Maurice Pialat
De todos los directores con quienes he trabajado, Maurice Pialat es seguramente el que más respeta la realidad de las cosas. Es también uno de los grandes cineastas franceses actuales. Por desgracia, su cine es raramente comercial. Sus exigencias con sus colaboradores y consigo mismo son tales que cada día le resulta más difícil llevar a cabo una obra con continuidad.
De película en película, hasta culminar precisamente en esta [La Gueule ouverte, 1973], Pialat ha ido depurando su estilo, hecho de una total desnudez en la puesta en escena. Rehúsa por sistema los trucos y recursos de eso que se da en llamar “cine”, renuncia a los movimientos de cámara –panorámica, travellings, zooms– en beneficio de una cámara clavada en el suelo, inmutable. Rechaza también recurrir al montaje, y sus planos tienen la duración de la escena misma. Utiliza, por lo general, un solo objetivo, el 50 mm., que, como es sabido, reproduce las perspectivas de la visión humana.
Por este motivo, su cine podría hacer pensar en Bresson, apóstol también del 50 mm. Pero el cine de Pialat, por el contrario, se sitúa en sus antípodas. En el trabajo de la dirección de actores, Bresson busca una estilización en el hieratismo; Pialat solo queda satisfecho con la “justesse de ton”. Sus intérpretes deben hallar el tono justo de la verdad, de modo que sus personajes se confundan con la realidad. De ahí que Pialat ruede treinta e incluso cuarenta tomas de un plano, hasta que salte la chispa de vida deseada, quizá distinta de la que habían previsto el actor o el propio director. Estas y otras razones hacen que trabajar con Pialat sea agotador. Pero hay una recompensa, la certeza de saber que se ha colaborado con un artista cuya independencia y sinceridad rayan en la locura, un artista de una pureza absolutamente excepcional. En lo que respecta al encuadre y la iluminación, nuestro encuentro fue afortunado. Cada vez que filmaba una escena sin artificio alguno, aprovechando las luces existentes –la luz “clínica” en el hospital, la luz fluorescente en la mercería, la luz de la ventana en el piso superior–, Pialat se mostraba sumamente feliz. No se empleó maquillaje, por supuesto, y la película fue rodada casi enteramente en decorados naturales, voluntariamente antiestéticos, exentos además del pintoresquismo posible en un pueblo francés de la Auvernia. El tema no podía tener menos atractivo para el público cinematográfico, que generalmente solo busca distracción: la enfermedad, la vejez, la muerte. Durante dos horas largas Pialat mostraba, paso a paso, la destrucción progresiva, física y psicológica, de una persona, la madre del protagonista, víctima de un cáncer. La Gueule ouverte se mantuvo en cartel unos días. Fue vista por un escasísimo número de espectadores.
Néstor Almendros, Días de una cámara,
reelaboración para la edición española
a cargo del autor,
Barcelona: Seix Barral, 1982, pp.141-143
(edición original: Un homme à la caméra,
París: Hatier / Renens-Lausana: 5 Continents, 1980)
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