Botonera

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9.11.23

XII. "DESERTAR. FORMAS DE SALIR DEL MUNDO. REVISTA SHANGRILA Nº 44, Mariel Manrique (coord.), Valencia: Shangrila, 2023



ALGALIA ENTRE ALGODONES. DEL AMOR DE DON QUIJOTE
UNA FORMA CONSTRUCTIVA DE DESERCIÓN
[Fragmento inicial]
Miguel Ángel Hernández Saavedra



Don Quijote y Sancho Panza. Ilustración de Gustave Doré



1

Ningún recorrido por la historia de la educación sentimental conseguirá desatar el nudo gordiano del amor. Ironiza Georges Bataille, en un breve ensayo, sobre ese profesor feo (uno no puede dejar de pensar en Sartre) que se refería al amor como una invención francesa del siglo XVII. Pero los franceses, responde Bataille, no hicieron sino inventar un lenguaje y un conjunto de reglas para algo que exige silencio y ausencia de ley.

La reflexión de la que el amor es objeto es en principio la más decepcionante. Ocurre que, en la persona del ser amado, un amor auténtico brinda al espíritu muchos motivos de ceguera. A menudo, la reflexión a sangre fría sustituye con una muy pobre verdad a la visión de la fiebre (…). Así la reflexión profunda sobre el amor es ante todo desencanto. Todo amor inmoderado sería prueba de ingenuidad, y la lección de la sabiduría es el desprecio. (1)

1. Bataille, Georges, El amor de un ser mortal, en Obras Completas, v. VII, París: Gallimard, pp.497-503, traducción de Rodrigo del Busto.

Pascal Quignard, quien reconoce en Bataille a su gran maestro, compondrá sus más bellas páginas alrededor de esta pasión de pasiones, ya se trate de ese fogoso cuaderno de bitácora que es Vida secreta o de apólogos con vocación anacrónica (“En el año 1979 escribí que esperaba que se me leyese en 1640”) como La frontera. Ambos coinciden en su oposición al “principio de razón suficiente”, dogma –a su entender– de la metafísica. Nada sucede sin razón, todo lo que sucede obedece a una causa: dar cuenta de algo consiste –según el principio– en aportar la explicación causal que permita la reconstrucción del caso. Algo, cualquier cosa, lo-que-fuere es el caso a contar y, por tanto, a descontar de la lista de los misterios que han ocupado ancestralmente las noches de la humanidad. 

Hablar de una “serie” de fenómenos, hablar de “fenómenos” simplemente, supone la secuenciación de lo tomado como tal, la inclusión de lo-que-fuere en un orden previo de sentido. Difícilmente el mero hecho de hablar puede renunciar a esta cláusula en virtud de la cual lo-que-se-dice está ya encapsulado y sometido al control de una gramática profunda. Toda la polémica en torno a los llamados “universales”, toda la historia de la filosofía occidental –y aun del pensamiento universal– se concentra en este punto: el hecho de que cuando hablamos, para decir lo-que-fuere, estamos siempre ya suponiendo una constelación de sentidos que articulan y hacen posible la emisión y la comprensión de lo dicho. La palabra es el amén del mundo, el así del sea: el así-sea, el ser-así

Siendo sarcásticos a fuer de sinceros, puede afirmarse que la historia del pensamiento occidental es una pugna entre platónicos inteligentes (los que no confunden al filósofo con un profeta y lo han sabido leer entre líneas: inter-legere) y burdos platónicos convencidos de que la idea de caballo, aunque no relinche ni se ponga rijosa ante la yegua, ocupa su cuadra particular en un mundo preexistente de formas. Mas en lo que aquí interesa, que es hablar del amor y ver si es posible hacerlo sin que lo que se diga quede constreñido en una constelación anterior de sentidos, el burdo platonismo tiene quizá las de ganar. 

Al fin y al cabo nada más burdo que el amor, cuando se cree inteligente.

