Botonera

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1.12.20

III. "FACTICIDAD Y FICCIÓN. CINCO SECUENCIAS FOTOGRÁFICAS DE PERPETRACIÓN DE LA SHOAH", Anacleto Ferrer, Valencia: Shangrila 2020




0. PREFACIO


Liberación de Auschwitz por el ejercito rojo



¿Quién puede atreverse a decir «jamás»?
¿De quién depende que siga la opresión? De nosotros.
¿De quién que se acabe? De nosotros también.
Bertolt Brecht


Anamnesis 

El 27 de enero de 1945 entraban las tropas soviéticas en Auschwitz. Cruzaban así el último círculo de un infierno que había abierto su portalón en la primavera de cinco años antes. Una diferencia sustancial, no obstante, existía entre la inscripción que Dante Alighieri encuentra en la puerta del infierno al iniciar su viaje y la que recibía a los recién llegados al campo cercano a Cracovia. Mientras que la primera no engañaba (Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate [Abandonad toda esperanza, quienes aquí entráis]), la segunda era una mentira cargada de aterrador cinismo (Arbeit macht frei [El trabajo os hará libres]), que, traducida a un lenguaje explícito, debería haber sonado –al parecer de Primo Levi– más o menos así: 

El trabajo es humillación y sufrimiento, y no nos corresponde hacerlo a nosotros, Herrenvolk, pueblo de señores y de héroes, sino a vosotros, enemigos del Tercer Reich. La libertad que os espera es la muerte (Levi 2011: 39).

Setenta y cinco años después de la «liberación» de Auschwitz, entendido el nombre no solo en su especificidad espacial sino como epónimo de un vasto sistema de exterminio sin precedentes, acontecido en el núcleo mismo de la vieja y culta Europa, son muchos los países que, coincidiendo con el auge de partidos ultranacionalistas y de extrema derecha, están revisando su memoria de la Shoah y minimizando su papel en el asesinato de millones de judíos, gitanos y eslavos, pero también de opositores políticos, de disidentes religiosos, sociales y sexuales.

En la conocida como «disputa de los historiadores» (Historikerstreit), que removió las hasta entonces estancadas aguas de la interpretación del nazismo en la extinta RFA, Jürgen Habermas afirmaba con rotundidad: 

Estos muertos tienen derecho a la fuerza anamnésica, por débil que sea, de una solidaridad que los nacidos después solo pueden ejercer ya en el contexto de una memoria siempre renovada, a menudo desesperada, en todo caso obsesiva. Si no obedeciésemos a este imperativo benjaminiano, nuestros conciudadanos judíos, y en general los hijos y los nietos de los asesinados no podrían respirar en nuestro país (Habermas 2007: 80).

Ni en Alemania, ni en ninguno de los países que colaboraron activa o pasivamente (en calidad de Beistander, de espectadores participantes), entre ellos España, que bajo el régimen franquista se desentendió del destino de los más de nueve mil republicanos internados en los campos nazis, condenándolos a una muerte casi segura y premeditadamente anónima. 

Es cierto que no podemos vivir sin depurar nuestros recuerdos en un permanente estado de hipermnesia, como el memorioso Funes fantaseado por Borges, pero tampoco sin realizar un honesto trabajo de anamnesis que nos ayude a enfrentar y comprender la complejidad de los problemas del pasado y su concatenación con el presente. Que no hay ninguna razón de peso por la que podamos quedar indemnes al retorno ciclogenético de la maldad extrema (pensemos en los casos más recientes de Camboya, de Bosnia, de Ruanda o de Darfur): 

Todas las técnicas, una vez que se han descubierto, cobran vida propia, en estado de potencia, a la espera de la ocasión que las convierta en acto (Levi 2011: 36).

De ahí que Auschwitz pueda repetirse. Equilibrio difícil, pero necesario, el que vincula a la flor de la adormidera, como metáfora del olvido, con el recuerdo: a Mohn und Gedächtnis (Amapola y memoria), como en el título del libro de poemas de 1952 en que Paul Celan, hijo de judíos aniquilados, publicó su Todesfuge (Fuga de muerte):

un hombre vive en la casa tu cabello de oro Margarete
atiza sus perros contra nosotros nos regala una fosa en el aire
juega con las serpientes y sueña la muerte es un maestro de Alemania
tu cabello de oro Margarete
tu cabello de ceniza Sulamita (Celan 1985: 59).


Imágenes

Las imágenes mecánicas de la fotografía son cortes instantáneos en el mundo visible que cuartean la realidad aparentemente compacta de la percepción cotidiana en una infinidad de pequeños fragmentos. Son cápsulas de tiempo congelado que, como en los viejos cuentos de hadas, se hallan a la espera de espectadores emancipados (Rancière dixit) capaces de detectar los síntomas de vida que laten en su interior y de reaccionar en consecuencia. 

Acerca de las imágenes atroces, y las de los campos no cabe duda de que lo son, advierte Susan Sontag:

Aunque solo se trate de muestras y no consigan apenas abarcar la mayor parte de la realidad a la que se refieren, cumplen no obstante una función esencial. Las imágenes dicen: Esto es lo que los seres humanos se atreven a hacer, y quizás se ofrezcan a hacer, con entusiasmo, convencidos de que están en lo justo. No lo olvides (Sontag 2013: 134).

En prevención de que Auschwitz, como piensa Primo Levi, pudiera llegar a repetirse, aun con otras apariencias y protocolos, mejor será saber lo que pasó en aquel lugar. En casos como el que nos ocupa, la memoria es un deber. 

«Todo aquel que vuelve la cabeza, que cierra los ojos y pasa de largo ofende la memoria de los caídos», zanja Vasili Grossman en El infierno de Treblinka (2014: 215).

Las series fotográficas de las que habla este libro no aspiran a ser otra cosa que un aide-mémoire de lo acontecido en Birkenau en el corto espacio tiempo de mayor paroxismo criminal [...]  




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