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25.6.19

EL GRADO SAMANIEGO (SOBRE "LA CIUDAD DESNUDA")



EL GRADO SAMANIEGO
(SOBRE LA CIUDAD DESNUDA)

Miguel Ángel Hernández-Saavedra






La ciudad desnuda (Abada Editores, Madrid: 2019) es “el libro más loco” de Alberto Ruiz de Samaniego. Lo dice él. Barruntaba yo que semejante locura no tendría que ver, por ejemplo, con el subtítulo: “Variaciones en torno a Un hombre que duerme de Georges Perec”. No lo pensaba por cuanto resulte una locura (comercial), aunque de muy buen gusto, considerar como destinatarios naturales de un libro a los lectores castellanohablantes -no los suponemos por cientos de miles- del escritor nacido en el Distrito de París. Pensar eso habría sido mezquino: Samaniego escribe para cien mil extranjeros más o menos, capaces de entenderse y de extrañarse en familia, aun sin conocerse, en varias lenguas a la vez. Tampoco creía yo que el autor de Cuerpos a la deriva, libro al que dediqué un extenso comentario (Shangrila: “Textos en red”), hubiera enloquecido entretanto. Comparto con los psiquiatras forenses el dogma de que un loco no se hace el loco, sino que lo es. En cualquier caso, él atribuía la locura al libro. ¿Se puede escribir un libro loco, permaneciendo muy cuerdo antes, entre medias y después? ¿Qué es un “libro loco”?

Este es un libro loco, en efecto; o “el más loco” de los publicados por el autor. Su locura puede deducirse, tras la lectura, de estas tres imposibilidades:

1. No es posible reseñar un libro así. Porque reseñar un libro así significa consignar una miríada de textos, de autores, de teorías, de connotaciones, de paradojas, de ascensos y descensos, de conquistas, de tonalidades. Por dar solo algunos nombres (además de Perec): De Quincey, Hawthorne, Melville, Poe, Flaubert, Kafka, Pessoa, Blanchot, Heidegger, Barthes, Debord, Deleuze, Quignard, Agamben… o San Pablo. Semejante consignación, en lo que concierne a la parte “documental” del libro, supone ciertamente una locura. Cualquier intento de sintetizar las ideas contenidas en este ensayo implica la destrucción del reseñista, habitualmente caracterizado como un sujeto perezoso, experto en despachar libros tomándolos de las solapas. Este libro exige otro para “responder” (exponerlo, asimilarlo) o, en su defecto, una tesis doctoral con abundantísimo aparato crítico.

2. Un libro así no puede ser leído más que de un tirón, de dos o de tres. Porque un libro así obliga a posponer cualesquiera obligaciones. Es, por tanto, una locura. Dedicarle al libro más de una semana o dos implica una grave ineptitud por parte del lector, capaz de anteponer trabajos y fatigas al placer, pero también al dolor, que supone entregarse a esta escritura en la medida completa de sus debilidades y fuerzas. Tres días para leerlo, digamos, y tres vidas para su rumiación.

3. Un libro así obliga a reconsiderar la diferencia entre la memoria y la historia del pensamiento. Porque este libro no es un libro sobre Georges Perec, aunque lo sea, sino un tratado sobre la subjetividad, sobre la conciencia, sobre la realidad, sobre las imágenes, sobre la mirada, sobre el cine, sobre la escritura, sobre “el sentido”, pero también sobre los modos de producción y reproducción sociales (evidentemente económicos y culturales) que no solamente hacen imposible el retorno a un “grado cero” (Barthes) del lenguaje, sino que explican la aparición de esa aspiración al sueño, a la nada, a la neutralización de “un hombre que duerme”, tratándose de Perec, o del “artista del hambre”, en Kafka, o de “Bartleby”, en Melville. Entonces, ¿qué es posible decir sobre este libro? A partir de aquí, el lector puede abandonar esta reseña, que no lo es, e iniciar la lectura de este objeto imposible, como lo es toda enmienda parcial y fabulosa a la totalidad y, con más razón, toda enmienda total a su reverso: la nada. 

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Un hombre que duerme (Georges Perec, 1974)


Me limitaré a llamar “grado Samaniego” a una tercera vía que se superpone a las vías de la procreación y de la contemplación, las cuales, según el celebérrimo discurso de Sócrates/Diotima en El Banquete de Platón, constituyen el horizonte posible de perdurabilidad en el tiempo.

