Botonera

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27.1.22

III. "CONEXIONES. UN DIÁLOGO CON SANTOS ZUNZUNEGUI", Asier Aranzubia, Valencia: Shangrila 2022



Cine Filarmónica


Después de haberse exhibido, probablemente durante años, en salas de estreno y cines de barrio de diferentes localidades del País Vasco, una copia de Sed de mal se proyecta en el único cine de un pueblecito del interior de Vizcaya llamado Miravalles. Entre los espectadores de esa sesión se encuentra un joven bilbaíno que es la primera y última vez que visita mi pueblo. Debe ser a mediados de los sesenta. Faltan ocho o nueve años para que nazca yo. El azar, por lo tanto, no puede hacer que nos crucemos por el Camino Viejo de Miravalles, que es la calle donde están tanto el cine como la casa donde me críe, pero la imagen de esa visita relámpago de Santos Zunzunegui a mi pueblo persiguiendo una copia de Sed de mal merece ocupar el pórtico de este diálogo entre el maestro y su discípulo. Supongo que no era la primera vez que perseguías una película por los cines de Vizcaya. ¿De dónde viene tu cinefilia? 

Probablemente esta escena puede resumir un poco el estadio álgido de una pasión por el cine que se manifestaba en la búsqueda incansable de películas a las que no había podido acceder por razones de edad (por aquel entonces debía tener unos dieciséis o diecisiete años). Pero la historia comienza bastantes años antes. Todavía me veo saliendo del Colegio Nacional Miguel de Cervantes situado en la bilbaína calle de Lersundi, un sábado como tantos otros en aquellos años grises de mediados de la década de los años cincuenta para encontrarme con mi madre que venía siempre a buscarme a la puerta del centro escolar (en el que mi abuelo materno había ejercido de maestro años atrás) para dar comienzo a lo que ahora, en la distancia borrosa, puedo recordar como el ritual de los sábados. Durante los tres años en los que asistí a ese centro público en el que todavía trabajaban (y fueron profesores míos) antiguos compañeros, y sin embargo amigos, de mi abuelo Eliseo, este rito se celebraba inexorablemente. La escuela terminaba a las cinco de la tarde y de la mano de mi madre me dirigía al cercano cine Filarmónica en cuya coqueta y acogedora sala, en los días en los que no se celebraban conciertos de música clásica de altísimo nivel, y por aquel entonces, uno de los reductos cuasi inexpugnables de la alta sociedad bilbaína, se proyectaban extraordinarios programas dobles cinematográficos lo suficientemente heterogéneos para poner delante de los ojos de un niño que no perdía ripio ante lo que desfilaba por la pantalla, fantasías que estaban más allá de lo que era capaz de imaginar por si mismo. Allí vi, sin ponerme mucho a pensar, películas como Cita en Honduras (sin sospechar que era obra de un tal Jacques Tourneur) o El submarino fantasma (quién iba a pensar, años más tarde, que me iba a interesar por los suntuosos melodramas de su, entonces, ignoto autor).  Muchos años después me encontré en la cuarta de cubierta de un libro del filósofo y estudioso del arte Jean-Louis Scheffer una reflexión con la que me identifico. Respondía así Scheffer a la autopregunta “¿Por qué vas tú al cine?”: ¡No lo sé! Pero creo haber comprendido esto: voy a ver el mundo y el tiempo que han mirado nuestra infancia”. 

Pero creo que no se entendería mi manera de relacionarme con el cine que, sin duda, tiene su escena originaria en estas sesiones dobles de los sábados si no añadiera algunos elementos adicionales. El primero tiene que ver con un hecho banal. Como la proyección de la primera película (ni mi madre ni yo utilizábamos el anglicismo film) empezaba puntualmente a las cinco de la tarde, cuando ingresábamos al cine ya había comenzado. Por tanto, veíamos la parte de la película que estaba en curso cuando llegábamos, continuábamos con la segunda completa y, finalmente, recuperábamos la parte de la primera que nos habíamos perdido inicialmente e, incluso, si no se hacía demasiado tarde, volvíamos a ver completo el primer filme. Esta dinámica de visionado me vacunó para siempre de esa tontería que ahora se llama spoiler y que nunca he podido entender. El cine, como cualquier relato, es accesible desde muchos lugares de su temporalidad y la sensación de montarse en marcha en un relato del que no tienes todos los datos puede ser extraordinariamente vívida. Eso sí, hay que tener muy presente que una narración solo puede evaluarse de manera ponderada cuando ha llegado a su final.

Pero hay más [...]  



Imagen portada: Santos Zunzunegui ante la tumba de Yasujiro Ozu



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