Pierre Michon se trepa a un trampolín y ejecuta un salto cuántico. El trampolín son “los bronces de Riace”, las dos esculturas griegas rescatadas en 1972 del fondo del mar frente a Calabria; el salto, el arco temporal tendido desde la antigüedad clásica hasta nuestros días. Michon trae del pasado mítico el taller de Agéladas de Argos, hipotético escultor de uno de esos bronces: Tideo, uno de los siete guerreros argivos en Los siete contra Tebas, la tragedia de Esquilo. Trae a Esquilo. Trae a los siete guerreros en combate, como antes supo traer a los once personajes de un cuadro imaginario. Trae un pájaro, una mujer libre muerta de amor y una esclava; el santuario de Apolo en Delfos; la vida minúscula de Pisandro de Laranda, poeta excluido de los diccionarios. Puesto a traer, se trae también a sí mismo y a su editor, en el museo donde hoy se alzan los bronces.
Pierre Michon borda una sucesión de dioramas vivientes. Dirán que este libro es una pieza teatral en dos actos pero es todos los géneros posibles para un puñado de gestos y cosas que en este mundo han sido, sensoriales hasta el desvanecimiento, radicales en su materialidad de carne y piedra, transitorios como nubes. Anfiarao, el adivino, habla con el cerebro cortado en dos antes de ver, y mientras ve, la niebla del Hades; Tideo besa la boca de la cabeza decapitada de Melanipo y le arranca la lengua que luego intenta masticar, ya sin fuerzas. Están destinados a vivir, al extremo, y a morir, brutalmente. Y es como si lo hubieran hecho para que la mano de Michon, tersa, lírica y exacta, nos los devuelva, hermosos y atroces, desenterrados del lecho submarino.
PIERRE MICHON
Cards, Châtelus-le-Marcheix, Creuse (1945). Considerado uno de los mejores escritores franceses contemporáneos, Pierre Michon publicó su primer libro, Vidas minúsculas (Vies minuscules, 1984), al borde los cuarenta años. En los cuarenta años posteriores, fundó una escritura personalísima y heterodoxa. Especializado en resucitar los fantasmas de ciertos personajes que han vivido, recordar pequeñas existencias olvidadas y diseñar vidas que no existieron jamás, Michon desdibuja el límite entre realidad y ficción, sin dejarse sujetar por ningún género. Su prosa es poética. La poesía es su marca de estilo. Fondo y forma son, como corresponde, indiscernibles: la suya es una superficie densa y breve, donde no se hace pie.
Recibió el Prix Décembre (por Abades y Cuerpos del rey, ambos de 2002); el Grand Prix du roman de la Académie Française (en 2009, por Los once); y el Franz Kafka Prize, en 2019, por el conjunto de su obra.
Agéladas en Argos, su primera obra teatral, es una nueva evidencia de sus dones: una capacidad de síntesis extraordinaria y la precisión quirúrgica de un escalpelo.








