Botonera

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24.9.20

V. "SUSPIRIA. LAS MINISTRAS DEL MAL", Pilar Pedraza, Shangrila 2020



Thomas de Quincey


[...] Suspiria e Inferno arrancan de antiguas tradiciones sobre triples diosas infernales, especialmente la Hécate griega y las Parcas o Tria Fata (Nona, Decima y Morta) romanas. Thomas de Quincey las había rebautizado en su obra Suspiria de profundis (1845), bajo los nombres y formas de las ministras de la diosa Levana, tres madres hermanas entre sí: Mater Suspiriorum, Mater Tenebrarum y Mater Lachrymarum. (5) Argento las construye como tres brujas muy poderosas, cuya trinidad simboliza la muerte y siembra el dolor y la destrucción, desvirtuando así el esquema del poeta inglés, para quien no son brujas, sino símbolos de los padecimientos del hombre desde que entra oficialmente en la vida humana y se convierte en juguete del destino hasta la muerte. Daria estaba leyendo por entonces Suspiria de Profundis. La brujería de Argento y Nicolodi es creación de ambos a través de Thomas de Quincey y de la fantasía popular, no corresponde ni al fenómeno real sociológico de la brujería histórica de todos los tiempos ni a los entes casi abstractos del escritor inglés. Conviene tener en cuenta esto a la hora de entender cabalmente lo que queremos decir cuando nos referimos a que la tríada de las Madres es una creación sin antecedentes en el cine o en el imaginario popular, pues es obra de Dario Argento y de Daria Nicolodi. 

5. De Quincey las llama, en inglés, “Mothers of Sorrows”, lo que en castellano suele traducirse como “Madres de las Penas”. El nombre de cada una de ellas, en latín, significa “Madre de los Suspiros”, “Madre de las Lágrimas” y “Madre de las Tinieblas”.

Thomas de Quincey (1785-1859), periodista y escritor inglés, pertenecía a la élite de la literatura anglosajona visionaria del siglo XIX, entre el Romanticismo y el decadentismo. Su vida fue difícil; su obra, profunda, retórica y exquisita. Trabajó en el periodismo para vivir y fue un adicto al opio, consciente, en un momento determinado, de que no tenía posibilidades de regeneración. Su libro más importante es Del asesinato considerado como una de las Bellas Artes, del que forma parte Confesiones de un inglés comedor de opio, publicado en 1821. Se trata de textos autobiográficos, cortos, de prosa poética. Uno de ellos, el titulado Levana and Our Ladies of Sorrow, comienza hablando de la diosa romana Levana, que preside la aceptación del recién nacido por su padre. En 1845 apareció Suspiria de profundis. Este texto es el que inspira directamente a Daria Nicolodi y a Dario Argento. Está influido por los ensueños alucinatorios del opio, que se mezclan inextricablemente con recuerdos de vivencias intensas de la infancia del autor, como la muerte de su hermanita, a la que amaba profundamente. De Quincey se obsesionó con la creencia de que su vida entera estaba bajo la influencia de estas entidades, tanto en sus visiones gloriosas como en sus efectos destructores. Uno de estos sueños, o más bien constructos conscientes, fue vertido en tono entre solemne, poético y psicoanalítico avant la lettre en el capítulo “Levana y sus señoras de las Penas”, que contiene nociones esenciales del devenir humano en el mundo regido por el destino. Tales nociones están en la base de las Madres, aunque con un sentido diferente, más complejo y filosófico que en las películas de Argento, que las convierte en entidades asequibles al público: en brujas. Son tres, como las Gracias, como las Parcas, como las Furias: “Estas son las Penas y a las tres las conozco” (De Quincey, 1985: 93-94)

[...]


Dice Thomas de Quincey que muchas veces, en Oxford, en su disipada juventud de comedor de opio, había visto en sueños —que no en delirios— a Levana. La conocía por sus símbolos romanos. Levana, que debía su nombre al latino “levare” (“levantar”), era la diosa romana que cumplía ante el recién nacido los primeros oficios de la bondad, de la grandeza de la raza humana, y de la benignidad. En el momento mismo del nacimiento, cuando el niño aspiraba por primera vez el aire de nuestro mundo, lo acostaban en el suelo. Inmediatamente después lo cogía en brazos su padre, en nombre de la diosa Levana, con lo cual lo aceptaba como suyo. En los sueños de De Quincey, la misteriosa señora no mostraba nunca el rostro salvo a él, y actuaba por delegación del Destino. Su misteriosa misión era atormentar el corazón humano hasta extraer de él la más pura esencia espiritual.

