Botonera

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30.1.22

IX. "CONEXIONES. UN DIÁLOGO CON SANTOS ZUNZUNEGUI", Asier Aranzubia, Valencia: Shangrila 2022



Los comulgantes (Ingmar Bergman, 1963)



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En aquel curso de 1997 sucedieron también otras cosas que merecen ser contadas. Supongo que para protestar por la detención de algún militante de ETA –o vaya usted a saber porqué– la izquierda abertzale convocó una huelga que, como solía suceder en estos casos, fue masivamente secundada por los estudiantes de la UPV/EHU. En realidad, más que secundarla, la mayoría de los estudiantes (entre los que me incluyo) preferían ahorrarse el viaje hasta Lejona porque sabían que, al final, los cachorros de la izquierda abertzale acabarían imponiendo su ley. Pero en aquella ocasión la huelga se convocó para el viernes y, claro, yo no estaba dispuesto a perderme la clase de cine si es que esta, finalmente, llegaba a celebrarse. La sesión, aunque con un aforo reducido a la mitad, había comenzado a su hora. Estábamos viendo Los comulgantes en un televisor (el proyector se había estropeado la semana anterior) cuando un par de borrokas entraron en el aula. Recuerdo que nada más entrar les animaste a que contaran lo suyo y a continuación les expusiste las razones que estaban detrás de tu decisión de no interrumpir la clase. Como medida disuasoria los espontáneos se sentaron con cara de pocos amigos en dos sillas que estaban cerca de la televisión. Minutos después, tras constatar que su mera presencia no surtía el efecto esperado, uno de ellos se levantó y apagó la tele. Tú la volviste a encender, pero cuando viste que el intruso repetía la operación te dirigiste a nosotros para comunicarnos que en esas circunstancias no podías seguir impartiendo tu clase. En aquella ocasión, y sin que sirviera de precedente, no pudiste hacer tuya esa frase que pronuncia el pastor protagonista de la película de Bergman y que te he escuchado repetir después en varias ocasiones: “Pase lo que pase, tienes que decir tu misa”. Me consta que durante aquellos años viviste situaciones parecidas a esta e, incluso, más desagradables. Ahora que lo que eufemísticamente se llamaba “lucha armada” ha derivado, afortunadamente, en una lucha por el relato me gustaría que contaras tu versión de esta historia.   

Cuando sucedió la anécdota que cuentas yo ya estaba curado de espanto. Pongamos la cosa en contexto evolutivo (pertinente). Supuestamente la vida universitaria tiene para cualquier profesor tres facetas: la docencia, la investigación y la gestión. Para mí las dos primeras han sido siempre las prioritarias pero la tercera es un peaje que es imposible muchas veces evitar y ocurre que en mi caso acabó teniendo su trascendencia. De hecho, creo que hasta bien entrado el nuevo siglo hice de todo en este campo tanto dentro como fuera de la UPV/EHU. He participado durante años en la Comisión Nacional Evaluadora de la Actividad Investigadora, en la selección de proyectos I+D en el área de Historia del Arte, en el Programa ACADEMIA de ANECA y en el Consejo de Administración de la Agencia Nacional Vasca de Evaluación, por poner ejemplos de actividades de rango superior al de mi propia universidad. En la que también he prestado mis servicios: como director de Departamento en varias ocasiones, como miembro de la CPU (Comisión de profesorado) una de las más relevantes de todas las existentes dependientes de la Junta de Gobierno, del Consejo del Servicio Editorial (que me permitió encontrarme de nuevo y trabajar con Vega Fernández Bobadilla que gestionaba con gran efectividad este área tan importante en una universidad que se respete a sí misma) y, por fin, y llegamos al meollo de la cuestión, tras un breve y rápidamente abortado servicio como Vicedecano en los inicios de mi vida universitaria, me hice cargo del Decanato de la Facultad de Ciencias Sociales y de la Comunicación en 1992 hasta los primeros días de 1995. Llegué al cargo “presionado” por los notables del movimiento mayoritario del profesorado de mayor nivel académico que controlaba la Junta de Facultad ante los embates, entonces todavía un tanto desordenados, de un nacionalismo radical. Movimiento que pugnaba por ampliar sus influencias en todos los sectores mientras ponía en práctica una política cada vez más agresiva contra todos los que no comulgasen con sus postulados, apoyándose en una de las ideas más perversas que se han cultivado en este pequeño país nuestro: la socialización del sufrimiento. La opresión que, sostenían, abrumaba al pueblo vasco tenía que ser hecha comprender a todos aquellos que fuesen enemigos, tibios o indiferentes. Y para ello, nada mejor que aplicar el viejo refrán castellano: la letra con sangre entra. 

No hace falta decir que una institución como la universidad era objetivo privilegiado por los diseñadores de esta estrategia. Mucho más porque al ser un foro abierto al debate de ideas y estar obligada a la tolerancia podía ser fácilmente ocupada en nombre de estos principios y convertida en un lugar destacado desde el que difundir sus prédicas. Cuando llegué al Decanato acababa de diseñarse una estrategia destinada a dinamitar las bases que han venido fundando desde hace muchos siglos la universidad: el estudio, la investigación, la tolerancia con las ideas y la primacía del mérito en el campo del saber [...]



Imagen portada: Santos Zunzunegui ante la tumba de Yasujiro Ozu



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