Botonera

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15.10.20

XXII. "PENSAR EL JUEGO. 25 CAMINOS PARA LOS GAME STUDIES", Víctor Navarro Remesal (coord.), Valencia: Shangrila, 2020



ONTOLOGÍA EXISTENCIAL.
ESTOY VIENDO JUGAR A MIS HIJOS:
EXISTENCIA Y VIDEOJUEGOS


Aarón Rodríguez Serrano




Para Max y Mateo

Antes de hablar de Zelda


Quizá es prudente comenzar con una confesión que es, a la vez, una diferencia radical con mi propia autobiografía generacional: mis hijos han crecido viéndome jugar yo he visto cómo mis hijos crecían jugando. Extraña inversión, sin duda, cuando en los años grisáceos de mi autobiografía preadolescente, no recuerdo que la actividad videolúdica fuera practicada a mi alrededor por ninguno de los adultos. Muy al contrario, el niño –ya no digamos la niña– que seguía dándole a los videojuegos pasados los diez u once años se convertía automáticamente en un cuerpo sospechoso, preocupante. Se podía jugar al fútbol o a otros deportes similares porque aquello se consideraba sano, fair play, meritorio. Como señala Remedios Zafra (2017), el deporte fue ampliamente utilizado en las décadas pasadas para justificar ciertas políticas de control de los cuerpos, mientras que los videojuegos –esto lo añadimos nosotros– eran más bien líneas rojas de exclusión social. La cuestión es que por aquel entonces algunos padres todavía conservaban intactas las fantasías de que sus retoños les sacaran de la miseria tras el ansiado fichaje del equipo local, aunque todos aquellos sueños solían acabar pasada la tardoadolescencia, frente a un espejo más o menos mágico, en el baño de una discoteca de moda.


Digo esto porque al principio experimentaba una suerte de apuro cuando mis hijos me pillaban en el salón con el mando de la PlayStation. Como si fuera un mal ejemplo, un poco peor padre por no estar haciendo cosas muy sensatas y productivas. Hasta que una tarde, en plena partida del WipEout Omega (EPOS, 2017), uno de ellos se acercó a la pantalla y con su léxico todavía recién desembalado me espetó un muy sincero: “¡Esto que estás mirando es precioso!”. Y de pronto, en efecto, me di cuenta de que lo era. Y comencé a fijarme en cómo mis hijos se relacionaban con el videojuego, a través de una función básica que no esperaba y que desde entonces, mejor que peor, guía mis intuiciones al respecto: el asombro absoluto ante el mundo virtual. Un asombro que no tiene que ver ni con las mecánicas, ni mucho menos con la narrativa, ni con el carisma con el que un personaje está caracterizado. Es un asombro gozoso y sincero que les hace carcajearse de felicidad al encontrar, pongamos por caso, una de las nubes con ojos que comparecen al fondo del escenario en Super Mario World (Nintendo, 1990) o una bola negra que ladra en The Legend of Zelda: Link´s Awakening (Nintendo, 2019). Pero para hablar de Zelda necesito dar un largo rodeo por la ontología existencial.


Ontología existencial (virtual)


La Ontología Existencial es un sistema filosófico desplegado a lo largo de los trabajos del primer Heidegger, y más concretamente, en la que es considerada su obra central, Ser y tiempo (1977). Si bien las dificultades del proyecto y ciertas aporías imposibles de resolver le obligaron a dejar el libro inconcluso, para nosotros sigue siendo uno de esos fenomenales errores de la filosofía que, paradójicamente, en su errar nos han permitido llegar mucho más lejos que otros tratados perfectamente medidos y clausurados [...]






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