Las hermanas no hablan, giran en laberintos, conspiran juntas; y en los espejos de la oscuridad los ojos avezados perciben retazos de sus intrigas. Los símbolos son suyos, “mías las palabras”. La suya es una presencia que avanza siempre al primer plano o se hunde entre las sombras. Son las Semnai Theai o Diosas Sublimes, las Euménides o Graciosas Señoras. De Quincey les pone nombres latinos inolvidables: la mayor de las tres se llama Mater Lachrymarum, Nuestra Señora de las Lágrimas. Delira día y noche, llamando a los que ya no están. Sus ojos son ya dulces y sutiles, ya fieros y soñolientos, y muchas veces se levantan hacia las nubes, desafían al cielo. Lleva en la cabeza una diadema y, prendidas en el cinturón, las llaves con las que abre chozas y palacios. Visita a los que no duermen. Se la llama también Madonna.

La segunda hermana es la Mater Suspiriorum. No asciende a las nubes ni camina en los vientos. No lleva diadema. La suya es una dolorosa historia llena de sueños destruidos y ruinas de un delirio olvidado. La cabeza, cubierta por un viejo turbante, siempre está inclinada, siempre vuelta hacia el polvo. No llora ni se queja, pero a menudo suspira de manera audible. Es humilde hasta la abyección. Puede murmurar, y en sueños susurrar, pero solo para sí y en la penumbra. No pide nada, solo da su consuelo. Visita al paria, al judío, al galeote, al penitente, al esclavo de las plantaciones, a las monjas, a las prostitutas, al cautivo.

La tercera hermana, Mater Tenebrarum, que también es la más joven, es la desafiadora de Dios, la rebelde, la madre de las locuras y la inductora de los suicidios. Se mueve con saltos de tigre. No tiene ninguna llave, pues asalta con su solo poder todas las puertas [...]

Argento y Nicolodi dedicaron su esfuerzo a reflexionar sobre estas mujeres nacidas de los Suspiria de profundis de Thomas De Quincey, construyendo una leyenda propia a partir de sus ideas sobre el origen de las brujas. Para Daria y para él, tal como aparece explicado en los filmes Suspiria e Inferno, las Tres Madres eran tres seres malvados que habían sentado las bases de la brujería en el siglo XI. Tras haber sembrado por doquier la muerte y la desolación, desarrollando sus propios poderes, se habían reunido para encontrar tres lugares donde instalarse para siempre y desde donde dominar el mundo.


Ilustración de Julien Champagne (1877-1932) para
 El misterio de las catedrales, Fulcanelli, 1926


Para el nombre de Emilio Varelli, el arquitecto de las casas de las Madres, Daria y Dario se inspiraron en el alquimista moderno e histórico Fulcanelli, personaje real fascinante, cuyo origen y nombre completo se desconocen. Su apodo se relaciona con los dioses Vulcano y Helios. Nació en los años setenta del siglo XIX y se sabe que estuvo muy activo en la segunda década del siglo XX. Viajó mucho, en parte por España. Escribió varios libros de esoterismo alquímico, entre ellos El misterio de las catedrales (París, 1926) y Las moradas filosofales (París, 1930). Ambas obras hacen pensar en arquitecturas secretas y esotéricas, similares a las casas de las Madres de Argento. Parece haber sido amigo de Eugène Emmanuel Viollet le Duc, el gran arquitecto neogótico, y su figura es comparable, salvando las distancias, a la de Giacomo Casanova y el conde de Saint Germain. (6) [...]

6. Sobre Fulcanelli véase Nataf, 1994 y Corral Lafuente, 2008. Fulcanelli estaba de moda en los años setenta, debido al resurgir del interés por el tema de la alquimia, cuando Alejandro Jodorowsky rodó La montaña sagrada (1973), película totalmente hermética cuyo tema es la obtención de la piedra filosofal y la reunión de los grandes iniciados en un lugar secreto. Fue proyectada en varios festivales internacionales, entre ellos el de Cannes de 1973 y Dario Argento la conocía.





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