El autor dedica las últimas páginas de su ensayo al esclarecimiento de la idea de mesianismo, conectando el final de La ciudad desnuda con su apéndice (“Ejercicios de stylo”). Las referencias a San Pablo son cruciales, nunca mejor dicho, como también a Walter Benjamin y a Giorgio Agamben. Citaré dos momentos del libro, muy sucintamente, dos breves pasajes de las páginas 146 y 162 (de las 284 que lo componen), para ponerlos después en relación con lo que me parece una declaración fundamental.

Y entonces el sujeto ha de entenderse, ante todo, a la manera de Hegel, como aquel que puede retener en sí su propia contradicción. Convengamos: no existe una presencia-a-sí que no ponga en juego la escisión-de-sí que esta presencia demanda. La fisura en el espejo no deja de mostrar -desde el principio, como principio- esta escisión en el seno mismo de la presencia (…). Porque esa hendidura no conduce, desde luego, a ninguna profundidad: tan solo remite a un desajuste. Representa la grieta entre la experiencia y el sentido, o la partición ya originaria como fundamento de la relación entre sujeto y objeto. Línea o brecha por la que se desliza, difuminándose, el yo. No consiste, sin embargo, en que el yo se fracture, sino que se descubre como fractura. No es, por tanto, el sujeto como algo que se desgarra cuanto, justamente, la grieta como el lugar propio del yo.

O bien:

Ha de buscarse una fisura, para tratar al menos de ver en ella el principio de un relato o un sueño, aunque fuese del sueño laberíntico.

Y la declaración decisiva (página 112) a propósito de un aire de familia entre dos de los protagonistas del libro. Uno, el protagonista a todas luces, Georges Perec; el otro, muy presente, sobre todo en su primera mitad, Martin Heidegger:

Conviene, en este sentido, recordar que en la analítica existencial heideggeriana sí sucede algo similar a lo que acontece en el relato de Perec: el acceso posible a un sí-mismo ha de realizarse a través del no-ser. No hay pasaje, por tanto, de un sí-mismo al sí-mismo a través del progreso y el saber. El acceso viene siempre por la vía del no-ser, por la vía de la falta-de-ser. Si bien, el relato de Perec nunca superará este estadio negativo. Por ello no se produce tampoco ningún tipo de catarsis, ni de acceso progresivo a la conciencia, sino una interpelación fría y neutra, y una constatación final, la hendidura.

Carece por completo de sentido -más que una locura, sería una ridiculez- recordarle al lector de qué trata el relato de Perec. En realidad, no es necesario conocerlo para sumergirse en este ensayo, un libro que son cien mil; cien mil extranjeros entendiéndose en sus propias lenguas, según un código que podemos denominar “la hendidura”.

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Un hombre que duerme (Georges Perec, 1974)


Si he aludido al discurso de Sócrates/Diotima/Platón de El Banquete es, precisamente, para añadir una voz más, como una variación sobre las variaciones, a la multitud de voces que componen este ensayo coral -y coralino- de Alberto Ruiz de Samaniego. Recuérdese que Platón elabora su escatología (no hablamos del mito de Er) en torno a dos vías: para la mayoría está la procreación, la supervivencia en el recuerdo de los allegados, cumplida la muerte; para una minoría excelsa está la contemplación (del conocido como “mundo de las ideas”). Si algo enseña a ese respecto nuestro mundo, es que ambas vías estaban vinculadas en su diferencia. Los seres humanos de carne y hueso perduran en el recuerdo de sus seres queridos porque hay algo así como un en-sí de lo humano, que solo el filósofo es capaz de contemplar. Roto ese vínculo, privada la inteligencia históricamente de ese acceso, el último mesianismo, tal vez el único, es este que Ruiz de Samaniego, queriéndolo o no, ha conseguido formular de la mano de Perec, pero, a la vez, analizando y glosando las razones del fracaso del “hombre que duerme” (o sea: del grado cero, según la fórmula de Barthes).

Duro escarmiento de una particularidad que, desmigajado el universo, se atormenta y se vuelve culpable porque, en definitiva, no se puede juzgar el todo, ni medirlo, ni compararlo, ni sobre todo negarlo. Como ocurre con el sujeto, el sentido es siempre varios: la verdad comienza en el desdoblamiento, en dos, el entre-dos. De ahí la necesidad de una interpretación que no se resuelva en la revelación de ninguna verdad oculta, sino en la lectura de un texto que -como una ciudad- no tiene más sentidos que los del proceso, el devenir.

