Botonera

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18.5.26

NOVEDAD: I. "MAURICE PIALAT, CINEASTA DE LO INHÓSPITO", VV. AA., Shangrila: 2026




330 páginas - 16x23 cm. - Valencia: Shangrila 2026 - ISBN: 979-13-990331-9-9



Pialat, ese animal extraño. Provocador, autodidacta, furibundo. Crítico implacable de equipos y entornos, impiadoso crítico de sí mismo. Al margen de todos los grupos, apartado de todos los ritos. Cineasta tardío, pintor frustrado. Pialat contradictorio, frontal, insoportable. Tiránico y tierno, arrasador y vulnerable. Pialat cancelable y cancelado, recuperado a fuerza de talento que perdura. Siempre igual a sí mismo, siempre rodando la misma y única película. Método-Pialat: ruptura de la lógica lineal del relato, primacía del anclaje espacial, presente continuo, elipsis y plano secuencia, encuadre centrífugo y dinámico, descentralización del sujeto en el plano, rol crucial del fuera de campo, espontaneidad del gesto recogido del fondo emocional de los actores, profesionales y no profesionales, montaje depurado, descargado de cualquier exceso. El montaje, finalmente, como una sucesión, discontinua y dispar, de momentos de gracia, joyas de lo real, a veces tan aciagas. Pialat enamorado de Poussin y Lumière.
Los racimos de gente en Pialat, gente que no se entiende, que no se escucha, que se empuja, se insulta y se golpea, que no logra convivir. La incompatibilidad de la pareja, tan desincronizada; el agujero negro de la familia establecida, omnívora hasta el fin; la necesidad imperiosa de ser amado. Dios que se retira, el arte que no alcanza, el diablo que te espera y te besa en la boca. Empieza la película y el daño ya está hecho. Pialat está en el centro del ciclón, con las velas rotas. Con ese viento que es todavía Pialat nos inclinamos a juntar los pedazos, nos sentamos a imaginar una manera de volver a empezar.  



MAURICE PIALAT
(Cunlhat, 1925 - París, 2003).
Creció lejos de sus padres, cuidado por sus abuelos. No aprobó el bachillerato. Quiso ser pintor, pero no pudo. Fue director, guionista, novelista, actor. Nunca estuvo en paz. Filmó cortos, diez largometrajes, una miniserie dividida en siete episodios. Se peleó con todo el mundo. Y con el mundo, también. Se excedió en presupuestos, en plazos, en intensidad. 
Su obsesión no fue imitar la vida en la pantalla, ni representarla ni dar explicaciones que no tenía ni necesitaba. Persiguió la captura, siempre imperfecta, de instantes efímeros. Si la vida era una sepulturera, que el cine fuera un resucitador. Nada alcanzaba, nada era suficiente. Lo despidieron en Saint-Sulpice, cerca del fresco pintado por Delacroix en el que Jacob lucha contra el Ángel toda una noche. Es la escena de un combate sin tregua, cuyo sentido se revela recién al despuntar el día. Bien podría haber sido filmada por Pialat. 
 

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