2

El amor no se dice. Querría el amor evitar las palabras que lo tergiversan y cortan las cuerdas irisadas que afinan la pasión. Cuando un hombre, cuando una mujer se enamora, todas las frases entonan la melodía que ese alumno del instituto Benjamenta (el Jakob von Gunten de Robert Walser) recita secretamente a su señorita. El lenguaje desborda la voz. Una fina lluvia irrumpe desde el suelo en dirección a las estrellas. No es que los objetos desaparezcan y una sola cosa elimine el fondo que posibilita cualquier distinción. Es cierto que “la cosa” se adelanta y permanece divinamente quieta sobre el campo de visión, a la manera del dios aristotélico que mueve el mundo sin despeinarse, pero también el campo se ensancha y las criaturas a las que no se prestaba la menor atención conforman, ahora, un coro irremplazable. 
Las cosas danzan, como si dijéramos, y las briznas de hierba recubren la antigua desolación de un monte quemado. Ya no se está a la espera de ocasiones propicias que pongan la vida a la altura de sus posibilidades. No ha lugar a la espera: el amor des-espera siempre.

El romanticismo tiene en esta desesperanza su motivo principal y su principio de razón insuficiente. A medio camino entre el drama y la tragedia, el espíritu romántico convierte la “des-espera” en desesperación. La perfecta inmanencia del campo de visión hace crisis en el coro; cada criatura incorpora una cláusula angustiosa. “Ante los mármoles Elgin por primera vez”, el espíritu de John Keats, aquel cuyo nombre fue escrito en el agua, se abruma con su peso de sueño no querido. Se desbarata así la alegría del instante y el poeta declama su pena en soledad.

Y cada imaginado pináculo y tormento divino 
me dicen que he de morir
como un águila enferma que mira hacia los cielos.

El romanticismo es la nostalgia de una perduración infinita, lo contrario de una eternidad vacía, la anticipación del fin desde el principio. El deletreo obsesivo de una sola palabra –a cada romántico, la suya– que no llega a completarse. En su acepción popular, el amor romántico incluye esta mezcla de infinitud deseada y ternura, cuya síntesis es la tristeza, tanto más pesarosa cuanto más dulce (quien asume el fin sin tristeza será cualquier cosa menos un romántico, una romántica). Lo nuestro acabará con la traición o con la muerte, que es la forma más fiel –nunca falla– de la traición. Mas no deja de ser un lujo que el amor genere, sin invasiones extrañas, sus propias enfermedades. El portentoso animal construye una jaula y dentro de ella viaja; emplea la fuerza de sus alas para elevarse y presentir desde lo alto (and each imagined pinnacle) la caída por venir. No llora, sino que prevé estupefacto lo que (like a sick eagle looking at the sky) habrá un día de contemplar: a shadow of a magnitude, una sombra de lo inmenso. Lira con las cuerdas rotas coronando una lápida romana, los restos de un joven poeta inglés. El poeta llorón, en cambio, construye metáforas donde basta una interjección. Si en las majestuosas alas del águila reposan nuestros peores presagios, al poeta llorón apenas nos cabe acompañarle en el sentimiento. 

 
3

Como toda manifestación sobrehumana e inútil, el amor combate la psicología. No hay nada de particular en el amor. No hay nada de general. El amor no se dice. 

Solo se dice, en particular, lo que puede ser objeto de una consideración general. El juicio singular del amor se niega a sí mismo. Es un telegrama sin contenido, puro stop sin frase. Cesura que separa los espacios blancos, se dice que el amor no encuentra palabras. No es cierto; las hay a raudales. Lo que el amor no encuentra es el sintagma correspondiente a su campo de visión. El amor tartamudea; le falla la sintaxis. Cualquier discurso sobre el amor está abocado al fracaso, más aún si el que escribe lo hace enamorado. La paradoja del amor consiste en que el enamorado no para de flirtear con las palabras. Compone odas y trata de verter su furia sobre una estructura que la contenga. Como si el silencio imposible, el verdadero silencio inaudito, le obligase a cavar su propia fosa, en la que otros hallarán el cofre de un tesoro universal.

No sabe Amor
Recitar el poema
Que lleva dentro



[...]




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