Devenir no significa “progreso”. El uso de la palabra, en filosofía, ya denota una crítica -y una salida- de la concepción lineal del tiempo. Al menos del tiempo histórico, de manera que los “sentidos (…) del proceso” no pueden entenderse como acumulaciones (rendimientos) ni como antecedentes de un sentido (un Sentido, con mayúscula) que culmine el proceso mismo. Sin embargo, y esta me parece la cuestión fundamental, de esta “constatación final, la hendidura” que, en su aspecto negativo, cierra la posibilidad de una filosofía escatológica de la historia, no se sigue la renuncia al “saber”, aunque este no sea nunca un saber absoluto, sino, por el contrario, un saber absuelto de cualquier compromiso metafísico con una “verdad oculta” en la que, al fin, reconciliar al sujeto, esta fractura, consigo mismo. De aquí lo que denomino “tercera vía”, que nada tiene que ver con componendas metafísicas sino con el reconocimiento de algo siempre ya implícito en el “desdoblamiento”, una forma de llamar al pensamiento. Pues todo pensamiento discurre…

Ya lo hemos dicho: tan sólo queda el mero ponerse en camino. Permanecer puramente confiado a una apertura donde nada se espera, en el desprendimiento de toda dirección y de todo representar. Entonces: caminar. Vagar sin meta ni rumbo en la acción única que mejor dramatiza la espera. Pero es una pretensión que ha conducido, sin embargo, al colapso (…). Es evidente que todavía no ha llegado el momento saludable de la rememoración o el despertar, la precisa visión y dicción de lo inmemorial, lo igual decisivamente para todos, la revelación suave de lo indistinto.

Esa indistinción es, con innumerables rostros, lo que distingue este libro, “el más loco” del autor, de las homogéneas e indiscernibles modalidades de la normalidad, que solo los necios confunden con la cordura. Lo indistinto no es, a juicio de este lector, nada distinto de su “revelación suave”. Volviendo a Barthes: la “delicadeza” no es solamente un gesto, una actitud, un ademán. Delicado es conservar lo perdido, la huella, lo realizado, así como lo irrealizado. Delicado es no desprestigiar el acto para mayor gloria de la potencia, y no reducir la potencia a lo actualizado. La delicadeza es una forma de habitar la hendidura, lo que significa hacerla conscientemente posible.

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Un hombre que duerme (Georges Perec, 1974)


La delicadeza con que Samaniego trata a las figuras humanas, demasiado escritores, que recorren su libro (a Hawthorne, a Melville, al propio Perec sin duda), explicando los “fracasos” anunciados de sus trayectorias vitales, los colapsos y los encierros, compatibles con su éxito literario, demuestra que es posible comprender y admirar lo que, sin embargo, constituye un error desde la perspectiva fría del sujeto que anhela su propia desaparición. En el caso del escritor, como figura, este anhelo coincide con las condiciones materiales que, en el mundo moderno, hacen posible, por una parte, la objetivación del punto de vista y su transformación en mercancía (el libro contiene una gloriosa teoría del instante, rescatando de algún modo lo que de “trayectoria” tiene el objeto repetido a través de su serie), y, por otra, la necesidad subsiguiente de superar dicho resultado mediante una forma de enunciación no mediada por esas mismas condiciones materiales (que son también simbólicas). En este sentido, la diferencia entre el sujeto del enunciado y el sujeto de la enunciación sigue siendo la baza que permite al autor desdoblarse al tiempo que se identifica. Baza moderna, aún vigente, que posibilita al escritor zafarse de la identidad (“no soy yo, es el personaje”) a la vez que se procura un stylo, tal como escribe Samaniego. Y esa palabra, tan delicada en el caso de nuestro autor, es lo que justifica su declaración: cuestión de stylo. Cuando dijo “el más loco de mis libros”, dijo -calló, con toda su sprezzatura- “el más delicado”. Porque eso solo lo pueden decir los lectores. (Léanlo, díganlo). Hay una tercera vía que no procura la eternidad, pero que guarda memoria. Una vía en la que se sabe y del que sabe, y comparte lo que sabe, aunque no conduzca -precisamente porque no conduce- a una estación final.

La ciudad desnuda forma ya parte de esos objetos imposibles (nunca actualizables del todo), de esas estaciones imprescindibles y memorables cuyo espacio, apenas el lugar de un libro, casi se confunde con el tiempo: “revelación suave de lo indistinto”.






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