Botonera

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26.6.19

IV. "EL CINE DE FRANK TASHLIN. AMÉRICA SATIRIZADA", Pablo Pérez Rubio, Shangrila, 2019




Yo soy el padre y la madre


[...] A la altura de 1958, Jerry Lewis se había convertido ya en productor de sus propias películas. Las dos siguientes colaboraciones entre Frank Tashlin y él, ya sin Wallis ni Martin en el horizonte, son Yo soy el padre y la madre (ligeramente basada en El milagro de Morgan’s Creek, Preston Sturges, 1943) y Tú, Kimi y yo. Ambas abandonan el espíritu corrosivo de Artistas y modelos y Loco por Anita para apostar por un cierto ternurismo sentimental en su reflexión sobre el tema de la paternidad (o su ausencia). No abundan en ellas ni los gags previsibles ni los absurdos, y sí algunos prescindibles números musicales –aunque el tema central de la primera le valió a Lewis un disco de oro, con más de un millón de copias vendidas– que parecen echar de menos las aportaciones en ese terreno de Dean Martin. Tashlin volvería con estas dos obras a la Paramount, pero ya sin la labor productora de Hal B. Wallis: ahora sería el propio Jerry Lewis productor de este díptico peculiar y contaría para él con el que consideraba el más talentoso cineasta que le había dirigido hasta la fecha: valoraba en Tish (como era conocido entonces en el oficio) su capacidad para haber dado el salto del cartoon al cine de imagen real sin haber perdido mordiente y capacidad corrosiva, así como el ritmo impreso a las situaciones cómicas. De hecho, su experiencia como animador le había otorgado un instinto muy peculiar para la comedia más hilarante; y Jerry llegó a afirmar que a veces le dirigía como si fuera un dibujo animado.



Yo soy el padre y la madre


Yo soy el padre y la madre arranca, efectivamente, de una película Paramount escrita y realizada más de un decenio antes por Preston Sturges, El milagro de Morgan’s Creek, pero con la que no comparte más que un leve hilo argumental. En su origen, Paramount se la había asignado a Don McGuire, que había dirigido una de las primeras películas de Jerry Lewis sin Dean Martin, Delicado delincuente (The Delicate Delinquent, 1956), pero fue el propio cómico quien terminó sustituyéndolo por Tashlin precisamente por sus problemas con McGuire durante el rodaje de esa película. Se trata, no obstante, de una de esas comedias trepidantes del director, con un elevado ritmo narrativo, y con un personaje –el principal de Jerry Lewis, aquí Eddie Bracken– que presenta raíces comunes en ambos casos. Si el film de Sturges constituía una sátira contra la bigamia y las bodas ligeras entre soldados que marchan al frente y jovencitas rurales en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, el de Tashlin es una acerada defensa avant la page de la familia monoparental frente al matriarcado: “¿Es que solo piensas en el matrimonio?”, le dice Clayton Poole (Lewis) a Sandie, obsesionada por conquistarlo, dominarlo y convertirlo en su marido: una jovencita que únicamente aspira a erigirse en esposa y madre e institucionalizar así su amor (en la película de Sturges esta voluntad correspondía al personaje masculino). No es este, sin embargo, su hallazgo más notable; como ocurría en Loco por Anita, Tashlin y Lewis arremeten contra Hollywood en forma de sátira despiadada, feroz. Carla, hermana de Sandie de la que Clayton está también enamorado desde niño, es la antigua Miss Mantequilla local, ahora devenida en estrella de celuloide, que ha quedado embarazada y decide anteponer egoístamente su carrera artística a la maternidad. Clayton es fan de Carla como las muchachas de Una mujer de cuidado lo eran de Rita Marlowe. Mientras Carla se encuentra en Egipto rodando el film “La virgen blanca del Nilo”, una película a lo Cecil B. DeMille con cuatro guionistas, se dice, de los cuales solo uno se ha leído las primeras doscientas páginas de la novela en que se basa, deposita a sus trillizas en la puerta de la casa de su antiguo amor Clayton, que las adopta con resignado afán maternal. Si el personaje lewisiano suele destacar por su femineidad, responde de esta manera con activa responsabilidad a tal estímulo: su trabajo con las tres niñas se relaciona más con el de una madre que con el de un padre, incluidos atributos externos como el delantal, el gorrito, etc. Ya en la versión de 1943, Norval era un joven nervioso, inoperante, dado al tartamudeo en situaciones complicadas, torpe, metepatas, proclive al desastre; de hecho, se oía en los diálogos que “Hay muy pocos tan bobos como Norval”. 






Yo soy el padre y la madre


De nuevo en Tashlin, la descripción que se hace del universo hollywoodiense es la de un microcosmos plagado de seres caprichosos, egocéntricos, vampíricos, parasitarios e irresponsables. Pero la más satírica y corrosiva es la que afecta de nuevo a la televisión, que una vez más aparece como causa de la alienación del público-consumidor. Significativa a tal efecto es la secuencia en que Clayton ejecuta un peculiar zapping en directo refugiado tras un televisor vacío haciendo creer al padre de Sandie y Carla, que ha llegado a casa borracho, que realmente se trata de la programación televisiva de madrugada [...]








   



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