Botonera

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20.6.19

IX. "THE NEW AMERICAN CINEMA GROUP. ANTOLOGÍA DE TEXTOS DE 'FILM CULTURE' (1959-1968)", Ramón del Buey Cañas (coord.), Filmadrid / Shangrila, 2019





A FAVOR DE SHADOWS,
CONTRA PULL MY DAISY

PARKER TYLER


Shadows


Pull My Daisy




N.º 24, primavera de 1962

Ya puedo oír a algunos de mis lectores: ¡aquí está otra vez el Hombre de la Cultura Pesada! Exacto, amigo. Y no voy a parar mientras me quede una gota de razón. Se me han pasado todas las oportunidades de unirme a clubs literarios —o directamente han cortocircuitado—, oportunidades que comenzaron a surgir alrededor de 1927. Yo mismo tengo poco aprecio por las grandes organizaciones. Charles Henri Ford y yo formamos una especie de equipo de dos hombres en View, de 1940 a 1947, pero, aunque View es recordado con gusto en algunos barrios, Ford y yo nunca fuimos aborígenes del ambiente neoyorquino. Apuesto a que este inicio es más autoconsciente de lo que debería, pero el observar el ambiente a lo largo de muchos años me ha generado la impresión de que la primera persona gramatical ya no denota egocentrismo, sino que transmite cierto olvido de uno mismo, ya que la identificación con los demás —con casi cualquier cosa, de hecho— requiere un mínimo de esfuerzo cerebral; la identificación inconsciente es la bendición más preciada. Solo entonces no le debes nada a nadie, ni siquiera a ti mismo. La clave de este sermón está al alcance de la mano en las dos películas sobre las que me gustaría arrojar una nueva luz.

En primer lugar, Shadows no forma parte del Beat da-da-da. El Beatismo es un culto pequeñísimo con un gusto por las relaciones públicas tan evidente como cuando el lobo se hizo pasar por la abuela de Caperucita Roja. Pull My Daisy, uno de sus dientes azucarados, se centra en una tendencia que hunde sus raíces en las vanguardias internacionales de la década de 1920. Lo más chocante de la escuela moderna de la que proviene Pull My Daisy es la falta de conciencia histórica de su propio ámbito: su deuda evidente (encarnada por Jack Kerouac) con un montón de Dadá y pre-Dadá, el surrealismo, Gertrude Stein, Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, e. e. cummings y Henry Miller. El asa es tan grande como la bolsa. Uno podría incluso, pensándolo mejor, añadir algo a la lista anterior. La contribución personal de Kerouac, la banda sonora, que es el aspecto puramente literario de Pull My Daisy, apesta a recherché. ¡Oh, Kerouac tiene un don! Pero también lo tiene Danny Kaye —solo que en campos distintos—. El hecho mismo de que la película surgiera a partir de The Beat Generation, la obra de teatro sin producir de Kerouac, y que se convirtiera, en muchos sentidos, en una improvisación de diseño, apunta directamente a lo que quiero decir.

Algunos críticos profesionales recibieron la autenticidad de Pull My Daisy con clichés familiares y lacónicos. «Fresco», por ejemplo. La película es tan fresca como un guisante verde congelado, el cual, por supuesto, es en cierto modo y después de todo un guisante verde auténtico con una frescura relativamente nueva. El elogio pomposo de la mera autenticidad es uno de los grandes defectos morales e intelectuales de nuestro tiempo: un tiempo embriagado por la dulce fragancia de la estadística. Algunas cosas ilógicas, indeseables y sucias son, por lo general, «auténticas». Hitler era auténtico, y también lo era Stalin. Los campos de concentración, igual que los disturbios y las manifestaciones, son tan auténticos como la reforma de la legislación estadounidense. Son el «ojo por ojo» conocido históricamente como dialéctica. Pues bien, todo es auténtico a su modo, incluso la bomba atómica, con la única excepción (si creemos a Allen Ginsberg, según lo cita Jacques Barzun) del hombre mismo. El hombre está «obsoleto». Dicho por los hombres, esto pone en duda toda autenticidad y, por supuesto, se hace a Ginsberg decir en Pull My Daisy: «Obispo, ¿son sagradas las flores sagradas?». Al margen de las preguntas, la única autenticidad que queda es una especie de atavismo sordomudo y preocupantemente ciego.



 Pull My Daisy

Shadows


Objetivamente se puede insistir que el Beatismo es una forma colectiva de autenticidad. Uno no puede negar su existencia o que su existencia tenga una alegría propia. (Sí, hombre, para estar un poco obsoleto.) ¿Pero «alegría»? Me gustaría corregir la palabra desde mi posición. Creo que la euforia es la antítesis de la angustia. Aunque el colectivo Beat escapa naturalmente a toda definición. Su placer, como su dolor, su angustia, como su euforia, se muestran como el último delincuente juvenil avergonzado ante la atención del público. ¿Cómo se explica esta naturaleza? Mediante una falta de autocrítica que desafía cualquier otro tipo de crítica. Siniestro o sangriento (de manera simbólica), despreocupado, airado, extático, soso o de pies planos, de mal gusto o de inspiración efímera, profesional o «casero», se disfruta porque sí, y si no se disfruta, eres tú el que no «encajas», no él. Lebensraum, como mínimo. Es decir: Shantih.

Si, a pesar de las órdenes de la sede central, el sol de la historia brilla todavía, es posible concluir que el canon Beat es una especie de proceso artístico derivado de la destrucción del pensamiento. El guión de Kerouac de Pull My Daisy (impreso en rústica) termina: «Hola, mi gente / Da da da da da da / Y ellos van a dada da da da da da da da... Vámonos nos nos… se van». Para interpolar un apéndice antes del silencio: «Ta ta ta. Buenas noches. Buenas noches. Buenas noches, damas, buenas noches, dulces damas, buenas noches, buenas noches». Y terminar: «Datta. Dayadhvam. Damyatta». Olvidé añadir a T. S. Eliot en la lista anterior. Él sabía de dónde venían todas esas cosas. Kerouac y su pandilla no son conscientes de la presencia de Eliot; como poco, están tratando de olvidarlo, igual que tratan de olvidar la presencia de los demás. En cualquier caso, las demás presencias (de acuerdo con Beat) son irrelevantes. El mundo es para los eternamente jóvenes, etc., etc., etc. Uno puede advertir que cuando los surrealistas hicieron de los textos automáticos un método, se alejaron, sin embargo, del Eliotismo, no mamaron de sus pechos [...]





   



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