Botonera

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16.10.20

XVII. "NIEVE. POSTALES DESDE EL FRÍO", Pasión Rivière (coord.), Shangrila 2020




NIEVE GRIS
Faustino Sánchez



Ted Croner, Sin título, 1947




He necesitado esperar a la jubilación para cumplir el sueño de mi infancia: vivir en un lugar donde nieva copiosamente media docena de veces al año. En realidad, solo se trata de la mitad de mi sueño. La otra mitad la cumplí durante los cuarenta y cinco años en los que fui primero detective privado y, luego, inspector de policía. Mi avidez nunca vino tanto por el lado de impartir justicia o perseguir malhechores, sino por el de encontrar la verdad y demostrarla a los demás, y puedo decir que eso se ha cumplido en buena parte. Sin embargo, moriré con la desazón de que aquel sueño único de infancia haya necesitado atomizarse para ser cumplido. Nunca conseguí ser un detective en la nieve, solo un detective urbano y ahora un jubilado en la nieve.

Hace ya cerca de sesenta años de mi primer recuerdo de la nieve, que, viviendo en un barrio pobre de gran ciudad, era normal que estuviera asociado a una pantalla de cine. Necesitábamos una ventana al exterior de un barrio que constituía todo nuestro universo. Ir al cine era embarcarse en una aventura intergaláctica; expandía nuestros sentidos convirtiéndose en nuestro mayor instrumento de conocimiento y emancipación. Conocimiento compartido en comunidad. Compartir películas era compartir experiencias.

Suelo recordar la historia que contaba James Baldwin sobre el cambio que el cine produjo en su infancia, cuando era un niño pobre de Harlem, negro, homosexual, de ojos saltones. En esos primeros años ‘30 nadie podía imaginar que Baldwin fuera a convertirse en el gran escritor y activista que fue, que rellenaría de oro las páginas de la historia del arte y la dignidad del siglo XX. Él, como yo en mi barrio, no pensaba que pudiera salir de su pequeño Harlem, de la burbuja de su entorno. Hasta que en una de esas sesiones de sábado por la tarde en las que el cine era el lugar de encuentro comunitario, una pequeña película de Michael Curtiz se cruzó en su vida: Veinte mil años en Sing Sing. En aquel momento no era importante que Curtiz estuviera detrás de la cámara. Lo importante es quiénes estaban delante, quiénes expandían la mirada de los espectadores. Eran dos estrellas de Hollywood, Spencer Tracy y Bette Davis, estrellas pioneras pero aún no rutilantes surgidas de ese nuevo cine que acababa de empezar a hablar.

Baldwin estaba viendo la película con agrado, disfrutando como solía hacerlo del cine, cuando de repente, con una sola imagen, algo cambió en su cabeza. Bette Davis, en primer plano, bebía un sorbo de su copa de champán mientras miraba a cámara con sus enormes ojos de rana. Una mirada dirigida a James Baldwin, quien, en ese momento, vio sus propios ojos al otro lado de la cámara, del universo, del mundo. Ahí estaban, ojos de rana y estrella de Hollywood. Fealdad y éxito. Cortocircuito mental. Baldwin sabía que podría salir de la miseria y hasta hacer cosas importantes. Una mirada de Bette Davis en una sala oscura le cambió la vida de una manera que en ese momento todavía no era capaz de calibrar.


Veinte mil años en Sing Sing



Mi experiencia fue similar cuando, aún más pequeño que James Baldwin, vi una película de un policía violento, desarrapado, de vuelta de todo. Era un policía antipático que recuerdo que me asustaba. La película era urbana y agreste. En realidad, no presentaba una realidad muy diferente de las cosas que yo miraba o intuía al otro lado de la ventana de mi casa. Pero me permitía verlas de cerca. Aquellas eran las cosas que mi mirada, acordonada por la distancia del peligro, no llegaba a atisbar. Sin embargo, en la película, de repente, todo cambia. El conflictivo policía es desterrado. Lo envían a resolver un caso a las montañas y la ciudad queda atrás. Era un paisaje como no había visto en ningún otro lugar, o quizás recordaba haber visto con frialdad en la ilustración descolorida de algún libro infantil. Porque las montañas las reconocía bien. Me impactó, no obstante, el manto que cubría todo de un gris mucho más claro que el gris de la ciudad: un gris uniforme, suave, de tonalidad degradada. Un gris que se asentaba conforme iba goteando del cielo, como cuando mi madre lanzaba pellizcos de sal sobre la comida. Pero la sal se diluía en la comida, no formaba ese manto maravilloso que solo deseaba tocar, por el que soñaba deslizarme [...]






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