo de personalidad, que hable de ellos. No es un espacio de cohabitación, sino de enclaustramiento. Es pura modernidad, equilibrada, aséptica, de un minimalismo extremo. Y sin embargo, la manera en la que Lynch nos introduce en ella resulta francamente inquietante porque, a pesar o precisamente por su aspecto aséptico, los objetos desplegados en el espacio “no hablan porque no tienen nada que decir, sino (…) porque tienen algo que ocultar”. (7)

7. METELMANN, Jörg; LOREN, Scott, Irritation of Life. The Subversive Melodrama of Michael Haneke, David Lynch and Lars von Trier, Marburgo: Schüren Verlag, 2015, p.120.




Figuras 3 y 4


Hay algo irreal, fantástico, acorde con los sucesos que perturban su cotidianidad. Fred y Renee se mueven por ella con ingravidez, como narcortizados (las interpretaciones de los actores fueron dirigidas para transmitir esa sensación). También su ropa, mero atrezo si se quiere, confiere abstracción: las batas roja y negra de Renee se contraponen a los vestidos blancos de Alice. La que debería ser la femme fatale, viste con más luminosidad que la esposa porque es ella quien introduce a Fred, bajo la forma de Pete, en una realidad sustitutiva para que viva tanto sus deseos internos como su pesadilla. Hay un aparente orden en la vida del matrimonio, pero también una frialdad que se traduce en una sexualidad reprimida. Así se muestra durante la secuencia en la que, acostados, suena de fondo, como en otra dimensión, la canción Song to the siren en versión de This Mortal Coil. Canción que aparecerá en otras dos ocasiones convertida en una suerte de leitmotiv a partir de la intensidad de su volumen, de menos a más. Ya en el desierto, Pete y Alice harán el amor frente a los faros del coche antes de que Fred regrese, de que Pete desaparezca y después de que Alice diga: “Nunca seré tuya”. Es decir, el canto de sirena se ha escuchado de manera plena, pero supone, a su vez, el fin de una posible ensoñación y el comienzo de un ajuste de cuentas por parte de un Fred liberado de toda constricción [...]