Botonera

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25.10.19

XVII. NOVEDAD: "MUÑECAS. EL TIEMPO DE LA BELLEZA Y EL TERROR", Mariel Manrique (coord.), Shangrila 2019





Súbitamente muerta, extensamente viva
Acerca de una fotografía de Enrique Metinides
y una atracción circense de P. T. Barnum

Mariel Manrique





[...] El 29 de abril de 1979, alrededor de las dos de la tarde, Adela Legarreta Rivas le ofrendó a Enrique Metinides el instante que había estado esperando durante toda su vida. Le dedicó su muñequización. Adela se hizo muñeca para que Metinides la fotografiara. Prensada contra un poste de semáforo en la intersección de Chapultepec y Monterrey, descoyuntada y soberbia, vuelta un memento mori urbano en medio del tráfico y el ruido del coqueto barrio de Colonia Roma, en plena Ciudad de México, Adela se quedó seca, tiesa y muda para siempre. Sus ojos abiertos eran un estrépito, lo más insoportable de la tarde. Por eso les cierran los ojos a los muertos. Porque ya no sirven para nada, porque nunca nos aterran tanto como cuando ya no sirven y se aferran a su función perdida. Como los ojos abiertos de los muertos, los de Metinides nunca quisieron ponerse a dormir. Como las muñecas, Adela ni siquiera pestañeaba. Entre ella y él había un hilo de plata, finísimo como el de la sangre que a ella le atravesaba la cara. Y una fosa invisible y radical [...]




¿Qué hubieran podido hacer con tu enormidad?
Medirla, burlarse, exhibirla, amarla. 
Esas fueron las cuatro fases de la luna en la breve vida de Anna Swan, nacida el 7 de agosto de 1848 en la costa oriental de Canadá, en el condado de Colchester (provincia de Nova Scotia), con una propensión genética al crecimiento. El tormento de la medición la acompañó hasta el fin, simplemente porque su estatura no se ajustaba a los parámetros de la normalidad. La normalidad es una cuestión de parámetros. A los cuatro años, Anna medía un metro con treinta y siete centímetros y, a los diez, un metro con ochenta y cinco. A los quince se inclinaba a mirar a sus padres y a sus doce hermanos de estatura “normal” desde sus dos metros con trece centímetros, como un faro o un baobab de naturaleza humana, pero no tanto. A los diecisiete, ya rozaba los dos metros treinta. Según las últimas mediciones de su época, alcanzó una altura máxima de dos metros cuarenta. En su edad adulta, un consejo de sabios la midió por primera vez con precisión científica, para certificar su condición de violadora serial de medianías. El gigantismo marcó toda su vida e hizo de ella una muñeca gigante, empecinada en vivir y por todo lo alto. El encanto habitual de una muñeca es su tamaño asequible, esa pertenencia a la nomenclatura oficial de pesos y medidas que la transforma en un objeto portátil y sumiso. Una muñeca se transporta, se sacude, se golpea, se abraza y se destripa; no se escapa y solo huye si la llevamos a cuestas. Una muñeca se lava y se peina, se para, se sienta y se levanta, anda desnuda o cubierta según nuestros designios. Una muñeca no disputa ningún espacio de poder, simbólico o real. Ni siquiera disputa un espacio, a secas. Básicamente, porque además de su tamaño “normal” (ay, esta palabra…), una muñeca es un objeto sobre el que ejercemos poder, y que no nos desafía jamás. Anna Swan se pasó su casi medio siglo de existencia desafiándolo todo, en un mundo en el que todo, para ella, era un desafío. La “normalidad” es una cuestión de parámetros, sí. Establecidos en base a mayorías. En pleno S. XIX, Anna no era ni siquiera una minoría sino un freak.

No se ajustaba a nada. Ni a las camas ni a las puertas ni a las mesas ni a las ventanas. Sus verbos eran tropezar y golpear, y sobresalir, contra y entre todas las cosas de la modestísima casa de la infancia. Anna fue la delicia y el galimatías de los carpinteros de su pueblo, convocados para ensanchar marcos a niveles de asombro y construir muebles a medida de un cuerpo interminable. Al verla jugar con sus hermanos, los vecinos del pueblo la consideraban una retardada. Mamá Swan decidió que se educara en el ámbito doméstico, para evitar la tortura de la escuela y la exposición pública. Entre muros, Anna leyó la Biblia y aprendió a coser, muerta de aburrimiento. Los vecinos espiaban tras los muros, pegándose codazos y con la boca abierta. El portento de su estatura, que bien podría haber ocupado la primera plana de la crónica sensacionalista, llegó a oídos de Phineas Taylor Barnum, el famoso empresario especializado en la caza de rarezas que construiría un imperio basado en la excepción, que culminó en la fundación del Barnum Circus. Como todos los reclutados por Barnum, Anna era una gran (una grandísima) inadaptada. Y, como bonus track, era mujer en una tierra que solo había conocido, en materia de gigantismo, a los gigantes de la mitología, el relato bíblico y la literatura [...] 











   



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